martes, diciembre 7, 2021
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    Caracas: 454 años en descomposición

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    Por Sergio Monsalve.

    Pensaba escribir de la Caracas amarillista, de los tiros en la cara, pero ella está bien representada en el Twitter más sensacionalista.
    La Caracas rosa tampoco me interesa como objeto de estudio, pues escala la falsedad de creer que todo marcha bien, cuando se reduce al espejismo mínimo del hiperconsumo de lujo en el restaurante de moda.
    En ambos casos se ofrece una imagen parcial de una ciudad atípica que merece más amor de sus ciudadanos, y menos odios o resentimientos acumulados en el tiempo.

    Caracas: 454 años en descomposición 1

    La Caracas del pasado, de techos rojos y hombres nobles, ya no existe porque se enseñoreó la mala educación y el destrato mutuo, fingiendo que el prójimo es un fantasma al que debemos ignorar olímpicamente.
    La inseguridad, la política, la paranoia, incentivaron un microclima de sospecha y duda ante cualquier presencia, ante el otro y el diferente que justifican la razón de ser de una ciudad, que es la convergencia entre disonancias.
    Un acto de democracia y de acuerdo pacífico.
    Pero no hay manera, dado que el caraqueño decidió librarse una guerra contra sí mismo y sus semejantes, a quienes observa como potenciales obstáculos, rivales, enemigos, taras y lacras.
    La baja autoestima del caraqueño lo lleva a proyectar un reflejo negativo y depresivo del contexto, como único referente de conversación.
    De modo que se niega la posibilidad de reinvención, de éxito y de felicidad de los demás, apuntándolos como víctimas de un simulacro, de una dicha hipócrita, estereotipada, alienada y falsa.
    Dejemos que los chamos disfruten y armen sus propias narrativas, que no entenderemos con ojos de boomer prejuicioso y trasnochado.
    Hay una Caracas emprendedora, creadora y vanguardista que no podemos ocultar con un dedo, que despierta en la mañana con trabajo y recién concilia el sueño en la madrugada, apenas durmiendo un par de horas o cuatro, a lo sumo.
    Es mentira que los caraqueños sean flojos, ladrones, oportunistas, traidores, violentos, misóginos, incultos e intolerantes en su mayoría.
    Bastantes caraqueños rompen el molde, quemándose las pestañas, partiéndose la cabeza para encontrar soluciones a los problemas del arte, la gastronomía, la economía, la cultura, el deporte y la política.

    Fracasa usted si toma la parte por el todo, asumiendo que solo parimos demagogos, populistas, faranduleros y marginales.
    Se plantea una separación ficticia, un dilema entre el este y el oeste, que los divisionistas explotan para reinar sobre la cizaña, la pelea de egos y el conato de una guerra civil no declarada.
    Tenemos que seguir abriendo espacios de encuentro, de comprensión y de acercamiento de fronteras urbanas, en el sentido de salir de las zonitas de confort de cada cual.
    El privilegiado pierde una valiosa oportunidad de crecimiento y desarrollo personal, al darle la espalda al casco histórico, a los lugares emblemáticos del trazado clásico, a las periferias y a los llamados “barrios”.
    Por igual, es un error distanciarse de Plaza Altamira y Los Palos Grandes, considerando que sus calles discriminan de facto y censuran “al pobre”.
    De lado y lado se arman burbujas de exclusión, donde se limita el intercambio simbólico, necesario en la evolución del pensamiento, el humanismo y la ciencia.
    Encima el coronavirus trastocó el alma atormentada del caraqueño, minando su confianza y su futuro.
    Los casos del Koki, de la perpetuación de la dictadura y de las externalidades de la cuarentena, radicalizaron el ambiente de zozobra, de incertidumbre, de rencor y de ruina moral.
    Pero Caracas sigue allí, con sus edificios y sus casas en pie, con sus milagros arquitectónicos y sus sorpresas alucinantes, con sus verdes infinitos y sus sabores inolvidables, aguardando por una tregua de los dioses, que es la de especies que se hermanan, cuando los vientos de tormenta persisten.
    Como diría Manuel Buendía en su documental “Red Privada”, si no podemos entendernos como ciudadanos, tendremos que hacerlo como animales bajo el vendaval.
    Ellos, los zorros y los mapaches, los perros y los gatos, ponen a un lado sus diferencias y sus depredaciones, para buscar un refugio común, mientras sale el sol.
    Una reconciliación caraqueña, incluyendo a la provincia y a la diáspora, nos caería de perlas.
    Reconciliación sin impunidad, valga la aclaratoria.

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