viernes, junio 24, 2022
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    «El código Conrad» por Joaquín Ortega

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    Joaquín Ortega.

    De aristócrata a gentilhombre

    Joseph Conrad nació en Ucrania. Para entonces, esas tierras eran parte del reino de Polonia. De origen noble, tuvo que partir a otras latitudes para hacerse la vida, toda vez que una realidad cambiante se llevara entre los cuernos, tanto proyectos familiares como personales. Aprendió entrados los 20 años el idioma inglés y al ser un marino mercante pudo ver de primera mano la violencia furtiva detrás de toda la prosperidad europea y ciertamente, asiática.

    El observador

    Su observación sobre la naturaleza humana está plena de realismo y sensibilidad. Aunque algunos lecturas le tilden de ser un justificador de la esclavitud o el crimen imperial, simplemente dejan de lado que sus descripciones literarias son un fresco para la denuncia de un estado de cosas, ciertamente infrahumano. La narrativa al uso que distinguía a buenos y malos, (poniendo a los salvajes o aborígenes del lado del mal) se invierte magistralmente a través de una prosa que pareciera enriquecerse en cada nueva década, sin importar la traducción que afronten sus escritos.

    Tal vez, su alter ego más templado es Charles Marlow un hombre que se distancia de de los hechos y las personas sin juzgarlos moralmente. Entiende que cada personaje responde a una biografía y a unas circunstancias específicas. Sabe que los seres humanos son falibles y sobre todo sensibles al cambio que forja el viaje hacia las naturalezas hostiles: esos lugares físicos que prometen riqueza fácil, aventura o simplemente el olvido de los nacimientos a trompicones. Nadie es indestructible, y en especial, los supuestamente más recios llevarán, al final del día la peor parte.

    Cada novela: un plan desde el mal

    Los grandes argumentos tienen que ver con la forma en cómo un viaje físico transforma el mundo interior de damas y caballeros en toda su extensión. Dependiendo del momento narrativo se vale de tantos giros como le permite un lenguaje imaginativo… y para algunos, demasiado indirecto. La riqueza y explotación son maneras de contar desde el presente lo que siempre se ha hecho, cada vez que los poderosos pierden el cable a tierra: atropellar y volverse reyezuelos en castilletes reales o inmateriales. Conrad parece entender al menos tres tácticas de una estrategia general de monarquías o países en ascenso hacia la cúspide del poder financiero y guerrerista.

    Son tres prácticas que perfilan a héroes y antihéroes: terrorismo, extractivismo y espionaje. Un trío de formas de apuntalar la fuerza de una geografía diseñada a la manera de rutas piratas…de puro de saqueo y vuelta a casa. Se trata de una topografía de cabezas de playa, de explotación insular o costera, de algo que nos conecta con la lógica del Seek And Destroy y que existe, al menos en Occidente desde las historias narradas por Jenofonte en su Anábasis: hombres que luchan por su vida en territorio hostil y que ineludiblemente perderán todo, excepto su deseo de volver a puerto seguro. Es por ello, que su influencia en el cine y la TV es tan importante. Tales retos hacen que la trama se mueva en el sentido de la trayectoria de una misión de ida y vuelta. Es en éste tipo de novela colonial (en especial la de Heart Of Darkness o Lord Jim) la que disecciona hasta los huesos Franco Moretti y que permite entender que el predominio del caos es imprescindible para beber la sangre de las materias primas en cualquier continente y en cualquier siglo:

    “El objetivo del colonialismo está en reorientar la economía africana hacia el exterior: hacia el mar, la metrópoli, el mercado mundial. Una buena distribución interna es algo que no le interesa” (Atlas de la novela europea. 1800-1900. Franco Moretti. Trama Editorial, 2001)

    En resumen, sembrar miedo en la población civil, valerse del espionaje para adelantarse a las movidas políticas y militares de los bandos rivales… crear una economía para el saqueo (sostenida en un eterno presente de vida sin proyecto futuro nacional)…ese, y no otro… ese es el código Conrad; el cual sigue trabajando a la perfección, sobre todo cuando asumimos que para leer el mundo de hoy, basta con tomar en consideración que el siglo XX no nos condujo al siglo XXI, sino que más bien nos trajo de vuelta a un siglo XIX, posiblemente más perverso que el que humedecieron los ojos de un viejo navegante, inclinado al escepticismo, la ironía y al cruce de mares enemigos.

    @ortegabrothers

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