sábado, diciembre 4, 2021
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    Almodóvar en estado puro

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    Por Aglaia Berlutti.

    Hace pocos días y en una entrevista relacionada con el estreno de su más reciente película “Madres Paralelas”, Pedro Almodóvar mencionó el hecho inevitable de íntimo en la obra del artista. La forma en que el cineasta narra con frecuencia, sus propias especulaciones sobre lo que cree, ama o le atormenta a través de sus films. Algo parecido comentó el año pasado a propósito del argumento de su corto “La voz humana”, en la que ponderó sobre el sufrimiento y la furia en una serie de líneas narrativas paralelas que terminan por confluir en una puesta en escena asombrosa. Para Almodóvar, que suele sentir un asombro considerable por la naturaleza de lo insólito, el cine es un escenario en el que construye la versión sobre la fe y la melancolía desde un lenguaje por completo nuevo.

    Por supuesto, Madres Paralelas es un resumen de todas las obsesiones del autor. Pero también, es una historia profunda y emocional que despoja al director manchego de sus máscaras favoritas. Conmovedora, cruda y por momentos, de una sensibilidad que roza lo lírico es una mirada a la maternidad. Pero también, a la mujer salvaje, el misterio del tiempo femenino y a las voces que le rodean.  Con algunas líneas en común con la película “Hable con ella”, lo más reciente del director es quizás el mejor ejemplo de la obsesión de Almodóvar por las emociones femeninas, pero, sobre todo, por la complejidad de los sufrimientos intelectuales y morales de nuestra época.  Se trata de una historia sobre la absoluta soledad, en la que cada uno de los personajes no sólo está emocionalmente aislado, sino que perdió su capacidad para comunicarse con los demás. Esa noción sobre la distancia, el miedo a los territorios inexplorados de la mente y la angustia del desarraigo la que sostiene una narración que analiza a la mujer desde la sensibilidad. Toda una rareza en medio de las expectativas sobre el cine enfocado en lo materno y lo ideal que forman parte del imaginario colectivo.

    También es una rareza dentro de la filmografía de un director a quien se le ha tildado de irritante, irritante y vulgar. También de vanguardista, espíritu libre y símbolo del nuevo cine español. En algún punto entre ambos extremos, entre el amor fanático de sus seguidores y el desprecio acérrimo de sus detractores, se encuentra una manera de definir su singularisima mirada al cine. Porque quizás, el cine de Almodóvar sea algo más que una mezcla de metáforas incompletas y una reinvención del cine europeo a la medida de una nueva necesidad de expresión. Quizás se trate de una jugarreta, un melodrama con aspiraciones de pequeña reflexión que no llega jamás a rozar lo verdaderamente profundo, pero que tiene momentos de profunda inspiración. Cualquiera sea el caso (y por el motivo que sea) Almodóvar brindó una nueva identidad al cine español: una a la medida de ese país que despertó a lo contemporáneo luego de décadas de conservadurismo cultural. Festivo, colorido y, sobre todo, tan crudo en su manera de abordar temas hasta entonces prohibidos (el sexo, la homosexualidad, la violencia) demostró que el cine español necesitaba reconstruirse, desde esa propuesta tímida de cine bajo el ala del férreo control político para ser algo más. Para construir una nueva visión de sí mismo y del mundo que intenta reflejar.

    “Madres Paralelas” es una historia triste, un melodrama lento y comedido, que aun así tiene momentos de brillante dulzura. Una combinación de esa insistencia de Almodóvar por lo extraño y lo chocante, combinado con algo más sutil, en una clave de registro inusual en la cinematografía de un autor acostumbrado al ruido y a mostrar de manera muy directa (y en ocasiones casi irritante) la realidad. Pero en “Hable con ella” el director no solo transforma esa disonancia, esa cacofonía de brillantes colores en algo más dúctil, discreto, sino que logra componer un discurso introspectivo hasta entonces impensable en su trabajo. Es quizás, el Almodóvar desconocido, inspirado, meticuloso y decidido a crear una visión nueva de esa soledad elemental del hombre moderno, de esa comunicación fragmentada que parece desaparecer a trozos, crea quizás su película más sentida, la más profunda y probablemente la más compleja de toda su filmografía.

    Las mujeres siempre han obsesionado a Pedro Almodóvar. Pero en especial, el director manchego está maravillado con la naturaleza de lo femenino, una sutileza importante. Madres paralelas, su más reciente film, no sólo resume el tránsito del realizador por sus temas más queridos, sino que le permite innovar en la forma de tratarlo. 

    Si en sus anteriores películas, Almodóvar mostró mujeres asombrosas, temibles, al borde de crisis o elevadas por la idealización, ahora las contempla con ternura. Lo hace desde una madurez cinematográfica que emociona y conmueve. Y que también demuestra la forma en que el autor encuentra la manera justa de analizar sus premisas.

    Como otras tantas películas del director, la película es un melodrama de amplio alcance. Pero esta vez comienza con una escena pequeña y dolorosa, en una sala de hospital en que dos mujeres aguardan el nacimiento de sus hijos. Janis (Penélope Cruz) y Ana (Milena Smit) tienen concepciones sobre la maternidad distintas, pero también, miradas sobre la complejidad del futuro contrapuestas. O podrían serlo, si acaso ambas pudieran analizar el tema desde el mismo punto de vista. 

    Pero en realidad, tanto una como la otra tienen miedo. Tanto Janis como Ana son madres solteras. Una y otra, comprenden sus dolores y el miedo relativo a la soledad de ese gran acto físico y moral, que cambiará sus vidas. Pero también, desean parir, como deja claro Janis en uno de sus asombrosos y sorpresivos diálogos. La dualidad del discurso se hace cada vez más abrumadora, a medida que el hecho físico del parto se acerca. 

    Y es esa capacidad del guion para sostener una mirada sobre el tiempo y las esperanzas, lo que hace a la película de una delicadeza asombrosa. Almodóvar celebra la maternidad. Pero también, comprende y reflexiona sobre el hecho consistente de qué se le exige a la mujer al ser madre. No se trata de una premisa sencilla, tampoco de una relación venial con la idea de lo femenino enfrentado a una idea esencial de sí misma. 

    Almodóvar en estado puro 1

    Lo que hace a Madres Paralelas una obra inusual en la filmografía del director es la manera en que el melodrama se sustituye por un análisis sentimental completo. Almodóvar, acostumbrado a los excesos, florituras y a una noción sobre el dolor subrayado por lo estrafalario es mucho más comedido que nunca. Pero no en la forma en que muestra o relaciona su trabajo con la puesta en escena. Por supuesto, no sería Almodóvar sin el desfile de colores brillantes, pero en esta ocasión, el recurso es de una simbología contundente. 

    Ser madre, la maternidad y el amor en Madres Paralelas 

    Sin duda, Madres Paralelas es una heredera directa de Hable con ella y Dolor y Gloria. En las tres películas, el dolor humano lo es todo y Almodóvar lo analiza desde metáforas cuidadosas sobre el temor, la vida y la muerte. En esta ocasión, toma además decisiones complicadas para crear personajes con una vida interior densa. 

    En su mejor actuación desde Volver, Penélope Cruz brinda a su Janis una perspiscacia emotiva que resulta electrizante. Como fotógrafa, es la encarnación del registro del dolor. En la búsqueda del pasado familiar, es también una línea que Almodóvar utiliza para seguir los recovecos del pasado.

    Pero es su faceta como madre, la que descubre hasta qué punto, Almodóvar puede relacionar sus versiones sobre las mujeres, en algo más potente. Usualmente, las mujeres Almodóvar encuentra la autorrealización en actos extremos y portentosos. En epopeyas sentimentales o en fundamentos radiantes que iluminan sus espacios interiores. 

    Janis también lo hace, pero, además, exacerba el sentido del Almodóvar sobre la mujer como un crisol de sentimientos y pensamientos poderosos. Cruz crea un personaje de una potencia gigantesca, pero también, de una secreta fragilidad que muestra en momentos muy precisos. Como el drama que es, Madres paralelas celebra el tiempo y las transiciones de lo que atemoriza. Pero a la vez, sustenta y construye una mirada sobre el pasado, el bien y el mal que sorprende por su madurez. Almodóvar no renuncia a sus temas favoritos. Los recrea, profundiza y delinea con nuevos contextos, para llevarlos a nuevas dimensiones. 

    Todos los poderes misterios en Madres Paralelas 

    El contraste de un personaje como Janis es la adolescente Ana (Smit), a través de la cual Almodóvar logra expresar los temores marginales de la maternidad. El personaje es de una delicadeza que emociona, pero a la vez, un brillo interior que la hace fuerte, incluso en circunstancias confusas. 

    Es a través de ella, que el director logra enlazar la fortaleza a toda prueba de Janis, con cierto baremo sobre la oscuridad interior. Allí en donde Janis es todo esplendor, decisión y la plena mujer Almodóvar, Ana es pequeña, rota a fragmentos.

    Pero la unión de ambas cosas, logra crear algo poderoso que desconcierta por su belleza. Almodóvar expresa un caleidoscopio del amor, la entrega, la oscuridad y la luz de sus personajes a través de una trama bien construida. Y si por momentos, parece que el film depende en exceso de los tics y diálogos profundos, en realidad es un truco. Uno bien construido. Madres paralelas es en realidad todos sus extremos combinados en una magnífica puesta en escena. 

    De nuevo, Almodóvar juega a maestro de ceremonias de un gran drama humano. Y lo hace bien, con la asombrada pericia de un hombre que contempla a las mujeres con curiosidad y desconcierto. Una mínima historia que envuelve otras tantas y que se eleva radiante para contar lo que hay más allá de la maternidad. Del dolor, del amor y quizás, de la belleza.

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