domingo, noviembre 27, 2022
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    El cine de terror como lo conoces y la influencia de Alfred Hitchcock

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    Por Aglaia Berlutti.

    Cuando la película Psicosis se estrenó en la gran pantalla, su director Alfred Hitchcock insistió en que todos los espectadores debían llegar «a tiempo». Se colgaron carteles en todas las salas de cine, recomendando a todo el público que no se retrasara «ni un minuto» porque podría entorpecer lo que Hitchcock llamó «el enigma real de la película». Era la primera vez que un realizador cinematográfico interactuaba de una manera semejante con la escena de cine, con esa otra dimensión más allá de la pantalla. La intriga que suscitó la recomendación de Hitchcock convirtió a Psicosis en un éxito incluso antes de su estreno. El día en que finalmente se proyecto por primera vez, fue evidente que el pequeño truco publicitario fue un golpe de efecto que funcionó muy bien: multitudes de curiosos se agolparon en las salas del cine de todo Estados Unidos para comprobar por sí mismos, el anunciado misterio de la trama. La película se convirtió en un instantáneo éxito comercial y aunque recibió críticas mixtas, fue nominada a cuatro premios de La Academia. Para Hitchcock representó construir un mito donde el principal protagonista parecía ser su propia personalidad. Una nueva visión del arte y la cinematografía, donde el creador visual era no sólo parte del proceso de elaboración de la historia que se mostraba en pantalla, sino un rostro reconocible que podía brindar personalidad — y quizás identidad — a la pieza visual.
    Porque Hitchcock siempre fue un personaje en sí mismo, casi tan singular e inquietante como a cualquiera de los que dio vida en el fotograma. Sus críticos más acérrimos le acusaron de despótico, obsesivo e irracional y sus devotos admiradores, de genio y re constructor del lenguaje cinematográfico. En lo que todos parecían estar de acuerdo es que Hitchcock era cuando menos, un hombre que estaba decidido a concebir el cine como espectáculo pero también como enigma, en una extravagante combinación de factores que no siempre fue bien comprendida. Y es que Hitchcock quizás era muy extraño, desconcertante pero más allá de eso, era un artista muy consciente de sus capacidades y, sobre todo, de su necesidad de brindar un nuevo sentido a la imagen que narra la historia. En una entrevista llegó a decir que «el cine (lo que podía mostrar) no le obsesionaba tanto como lo que ocultaban bajo las imágenes».
    Tal vez por ese motivo, Hitchcock ejercía un férreo control sobre todos los aspectos — técnicos y artísticos — de sus obras. Se obsesionaba hasta con los mínimos detalles, en un intento de recrear su visión de la manera más exacta posible. Sobre todo, sus películas eran elaboradísimas mezclas de simbología y una comprensión sobre el uso de la estética y lo visual totalmente nueva en el mundo del cine. Porque para Hitchcock nada era casual, mucho menos evidente. O intentaba que no lo fuera: Hitchcock estaba convencido que el cine era una herramienta de enorme valor conceptual pero también, de profundo contenido simbólico. Y entre ambas cosas, encontró una manera de asumir el valor del riesgo y de la comprensión de la originalidad en un medio relativamente nuevo y sobre todo, que aún era menospreciado a nivel artístico. Y es que Hitchcock jamás dudo del poder constructor de la visual como objeto artístico a la vez que experiencia comercial. Una visión que brindó a su propuesta una dimensión singularísima y lo encumbró como un pionero por derecho propio. Más allá de eso, Hitchcock también era un artista que estaba convencido del valor de su planteamiento y no dudo, en arriesgar lo necesario para obtener lo deseable, combinación en la que casi siempre tuvo éxito.
    De hecho, Psicosis fue uno de esos grandes riesgos. La trama, basada en el libro de Robert Blonch del mismo nombre, fue considerada por Paramount como una historia «repugnante y totalmente carente de atractivo real», por lo que se negó a producirla. No obstante, Hitchcock no se dio por vencido: decidió financiar la película de su propio bolsillo a través de la creación de la productora productora Shamley Productions (que había producido Alfred Hitchcock presenta). Además, el director se ocupó personalmente de administrar el escaso presupuesto: la mayor del parte del equipo provenía de su equipo de producción, así como los escenarios y utilería. Pero más allá de lo meramente estructural, Hitchcock convirtió la filmación de Psicosis en un suceso por sí mismo: en un intento por proteger el importantísimo giro de la trama que brinda sentido a toda la historia, no sólo compró la mayor parte de las ediciones del libro en que se encontraba basada la película sino que además, obligó a todo el personal técnico a firmar una cláusula de absoluta confidencialidad que debían respetar hasta la proyección de la película. Los actores fueron advertidos de manera tajante por el propio director que serían despedidos en caso de revelar cualquier detalle del metraje y de hecho, el ambiente en el set era lo bastante tenso como para provocar malestar en los miembros del equipo.
    Dado al secretismo y a peculiares técnicas de filmación, Hitchcock convirtió a Psicosis en un ejercicio estilístico que marcaría profundamente su carrera. Y quizás la historia del cine. Porque quizás por primera vez, un director tomó decisiones especificas dentro de la trama, debido a toda una serie de motivos estéticos y visuales que convirtieron la obra en una pieza de arte por valor propio. Desde su extraña estructura narrativa hasta la manera en que Hitchcock supo lograr un ambiente malsano y opresivo, la película triunfó reinventando el género desde sus cimientos. La ambigüedad y la visión del miedo como una serie de símbolos sutiles, brindó a Psicosis una inusitada profundidad, una retorcida interpretación del mal más allá de la simplicidad de lo absoluto. Porque Hitchcock concibió el mal como parte de la naturaleza del hombre, una interpretación de la naturaleza dual y confusa del espíritu racional. Tal vez por ese motivo su Norman Bates (interpretado por un espléndido Anthony Perkins) resulta conmovedor en su quebradiza cordura, su fragilidad engañosa y sobre todo, en su inquietante capacidad para la violencia. El director bordó con asombroso pulso esa veleidad entre la bondad y la maldad, la razón y la cordura, hasta lograr un híbrido de inquietante penetración psicológica.
    Todo lo anterior además, construido bajo una cuidada puesta en escena, una propuesta estética impecable y una banda sonora que para la época, resultó todo un experimento desconcertante. El compositor Bernard Hermann creó para la película una banda sonora que permitió acentuar el ambiente de tensión y suspenso que acompaña toda la cinta. De hecho, tan efectivo resultó la composición de Hermann — basado en altísimas notas repetitivas y combinadas con acordes graves — que años después , el mismo Hitchcock declaraba que «33 % del efecto de la cinta se debe a la banda sonora».
    Rodada en un brillante blanco y negro, la película basa su mayor peso visual en una espectacular combinación de luces y sombra que brinda una extraña sensación de dualidad a cada escena. Ninguno de los personajes está bajo la luz ni tampoco completamente bajo las sombras. Y sin duda, es esa transposición en sombras, ese lenta trayecto entre grises, lo que simboliza mejor el clima completo de la película. Una interpretación de las infinitas graduaciones del bien y del mal — de la belleza y lo terrible — que sostienen una visión sustancial de esa voluble y desconcertante naturaleza del hombre e incluso, esa diminuta grieta que parece separar la cordura de la locura.
    Sin duda, un triunfo de ese Hitchcock obsesivo e inquietante y también el visionario creador. Dos caras de la misma visión de la expresión artística y sin duda de algo más intimo — sin duda desosegante — que brinda a su propuesta cinematográfica un extraño brillo y esa singular noción sobre el poder de la expresión visual. Un misterio entre misterios, quizás.

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