viernes, enero 28, 2022
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    Eduardo Casanova | El camino equivocado

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    ¿Qué le pasó a Venezuela en 1998? Evidentemente equivocó el camino. Se dejó engatusar por un encantador de serpientes, un demagogo, un irresponsable, inepto, corrupto, que se lanzó por un camino que lleva al desastre. Y del que no es fácil salir. Pero no fue algo súbito

    Aunque la democracia produjo buenos gobiernos y resultados positivos, desde que se asomó con fuerza en octubre de 1945 tenía en su seno una equivocación fundamental, sobre todo en materia de educación. Desde que Venezuela nació como país independiente arrastró demasiadas equivocaciones que le han costado demasiado caro. Hasta desde antes, desde que se planteó la posibilidad de independizarse de España y emprendió una guerra feroz, mucho peor que las que emprendieron los demás países de la antigua América española. Ese esfuerzo bélico, cuyos costos materiales fueron inmensos, determinó que el país naciera arruinado y, peor aún, torcido.

    En un trabajo dedicado a la arquitectura de Caracas (“Caracas a través de su Arquitectura”, escrito en conjunto con Juan Pablo Posani y publicado por la Fundación Fina Gómez, Caracas, Venezuela, en 1969), Graziano Gasparini aporta algunos datos que nos permiten darnos una idea de lo que fue la Guerra de Independencia para Caracas: En 1812 la pequeña ciudad, además de ser muy próspera, tenía unos cincuenta mil habitantes, pero cuatro años después, en 1816, los caraqueños no llegaban a veinte mil, y en 1825, dos años antes de la última visita de Bolívar, según el Anuario de Caracas, eran veintinueve mil cuatrocientos ochenta y seis, de manera que cuando Bolívar vuelve en 1827 encuentra una ciudad que ha perdido el cuarenta por ciento de su población. Apenas en 1870 volverá la antigua Santiago de León a tener las cincuenta mil almas en cuerpos que, según el barón de Humboldt, tenía al comenzar la guerra, en 1812.

    A partir de esos datos, es fácil imaginar lo que representó para el resto del país. La Venezuela inicial, la de Páez, era un país de caudillos, y los fue hasta que Juan Vicente Gómez acabó con el caudillismo. Y todo ese tiempo no hubo mayores logros en materia de educación. Empezó a haberlos después de la muerte de Gómez, en los regímenes de López Contreras y Medina Angarita, que tuvieron la visión y el acierto de nombrar ministros de Educación a tres hombres extraordinarios: Arturo Uslar Pietri, Gustavo Herrera y Rafael Vegas. Tan bueno fue el trabajo realizado en el lapso 1936-1945 Rómulo Gallegos, educador además de escritor, declaró en un discurso, en el Congreso Nacional: “justicia es reconocer que el régimen político iniciado en el octubre revolucionario encontró en materia de educación nacional buena obra ya en marcha”. No se refirió, por supuesto, a lo que el doctor Vegas no había logrado alcanzar en materia de Pensum, que buscaba entonces, sin rebajar la información, aumentar notablemente la formación de los niños y jóvenes.

    Esa obra no era solo material, sino que había envuelto todo lo que tenía que ver con la educación, desde la alfabetización hasta la reorientación de las universidades, pasando por la formación de maestros y profesores, la racionalización y unificación de los programas de educación y hasta la organización gremial de los educadores. Luego del derrocamiento de Isaías Medina Angarita el crecimiento de la educación formal fue, en apariencia, impresionante, pero es posible –y así me lo comentó  más de una vez Rafael Vegas– que se haya sacrificado la calidad por la cantidad, y aunque se logró que la educación creciera con el país, o hasta más que el país, el resultado de ese crecimiento no fue tan positivo como podría parecer a primera vista.

    Dada esa realidad, visto que la educación pública había dado tal salto, crear un Colegio privado no religioso en aquellos días podría ser percibido como ir a contracorriente. Nadie podía negar que los Colegios públicos cumplieran plenamente su cometido, y los privados que funcionaban realmente bien eran los religiosos, casi todos subsidiados por el Estado. Hasta los llamados “piratas” cumplían una función social –y eso también se lo oí decir más de una vez a Rafael Vegas en algunas de nuestras muchas conversaciones–, pues permitían que los jóvenes que por cualquier razón no rendían en Colegios públicos o religiosos y habían tenido que dejarlos, siguieran adelante en sus estudios, con la posibilidad de que se “enderezaran” en el camino. El Colegio Santiago de León de Caracas no iba a ser ni religioso, ni público ni pirata. Sería un Colegio laico, diseñado para la excelencia. Para educar cabalmente niños y jóvenes y convertirlos en personas útiles, muy útiles para la sociedad.

    En ningún caso debía ser un correccional para niños de mala conducta, ni un Colegio más. Debía ser “el” Colegio, el mejor Colegio de Caracas. Pero un colegio que solo podía formar un grupo mínimo de jóvenes, mientras que la inmensa mayoría iba por un camino equivocado, deformándose y acostumbrándose al facilismo, descuidando por completo el sentido del deber. Y eso fue lo que llevó a Venezuela al despeñadero: la falla en la educación, producto de la influencia de una camarilla ed educadores socialistoides enquistados en Acción Democrática en 1945, que impusieron aquello de preferir la cantidad a la calidad. Y por desgracia, los militares que tumbaron a Rómulo Gallegos en noviembre de 1948 no tuvieron el más mínimo interés en corregir el rumbo equivocado. Y tampoco lo tuvieron los que asumieron la conducción del país en 1958, cuando por fin se impuso la democracia. El miedo a ser acusados de elitistas y conservadores impidió que se corrigiera en rumbo y se retornara a la sana práctica que había imperado sobre todo en el gobierno de Medina, aquel avanzar paso a paso, sin prisa pero sin pausa, entro de lo que los laboristas británico llamaron “fabianismo”, que implicaba dar un paso solo cuando se había completado en paso anterior.

    La impaciencia del 45, la misma que llevó a los hombres de Acción Democrática a conspirar con los militares jóvenes y dar el golpe de estado que tanto daño le hizo al país y a su población, hizo que en materia de educación se avanzara demasiado rápido, y se probara que es cierto aquello que del apuro no sale sino el cansancio. Tenemos un país con muchas escuelas, muchos liceos y muchas universidades, y hasta con muchos maestros y muchos profesores, pero en el que los maestros, los profesores y, sobre todo, los estudiantes de cualquier nivel, no están bien formados. No avanzan, van por un camino equivocado, y ni siquiera esa magnífica iniciática que fue el Programa de Becas Gran Mariscal de Ayacucho ha podido enderezar ese camino. Hay jóvenes que sí se forman muy bien, pero la gran mayoría no lo consigue. Fallan los supervisores, fallan los docentes, fallan los directores, y los alumnos consiguen muy buena información, pero muy poca formación. Y el resultado está a la vista: un país arruinado por una minoría por haber estado más de veinte años en manos de los peores. Y lo más grave es que los mejores, en general, no son mucho mejores que los peores.

    En aras de una imposible “igualdad” se permite que los mediocres se impongan a los mejores en cualquier terreno. Y los mejores, por temor a ser acusados de muchas cosas, permiten que suceda lo que sucede, que es lo que mantiene a Venezuela en el camino equivocado. ¿Podremos salir de ese inmenso círculo vicioso?

    Eduardo Casanova | El camino equivocado 3
    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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