martes, mayo 17, 2022
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    El cine y la política: dos ejemplos poco conocidos para comprender su trascendencia

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    Por Aglaia Berlutti.

    El cine con temática política con frecuencia parece formar parte de esa visión de la cinematografía crítica y semi documental. Por supuesto, se trata de una visión que se sostiene sobre la necesidad del planteamiento cinematográfico de mostrar la época a la que pertenece y la cultura que retrata con la mayor exactitud posible. Pero más allá de eso, el cine de contenido político parece sintetizar, además, esa opinión profundamente crítica que el arte suele tener sobre el poder y quienes lo ejercen. Ese fresco sobre los intringulis de los complejos hilos que sostienen cualquier soledad y en esencia, lo que otorga un rostro reconocible a cualquier planteamiento histórico. No obstante, la visión política casi nunca se concibe como hecho artístico en sí, ni mucho menos como expresión estética en estado puro. Tal pareciera que ambas ideas se contradicen o eso parece sugerir la experiencia.


    Muy probablemente por ese motivo, la película Un Día Muy Particular de Ettore Scola, sea considerada una pieza única dentro del llamado subgénero de cine político. Porque el director no solo consiguió recrear con buen pulso y un envidiable ritmo la historia de la Italia fascista de Mussolini que se prepara para recibir la visita de Adolf Hitler, sino que dotó al film de un importante peso artístico. Y es que el film se aleja del maniqueísmo y la opinión concluyente para mostrar algo más sutil, una metáfora sutil mucho más efectiva. La película, basada en lo ocurrido durante el día seis de mayo de 1938, construye un escenario perfectamente medido, donde la opinión parece bordear lo simplemente cotidiano y expresar una serie de ideas complejas a través de golpes de efecto. Quizás se deba a la meditada visión de Scola sobre el fascismo y la realidad histórica de la Roma sitiada por el totalitarismo, o la visión bien construida de un guión que ignora planeamientos sencillos: cual sea el caso, la película destaca por su impecable visión, por esa voz narrativa que muestra, pero no insiste en símbolos evidentes, una historia diminuta dentro de otra mucho más grande y compleja. Y es que asombra, la manera como el autor logra captar esa vivacidad de un momento histórico inusitado y aún así plasmar el temor, que parece rozar la imagen más colorida, ese gran desborde de entusiasmo que sin embargo llega a parecer artificial y acaba convirtiéndose en una máscara de la realidad.

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    Con toda seguridad, el planteamiento sería menos efectivo de no contar con un elenco de actores capaces de brindar una notoria profundidad a los matices. Desde una Sophia Loren en estado de Gracia como la infeliz y angustiada ama de casa Antonietta hasta un estupendo Marcello Mastroianni como el misterioso disidente en una dupla de extraordinarias actuaciones que crean un ambiente melancólico y otorga a la película ese particular aire de desesperanza que la caracteriza. Una conversación intimista de dos personaje perdidos en medio de sus propias tribulaciones, la soledad del miedo y más allá, el trasfondo de un mundo amenazante que parece herirlos en su propia busqueda de la verdad.

    Personal, intima e introspectivo, el film reconstruye el discurso político para brindarle un trasfondo emocional que funciona gracias sobre todo al talento de Scola para jugar con símbolos aparentes y sobre todo, esa meditada circunstancia de una visión sencilla – nunca simple – de la realidad. La recreación de la Italia Fascista usando como metáfora un edificio de la clase trabajadora de Roma, sirve de marco y engloba esa inquietante visión de la historia sobre el lento derrumbe de un país herido de autoritarismo. La sociedad italiana,  fanatizada y enardecida por el discuso político, se retrata de manera brillante en cada uno de los habitantes del lugar, como si de un fresco de la realidad se tratase. Y sin duda lo es: esa realidad cultural, la diversidad, las opiniones encontradas y el miedo, perceptible pero nunca realmente visible, dibujan un rostro de la Europa sitiada desconocido y sobre todo, muy humano.

    Con el transcurrir de la trama, el punto de vista del director se hace más evidente y gana en profundidad: esa integración del espacio intimo y el social crean una mezcla novedosa que renovó por completo el discurso del cine como planteamiento político. Esa revisión sensible de lo histórico replantea y refresca el esquema que hasta entonces había propuesto el cine con temática social: La crítica al sistema continúa – y es parte integral de la historia – pero más allá, se sostiene sobre una consistente visión de las historias pequeñas, de ese contexto invisible que sostiene el mentamensaje general. Con un tratamiento psicológico de las relaciones personales y una aproximación emocional a la ideología, Scola logra que la visión del contrincante político se humanice, sea aún mucho más cercana y comprensible. La película entonces asume la perspectiva de la complejidad de las relaciones personales como una abstracción que forma parte de la identidad espiritual del hombre por el hombre. La necesidad de comprensión, consuelo y amor que es universal en toda cultura y momento de la historia.

    Y es que sin duda, «Una Jornada muy especial» es un retrato de lo que une y a la vez separa al hombre, la política que crea un rostro reconocible de la sociedad siempre cambiante y esa visión intima del otro, de los lazos esenciales que nos convierten, la mayoría de las veces, en victimas de nuestra propia ingenuidad y simplicidad.

    De la misma manera que Ettore Scola, el escritor y director africano Ousmane Sembène reflexionó sobre lo político, pero esta vez, usó el cine como disección de la realidad, en lugar de reflexión acerca de la cultural. Claro está, usualmente el cine de protesta, tiene una razón de ser profundamente social. O así podría suponerse: como reflejo inmediato y aparentemente fidedigno de la sociedad que retrata, el film con pretensiones de protesta, aspira a documentar lo que ocurre y a transmitir la opinión en una combinación de efectismo y metáfora que, en algunas ocasiones, crea una visión fílmica por completo nueva. Y es que el cine, con su capacidad transformadora y sobre todo, su necesidad de reconstruir lenguajes y metamensajes, brinda la oportunidad a la visión histórica de replantearse y reconstruirse:  todo un fenómeno en sí mismo que asume un tipo de particular responsabilidad artistica. No obstante a la vez, el cine de protesta, crea una asimilada interpretación de lo esencial en todo documento visual que se precie: la historia en estado puro, esa construcción de elementos que forman parte de lo que se cuenta, más allá de toda subjetividad.

    Muy probablemente, por esa razón Sembène lo comprendió de esa manera cuando decidió recurrir al cine para plantear una nueva visión sobre la sociedad Senegalesa. Escritor durante cuarenta años, asume el cine como un necesario replanteamiento de su oficio en letras, pero no solo por el paralelismo que ambas formas de expresión guardan, sino por una razón lo bastante pragmática para sorprender: Sembène admite que la mayoría del pueblo de su país no puede leerle. De manera que su salto al cine, además de una admisión de la culpa histórica del intelectual tradicional sobre su poder transformador, es también toda una declaración de intenciones. Porque Sembène, prolífico y sobre todo, profundamente comprometido con la necesidad de explorar y analizar su propia circunstancia y la realidad del país que le vio nacer, se compromete no solo a contar la historia que mira, sino a opinar, de manera brillante y humorística, sobre las condiciones reales que le obligan a adoptar un segundo lenguaje como medio de comunicación. Una elipsis casi desconcertante, que sin embargo permite a Sembène construir una nueva visión del arte político, del documento que levanta polémica y al subjetividad satírica que puede – y de hecho, lo hace – señalar con absoluta precisión la raíz de la que es su reflexión sobre la realidad.

    Resulta curioso que a Sembène se le considere padre del cine africano, siendo como lo ha sido, uno de los críticos más brillantes sobre la corrupción política sustancial – e inevitable –  del continente y sobre todo, su natal Senegal. O quizás, justamente, su durísima visión sobre las relaciones de poder, su franqueza irreductible y más aún, su necesidad de desmenuzar los intringulis del poder desde la perspectiva del escritor, es la que lo haga una de las voces más poderosas del séptimo arte en una cultura donde el poder siempre tiene la razón. Pero no obstante, quizás lo realmente efectivo del lenguaje cinematográfico de Sembène no sea sólo su insistencia en temas que descubren esa otra visión de la Africa que se observa asi misma desde un ángulo nuevo, sino la universalidad de su planetamiento. Porque la corrupción es parte de la política o así se insiste, pero más aún, el poder tiene la capacidad de silenciar incluso las voces más asertivas, cualquiera sea el lugar y el momento donde se detente. Y es el mensaje profundamente reaccionario de Sembène, lo que le brinda una nueva dimensión al resultado fílmico, una profundidad que sorprende y conmueve al espectador.

    Con «Xala» (1975) Sembène logró que su lenguaje cinematográfico se depurara, luego de la polémica La noire de… (1966), considerada la primera película del cine Africano. Y es que si con ella Sembène tanteó con habilidad los limites de la censura y la moral africana, con «Xala» ( cuya tradición al castellano podría ser «Impotencia») el escritor /director alcanzó un nuevo nivel en la depuración de su lenguaje cinematográfico y su insistencia en usar el mensaje visual como forma de protesta elemental. Porque sátira «Xala» no solo construye una visión durísima sobre la clase burguesa y los políticos senegaleses, sino que además, brinda toda una reinvención del tema usando símbolos y metáforas para construir un juego narrativo efectivo. Desde la corrupción – que se muestra como un mal necesario en un escenario decadente y vulgar – hasta la impotencia del personaje central – cuya comicidad y patetismo es casi conmovedor – la historia transcurre con inteligencia, mostrando por momentos esa visión radical de  Sembène sobre el planteamiento social y en otros, la burla como vehículo para ridiculizarlo. Una combinación que en manos de un autor menos hábil podría resultar desconcertante, pero que en las de  Sembène resulta inteligente y casi emotivo.


    Tal vez por el tono aparentemente ligero de su segunda película (luego de la profunda y meditada «Noire de…) a Sembène se le acusó de «frivolo» por su aproximación a la sátira inteligente en «Xala». No obstante, el autor pareció disfrutar de la polémica y la razón es evidente:  a pesar de los saltos y omisiones de ritmo y narración, «Xala» es un documento político y de protesta a toda regla. Con sus escenario perfectamente medidos – esas primeras escenas donde muestran el día de la Independencia senegalesa y sus implicaciones – y la gran capacidad del director para utilizar la simbología senegalesa para la burla política, el film es un documento de un enorme valor anecdótico y social. Porque más allá de lo que Sembène intentara o no al utilizar el humor como crítica, el resultado supera las expectativas y es algo más que una visión cinematográfica única: se convierte en un mensaje a plena regla a disposición de todos los espectadores, incluso los que tradicionalmente, el cine crítico y en tono más serio interesa poco. Otro triunfo de ese Sembène reaccionario, que abandonó las letras en busca de una herramienta de comunicación definitiva y que encontró en el cine, el perfecto reflejo a su intención de crear y divulgar ideas.

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