martes, enero 18, 2022
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    El mejor cine de terror de 2021

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    Por Aglaia Berlutti.

    El crítico Jürgen Müller escribió en una ocasión que el cine es una mezcla de nostalgia y referencia que crea un espectáculo familiar para el espectador. O lo que es lo mismo, el público preferirá — y disfrutará — de historias que sean muy similares a las que atesora o forman parte de su imaginario personal. Cualquiera sea el caso, el cine es un reflejo cultura y por supuesto, también una mirada persistente sobre la historia creativa y estética como parte de las referencias sociales más amplias y generales.

    Con el cine de terror sucede otro tanto y mucho más, cuando se analiza lo que nos asusta — o en todo caso, simboliza el miedo — desde una presunción de la tradición, lo asombroso como símbolo tradicional e incluso, cultural. En el año 2021 el cine de género jugó con los símbolos imperecederos pero sobre todo, la visión sobre el miedo que parece interpretarse como un símbolo permanente. Algunas propuestas apostaron por revisar fórmulas antiguas y dotarlas de elementos novedosos pero la mayoría reflexiona sobre el rostro del terror sobre lo contemporáneo y lo que atemoriza a nuestra cultura. Una comprensión extrañamente nítida sobre la identidad de la época y su versión sobre la realidad.

    ¿Y cuáles serían las mejores películas del género en un año especialmente prolífico? Quizás las siguientes:

     Censor de Prano Bailey-Bond

    La cámara enfoca el rostro de Enid (Niamh Algar) por casi dos minutos. No vemos lo que ella puede ver, pero la transformación de su rostro deja claro que es casi insoportable. La pantalla invisible parpadea, los ojos del personaje se abren en un horror silencioso y al final solo queda una imagen estática de lo terrorífico. Pero ella jamás apartó la mirada o parpadeó incluso. El personaje devora el terror y la violencia casi con un aterrorizado deleite y no tarda en mostrarlo en todo su esplendor.

    ¿Por qué nuestra cultura está obsesionada con el contenido violento en estado crudo? Nadie lo sabe con certeza y Censor no espera dar respuestas. Mucho menos intenta reivindicar la idea incluso aunque le brinda a su personaje un trauma inquietante como contexto. En realidad, el objetivo del film es el explorar el terror desde un ángulo físico, real y cercano. Enid es un censora del British Board of Film Classification (BBFC) en la década de los ochenta. Pero el argumento está más interesado en el hecho del poder del material que mira que en los motivos para la censura.

    En realidad Censor es una búsqueda desesperada de nociones sobre lo terrorífico en estado puro. Cada película que Enid ve es una conexión con algo más primitivo y también una alegoría al miedo. Pero a la vez no hay un juicio moral sobre la necesidad de explorar la naturaleza humana en su reverso desagradable.

    Los llamados Videos Nasties (tan populares en los años ochenta como desconocidos en la actualidad) eran una colección de diminutos horrores cotidianos. A mitad de camino entre el snuff y el consumismo sensacionalista, los videos retrataban la cultura del desastre en todo su oscuro esplendor. Entre los horrores de crímenes y sucesos callejeros de extrema violencia eran una mirada al margen de lo cultural.

    Lamb de Valdimar Jóhannsson

    En este singular y abrumador relato, los paisajes cuentan historias. Y también, elaboran una concepción inmediata sobre la forma en que la película concibe los espacios. Poco a poco, esa conexión entre lo que se mira y como se analiza, se convierte en el centro de la trama. Porque en realidad, esta visión sobre el horror por completo original, poderosa y por momentos indescriptible, se basa en la interpretación de la realidad.

    Una que además, se sostiene sobre la óptica de lo que consideramos verosímil, realista, comprensible. El director elabora una condición sobre lo improbable y lo transforma en sobrenatural. Para después crear algo más inquietante. A mitad entre lo que no puede mostrar y lo que se adivina entre sombras, el film puede llegar a ser confuso. Pero en realidad, Lamb es una obra cinematográfica en perfecto equilibrio.

    En especial, Jóhannsson juega con el recurso de una profunda infelicidad para hacer comprensible lo que narrará a continuación. No solamente se trata de lo que narra el guion — ya de por sí inverosímil y abrumador — sino la forma en que lo hace. Maria (Noomi Rapace) e Ingvar (Hilmir Snær Guðnason) son una pareja rota, llena de heridas invisibles y en especial, de un sufrimiento descarnado.

    O eso es lo que parece insinuar su rutina diaria. La cámara se convierte en un obsesivo observador de los pequeños detalles del paisaje desolado. Ella y él, están destrozados por algún motivo ulterior. ¿O sólo se trata de la metáfora sobre la agreste belleza que los rodea?; un juego de percepción semejante en el cine actual es todo un riesgo y Jóhannsson lo toma sin dudarlo.

    En especial porque sus actores, crean una tensión irrespirable que anuncia algo al fondo de su vida. ¿Qué es lo que María y Ingvar ocultan?; ¿se trata solo de una percepción huidiza? Incluso la música navideña desentonada, la sensación del acecho, construyen una atmósfera irrespirable. Jóhannsson desea que el espectador pueda comprender que hay algo entre las sombras.

    Una escisión en la realidad y la normalidad a través de la cual sus personajes se miran. Todavía tardará un poco en mostrar de qué se trata. Pero a medida que los primeros minutos de la película avanzan, el argumento es pura confrontación. ¿Qué esperamos a medida que recorremos los campos solitarios, el cielo inabarcable?

    De la misma manera que Tarkovski, Jóhannsson está convencido del cuidado al momento de narrar el punto central de su obra. Y es esa convicción, lo que permite que la película llegue de inmediato a un punto sofocante e irrespirable. Es entonces cuando Jóhannsson construye las condiciones para mostrar lo que ¿esconde? el guion. O mejor dicho, para confrontar al espectador con una mirada a la realidad tan brusca, como valiente, audaz y brillante.

    The Night House de David Bruckner

    Beth (Rebecca Hall) acaba de sufrir la mayor tragedia de su vida. La película The Night House, de David Bruckner, no muestra de inmediato qué ha ocurrido y ese es uno de sus grandes aciertos. La película dedica mucho más tiempo, interés y una cuidadosa puesta en escena en mostrar a través de símbolos el mundo interior del personaje. La devastación interior de Beth es total, también corrosiva y se hace cada vez más dura. Y es entonces, cuando el argumento comienza a explorar lo misterioso que podría estar ocurriendo a su alrededor.

    Lo hace, con un sentido onírico que sorprende por su pulcritud y en especial, por no prodigarse en metáforas innecesarias. Lo inquietante y terrorífico en The Night House no es evidente de inmediato. El guion procura guardar sus secretos con cuidado a través de pequeñas insinuaciones e información compartimentada. En manos menos hábiles un recurso semejante hubiese convertido el argumento en una combinación poco atinada de ritmos.

    Pero David Bruckner encuentra un delicado equilibrio en la forma de contar el miedo. Beth está sufriendo y la siempre efectiva actuación de Rebecca Hall lo muestra con una sutileza asombrosa. Pero también comienza a ser consciente de que algo le acecha, le vigila y, lo que es aún peor, podría ser tanto una amenaza como un aviso.

    Una de las grandes virtudes de The Night House es su capacidad para ser un caleidoscopio de emociones. La cámara de Bruckner sigue a Beth en una implacable mirada que construye la atmósfera con lentitud sofisticada. Durante los primeros diez minutos, la actriz no pronuncia una palabra pero el guion crea una visión sobre la desesperación que no hace necesario diálogo alguno.

    Por otro lado, el director enfatiza el hecho de la soledad construida a través del contexto convertido en territorio desconocido. A medida que la enorme casa de Beth se convierte en una trampa (una extraña, gigantesca y singular), la Casa Encantada cobra solidez.

    The Innocents de Eskil Vogt

    En la película Tenemos que hablar de Kevin (2013), de Lynne Ramsay, se plantea la complicada cuestión del hijo malvado. Se trata de una mirada insólita sobre el vínculo maternal pero también de una interpretación durísima sobre la forma en que el amor — la conexión espiritual y emocional entre madres e hijos — puede ocultar los peores rasgos y secretos. Para la ocasión, Ramsay reflexionó sobre el dolor, el miedo, la ira, pero también, el peso del secreto, el horror ambiguo de la amargura doméstica y algo más tenebroso relacionado directamente con el miedo y la posibilidad de la tragedia inesperada. Kevin (encarnado por un magnífico Ezra Miller) es la encarnación de cierto tipo de mal originario, que evade las explicaciones sencillas.

    David Yarovesky tomó decisiones argumentales semejantes en El hijo (2019), su extraña mirada sobre el superhéroe — o así insiste la sinopsis sobre el argumento- que en realidad es un eficaz recorrido por el horror desde el punto de vista de lo afectivo, lo doméstico y algo tan inquietante que en la película carece de nombre. Usando la línea mitológica de Superman (en una clara alegoría sobre la moderna escisión del bien y el mal), Yarovesky crea una reflexión sobre la naturaleza perversa en estado puro y le agrega una percepción durísima sobre la identidad. El hijo medita sobre el monstruo desde la fachada de la inocencia, el niño que se enfrenta al mal (propio de otros) para finalmente, elaborar un nuevo concepto sobre la violencia.

    Lo mismo ocurre con “The Innocents”, de Eskil Vogt, que lleva la figura del niño terrorífico a un nivel por completo nuevo. La que ya se considera una de las mejores películas del año, explora el mundo de los niños y lo infantil desde la elucubración de la maldad primigenia.

    Para la película, lo maligno no reside en las situaciones que rodean a los personajes, sino en un pozo infinito y temible que se esconde entre situaciones en apariencia comunes. Niños con ponchos color amarillo y rostros ingenuos, que se esconden en la oscuridad y encarnan algo más temible y angustioso. La niñez convertida en algo tenebroso, en una versión caótica del miedo de los adultos a lo inexplicable. Si la madurez es un tránsito entre deseos y tentaciones, ¿que podría ser la inocencia? La película no plantea preguntas sencillas y se toma el atrevimiento de especular sobre el miedo en estado puro. Una condición que también fue parte de discursos menos elaborados, pero igualmente retorcidos durante un año en el que terror evolucionó en espacios nuevos y dolorosos.

    Antlers: Criatura oscura de de Scott Cooper

    En esta interesante revisión del horror folk, el monstruo no es la criatura mitológica que podría suponerse. El director hace un considerable y loable esfuerzo en crear algo más que una película de terror al uso. Y lo logra en varios de sus momentos más inspirados. A pesar que la producción atravesó varios retrasos, reshoots y un prematuro cambio de director, tiene una esencia sólida. Lo suficientemente densa como para contar una historia compleja en varios planos narrativos que se entrecruzan entre sí con cuidado.

    No obstante, la película es mucho más ambiciosa que la habilidad de su director para profundizar en sus ideas más interesantes. Mientras el primer tramo de la película se sostiene sobre la tensión, el segundo y el tercero decaen en la mirada al misterio. Quizás, el mayor problema de Antlers: Criatura oscura es el hecho que debe enfrentar dos historias que se sostienen entre sí. O al menos deberían hacerlo.

    Por un lado, la historia de una criatura mítica que se esconde entre las sombras de un pueblo en escombros. Por el otro, los dolores morales y espirituales de sus habitantes. Pero ya sea por falta de solidez o quizás porque Scott Cooper no puede relatar una visión sobre el miedo en dos versiones simultáneas, Antlers: Criatura oscura pierde poder. En especial, cuando debe revelar sus secretos y mostrar con cuidado el trayecto hacia el centro de todos los horrores.

    El guion, escrito a cuatro manos por Cooper, Nick Antosca y Henry Chaisson, tiene dificultades para construir una propuesta sobre el terror que abarque ámbitos distintos. Además, toma la poco hábil decisión de atravesar el efectismo y el gore hacia lo emocional, sin decidir encontrar un terreno intermedio.

    Nadie saldrá vivo de aquí, de Santiago Menghin

    En este film claustrofóbico y oscuro, la migración es el tema más importante. Y lo es para sustentar el horror, la angustia y el miedo desde percepciones distintas. No obstante, si la película Caja ajena (2020), de Remi Weekes, ponderaba sobre cuestiones parecidas y lograba crear una atmósfera desoladora, la de Menghini falla. Y lo hace por su incapacidad para crear tensión entre el trasfondo de la exclusión, el miedo y el desarraigo en contraposición a lo sobrenatural.

    Basada en la novela homónima de Adam L. G. Nevill, Nadie saldrá vivo de aquí narra la misma trama del libro. De hecho, uno de sus puntos altos es la elegancia de la adaptación. Ambar (Cristina Rodlo) es una inmigrante ilegal que llega a una desoladora Cleveland en busca de un futuro mejor. Por supuesto, el estatus legal del personaje es el detonante de varias cosas a la vez. En especial, el hecho de que Ambar deba aceptar cualquier condición para permanecer oculta y lo más a salvo posible.

    El argumento se concentra en la forma en la que el personaje lidia con la doble presión de ser una inmigrante y también, de forma progresiva, con el miedo. El terror de ser descubierta, a las preguntas y a la mera indefensión, la convierte en una víctima por partida doble. Y cuando lo sobrenatural llega — en la forma de un espacio hostil — , la mirada sobre Ambar se convierte en una interrogante. ¿Qué está ocurriendo en mitad de la situación insostenible que soporta? ¿Lo imagina? ¿Lo teme? ¿Es una exageración?

    Menghini intenta jugar el peligroso doble discurso y la percepción de lo sobrenatural como un punto ambiguo y doloroso. Si en The Night House (2020), de David Bruckner, el efecto resulta impecable, en Nadie saldrá vivo de aquí es artificial y poco creíble. El guion no puede construir una percepción sobre la naturaleza de lo oculto que resulte atractiva.

    Y no lo hace por su incapacidad de crear una atmósfera que al final sea el recurso definitivo para lo terrorífico. Mientras el film utiliza los efectos de sonido, juegos de cámara y pistas falsas, es evidente que la narración no lleva a un objetivo. Nadie saldrá vivo de aquí es una combinación de varios tópicos concretos sobre espacios inquietantes sin que salga airoso de ninguno de ellos.

    The Power de Corinna Faith

    En este poderoso film, la oscuridad y la luz lo es todo. Pero también la tensión de una atmósfera enrarecida que se sostiene sobre el miedo en estado puro. En el filme debut de la directora, el recorrido de lo terrorífico tiene una estrecha relación con la necesidad de enfrentarse a lo invisible. A lo que vive en los espacios más allá de lo cotidiano. Y la realizadora lo logra con un truco en apariencia sencillo: utilizar un hecho histórico como frontera entre lo real y el misterio.

    En el año 1873 y en medio de una crisis laboral considerable que afectaba el suministro eléctrico, Inglaterra tomó la decisión de implementar medidas drásticas. Además de enfrentar la huelga de la industria del carbón de forma legal, también llevó a cabo cortes de eléctricos a lo largo y ancho del país. La decisión creó una situación inquietante y aterradora en la mayoría de los lugares en que se implementó.

    Faith toma la premisa y la lleva a una dimensión inquietante, que mezcla el miedo del ciudadano común por una situación anómala con lo sobrenatural. Pero además de eso, logra un pulso brillante entre la narración con tintes de realidad casi documental y algo más oscuro.

    El resultado es una de las películas de terror más brillantes del año. No sólo por su puesta en escena inteligente, sino también, por su cuidadoso recorrido a través de una etapa histórica poco conocida de Inglaterra. Juntas, ambas cosas logran reflejar un tipo de terror angustioso que se entremezcla con la idea lo inminente.

    La directora crea la percepción de un peligro inminente, basada en la condición de la oscuridad como límite y frontera. Por supuesto, es inevitable la relación con películas como The Host de Rob Savage y su cuidada concepción del miedo. Ambas películas parecen crear la percepción de la amenaza invisible y redimensionar el terror como parte de lo doméstico.

    Y aunque el filme de Savage ocurre puertas adentro y el de Faith dialoga con los espacios exteriores, ambas coinciden en el peligro latente. Tanto una como la otra, encuentra en la incertidumbre y lo abstracto, la línea para convertir el miedo en una amenaza real. Pero Faith va incluso más allá. Su película asume el miedo como una concepción patente y latente de lo desconocido.

    En especial, Faitn incorpora en los tropos de su película el miedo como parte de algo más grande. La cámara sigue a los ciudadanos aterrorizados por los apagones constantes y descubre en sus historias particulares, un hilo el común. Lo terrorífico (que en un principio se anuncia como algo velado), comienza a tomar forma a medida que la oscuridad se convierte en una rutina. ¿Qué hay más allá de la incertidumbre? Congelados, aterrorizados y confusos, los personajes aguardan la noche, ahora presionados por la sensación de peligro. ¿Qué espera detrás de las ventanas y puertas cerradas?

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