lunes, junio 27, 2022
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    Cuatro críticas sobre Stranger Things 4

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    La cuarta temporada de Stranger Things ha vuelto a situar a Netflix en lo alto de los charts de popularidad de la plataforma, así como en las mediciones de rating de los servicios de streaming.
    La serie es su gallina de los huevos de oro, y la compañía la administra con suma cautela, ahora que las acciones bajan, arrastrando a un número importante de suscriptores.
    De modo que publicaron siete capítulos, a modo de largometrajes, para cerrar a lo grande con dos episodios que serán estrenados el primero de julio.
    En tal sentido, saturados de los contenido de fans en red, les proponemos cuatro críticas a la serie en su cuarta temporada.

    1) No es la vecindad del Chavo, ¿pero es linda de verdad?

    El pacto de la verosimilitud se rompe al instante de ver cuán crecido está el reparto original. Como en la fase final de Harry Potter, la mayoría de los chicos del casting ya no encajan en el molde de sus protagonistas, luciendo demasiado grandes para sus papeles de adolescentes en instituto. Viendo la serie, pensaba en Chespirito y la vecindad del Chavo, con sus adultos haciendo de niños. Un punto a favor de su estirón, es que los creadores asumen el problema con autoconciencia y sentido de la autoparodia, rodando su temporada más terroríficamente divertida, en un guiño al Wes Craven de “Nightmare on Elm Street” y al Sam Raimi de “Evil Dead”. Los 15 millones de dólares invertidos en cada episodio, suman a la potencia creativa de las imágenes y las secuencias de suspenso. Pero todo a merced de unos tropos, unos personajes, unos clichés de Hollywood que huelen a eterno bucle de la nostalgia boomer. Una revisión ochentera que estanca e impide el desarrollo de la industria. Surge la notable contradicción de una serie de “supuestos chamos”, de arquetipos de nerds y lolitas, que conciben pragmáticos ejecutivos de venta. El verdadero Upside Down, el Mundo al Revés de Stranger Things. De ahí que, para compensar, casi todos los personajes adultos sean más o menos inútiles, villanos, traumados o víctimas del complot, salvo excepciones.

    2) Situaciones chirriantes.

    Considerando el inevitable paso del tiempo, algunas secuencias se planifican con una impostación de melodrama teen. Si por un lado es válido que se condene el acoso escolar mediante la escena de Eleven sufriéndolo en carne propia, por el otro los Duffers exageran la nota, haciendo del bullying un escarnio, una caminata de la humillación al límite del esperpento. Se entiende el chiste y el mensaje de fondo, en contra de las “mean girls” que condenan a sus pares, desde el lugar del privilegio. Lo que distrae es la saturación y la redundancia a la hora de encadenar las acciones de la trama.

    3) Nuevo reciclaje de Stephen King.

    Siempre se habla de homenaje. Sin embargo, encuentro que “Stranger Things” se parece más a un plagio posmoderno y dark, a una reactualización de las novelas de Stephen King y su influencia en el cine de los ochenta, desde “El Resplandor” hasta “La Cosa”, pasando por “It”. El truco funciona para conectar con una audiencia que prefiere lo viejo conocido, que lo distinto por descubrir. De tanto complacer a su masa cautiva, Stranger Things ha pasado de ser una anomalía del mainstream, a una franquicia que ofrece daños controlados y la perpetuación acomodaticia de su mitología. No en balde, viene a reforzar anticuadas narrativas paranoides del fin de la guerra fría, explotando el pánico actual por cualquier monstruo o influencia que invade desde afuera. Una de las etapas más clásicas y superadas del horror, que aquí regresa como terapia social de lo que esconde la pesadilla americana. Con todo, carece de la fuerza subversiva de una Twin Peaks, por hablar de otro caso edulcorado por la serie.

    4) El miedo al cambio.

    Como “Obi Wan Kenobi”, la cuarta temporada de “Stranger Things” realmente expone el conservadurismo creativo de los contenidos de los servicios de streaming, dedicados a monetizar sus algoritmos y sus propiedades intelectuales, hasta la obstinación, en un círculo vicioso, donde las historias reconfortan, al relatar argumentos perfectamente predecibles. El pánico a la evolución, se manifiesta en el propio dispositivo de la cuarta temporada, que recrea el año 86 como una máquina de reverberación de fobias, espantos, memes, modas(el guiño al Glam metal) y multiversos.
    Los héroes mesiánicos, otra vez, se unirán para contener los ataques, como una especie de brigada de “Gonnies” en modo “Avengers”. Nada mal para pasar el rato, echado en el sillón.
    Pero la divergencia y la sorpresa, hay que buscarla en otro lugar menos empaquetado en laboratorio.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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