martes, enero 18, 2022
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    «Don’t look up + Being the Ricardos»: 2 críticas de Edgar Rocca

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    Por Edgar Rocca.

    “La guerra del streaming”, “la proliferación del cine enlatado”, “la era de los directores sin personalidad”. Esa última frase me activo el síndrome del “abogado del Diablo” sin ser un seguidor de los guiones o el cine que ha hecho Aaron Sorkin y menos del cine de Adam Mckay. Y es que llevado por la ola de comentarios que vi en Twitter en los días de Navidad por el estreno de Don’t look up y de Being the Ricardos (Disponibles en Netflix y Amazon Prime, respectivamente) decidí verlas en mi distendido y tranquilo 25 de diciembre y forjar mi propia opinión.

    Inicié con la de Mckay. Tener ese elenco me hizo querer verla primero. Es un privilegio ver a toda esa gente junta (Streep, Lawrence, DiCaprio, Hill, Blanchett, etc), además en papeles sin mucha complejidad, ayudados por el tono cómico que suele trabajar ese director. Iba sin mucha expectativa, seguro de que al menos me iba a entretener. Adam Mckay era inexistente para mi hasta 2015 cuando estrenó The big short aunque fue su séptima película. También la recuerdo por ser de las últimas películas que vi en el cine antes de que naciera mi primera hija.

    La vi una noche de salidita con mi señora embarazada de 7 meses, comimos una pizza en la principal de la Carlota y luego fuimos al cine de El Marqués a ver la última función de aquel día, un frío viernes de ese diciembre. Aquella me pareció una película genial, consistente en lo que decía, cómo lo decía y cómo había sido ejecutada a pesar de que el tema de la burbuja inmobiliaria no era un tema que hubiera explorado a profundidad.

    Salimos y conversamos sobre ella y al igual que en esta oportunidad su elenco nos llevó al cine (Bale, Gosling, Carrell, Pitt). Ya para aquel entonces había grabado mi primera película y empatizaba con esa búsqueda de hacer humor sobre temas serios y romper la cuarta pared.

    En estos 6 años Mckay se ha hecho aún más progresista y cronista de su época y de su país. Eso hace que active el gen político con facilidad. Pero además de eso, también hay un tipo que ha podido hacer 9 películas en la meca del cine con presupuestos inmejorables y donde no se han registrado pérdidas, conectando con el público que ve su trabajo o al menos llevándolo a que lo explore aunque después lo odie.

    Un logro y un punto de honor para tipos como él o cineastas de su nivel. Don’t look up es pertinente en los tiempos que corren. Es la película más “ambiciosa” de un tipo subestimado por tener una primera etapa donde sólo dirigió comedias exageradas para un actor cómico como Will Ferrell y que en un punto de su vida fue guionista del Late Night show más importante de su país y que al parecer hace prohibitivo o menos relevante cualquier éxito que tenga haciendo una película “Seria”.

    Su guion no tiene huecos aunque dure más de dos horas, su película está hecha en el standard de calidad de la actualidad, su película valora a la familia y nos regala una secuencia final hermosa a su manera. Poderosa y reflexiva sobre el fin de la vida o del mundo que es lo mismo. “El mundo se acaba para el que se muere y eso nos pasará a todos” decía mi padre que nunca ha creído en “eso del fin del mundo”.

    Lamentablemente, la película pone dos escenas Post-créditos de un patetismo atroz que es lo que tumba la película del sitial y de la búsqueda que le valoro. La última de ellas es al final, final de los créditos y es como si Will Ferrell hubiera entrado a la sala de edición y hubiera incluido estas escenas que además dan unas señales distintas a lo que toda la película me había narrado durante todo el metraje. Complaciente e innecesariamente exagerado. Sobretodo por lo que representan Mark Rylance y Jonah Hill en la película, es decir la avaricia y la estupidez.

    Seguidamente vi Being the Ricardos. El tercer largometraje como director del “afamado” guionista de pelis como La red Social y Moneyball. Todos los registros que he visto de su trabajo van en la línea de lo biográfico o el abordaje de historias de éxitos o fracasos particulares, es así como llegó a sus guiones de Facebook, Los atléticos de Oakland y su sabermetría, y también sobre personas particulares como el guion que firmó sobre Steve Jobs, o su primera película como director sobre Molly Bloom que antes de ser emprendedora y escritora, hizo dinero en un nightclub de Los Ángeles con apuestas basadas en un esquema de fraude.

    En esta oportunidad aborda a la actriz Lucille Ball y una semana de su vida y su relación con Desi Arnaz en la realización de un capítulo de la icónica serie de comedia situacional norteamericana I love Lucy.  Pero lo que parecía una película semi biográfica y de homenaje a un ícono para el público de más de 50 años, termina siendo un contenido empaquetado con dos actores para la generación mayor de 25 años Nicole Kidman y Javier Bardem.

    Ambos actores son, con sus aciertos y desaciertos, artistas que valoro. Kidman como una de las actrices más consistentes de su generación que ha labrado una carrera sobresaliente y Bardem como uno de los mejores actores en nuestro idioma y que su participación recurrente en grandes películas en Hollywood es el indicador principal de mi afirmación. Pero aquí, eso pasa a un segundo plano llevándonos a una historia que procura condensar quiénes fueron estos dos artistas y se queda corto.

    También se siente o se resiente, la búsqueda de hacer una película biográfica con una película política de actualidad en el fondo. Lucille Ball fue entrevistada por el comité de actividades antiamericanas que combatía el comunismo en los 50, dejando al comunismo como el villano de la película del cual hay que huir y que representa la búsqueda del personaje de Bardem. Pero la película se desvirtúa pues es sobre la relación de estos dos actores y el tema político es usado como un artefacto dramático al no tener cómo hilar la historia.

    En las fechas de los 5 días principales en los que se centra la historia los personajes tienen 40 Lucille y 34 años Desi y más de 10 años de relación, pero hay flashbacks que nos ubican al inicio de esa relación y es difícil creer que nuestros admirados Kidman y Bardem tengan 29 y 23. Además el trabajo de maquillaje sobre Kidman para que se parezca a Lucille es tan extraño que parece un chiste involuntario.

    Sin embargo, la película interesa en su dinámica interna sobre el plano laboral de Lucille y Desi. Ver lecturas de mesa, ensayos de cámara, pruebas de vestuario, discusiones creativas sobre guiones y todo lo relacionado con la producción de un capítulo del Sitcom, tiene un valor especial para quienes nos gusta o trabajamos en el medio audiovisual. Después de eso, nos queda el trabajo de un director (Aaron Sorkin) ya respetado como autor desde el éxito de sus guiones.

    Esta tercera película de Sorkin, me gusta más que su anterior trabajo, El juicio de los 7 de Chicago, el cual entró a temporada de premios y estrenó en 2020, pero menos que su debut directorial, El Juego de Molly.

    Su cine hasta ahora me parece inconsistente y que aún está en la búsqueda de esa película. Agradezco profundamente que haya estrenado sus 3 películas en 4 años, eso habla de su activa creatividad pero su estilo formal, convencional y clásico, dista mucho de lo que parece buscar un sector, aun así es efectivo hasta cuando enfrenta historias que necesitan ser reforzadas con licencias dramáticas excesivas apelando a opciones como la subtrama políticas o flashbacks sin mucho peso cuando las historias en esencia van por otro lado.

    Ese lado por el que aseguro va la historia, es el genio, la importancia y reivindicación de las figuras de Lucille Ball y su esposo Desi Arnaz y cómo o porqué mantuvieron por 6 años el éxito de su seriado, siendo una referencia aún en la actualidad para la televisión norteamericana. La razón parece una negativa a lo que la película defiende durante todo el metraje, y es que el hogar que parece buscar el personaje de Kidman en su relación con Arnaz, es el set y los hogares de sus televidentes y en últimas es todo lo que le importa a ella y donde Arnaz no puede llegar.

    Puede ser casualidad que las últimas películas que me gustaron de ambos directores las vi en el cine. También puede ser un indicador que el cine sólo se disfruta en sala. Aunque yo prefiero agregar que el cine también se consigue fuera de ella, y no hablo sólo del streaming, sino también cuando conversas y debates sobre una película así sea como en mi caso solo frente al teclado.  

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