sábado, junio 25, 2022
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    El poder detrás del Jedi: el sentido de la permanencia de Star Wars

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    Por Aglaia Berlutti.

    En el primer capítulo de la serie de Disney + Star Wars, Obi Wan Kenobi (Ewan McGregor), mira por unos minutos el horizonte del ficticio planeta Tatooine. El guion no incluye otra cosa que su rostro preocupado. Pero el inmenso, siempre en crecimiento y fiel grupo de fanáticos de la saga, no tienen duda de lo que puede pensar el jedi fugitivo. Antes, el programa ofreció un puñado de imágenes en las que narró el pasado de un personaje que une a tres generaciones, seis películas, otras tantas series de animación. Saben de su responsabilidad, deber, sentido de la rectitud y justicia. Saben de su corazón roto por la caída en desgracia de su pupilo. Pero también saben algo más: que Kenobi, convertido en puente entre un puñado de historias distintas, es un símbolo imperecedero de una franquicia, convertida en un fenómeno cultural irrepetible. Star Wars regresa y lo hace, otra vez, apelando al imaginario colectivo.

    El mitólogo Joseph Campbell insistió en más de una ocasión que el hombre viene contándose las mismas historias desde el principio de los tiempos. Una idea que en el cine parece ser más evidente, sustanciosa e intrigante que en ningún otro medio artístico. Una y otra vez, la idea del héroe que atraviesa todo tipo de dolores y angustias para alcanzar la redención, se convierte en una expresión de fe y una alegoría de la esperanza. Tal vez por ese motivo, una de las franquicias más populares de la historia del Séptimo arte, está basada justamente en la percepción del mito infinito sobre la capacidad de la heroicidad para reinventarse. Durante toda su historia, “Star Wars” reflejó el tradicional camino del héroe desde la perspectiva de cierta visión tradicional. Luke Skywalker representaba no sólo al hombre que luchaba por reconstruir su pasado — y su historia personal — sino al símbolo de la esperanza. George Lucas asumió el monomito de Campbell desde la percepción ideal de la alegoría sobre el bien y el mal. El joven Jedi atraviesa el mapa de su vida en busca de significado y también, como una mirada profunda y en ocasiones conmovedora sobre el poder de la voluntad en busca del bien común. Al final, la Saga Stars Wars se erige como una reinvención mitológica de un curioso peso argumental: sus personajes responden al arquetipo clásico y lo hacen, desde un punto de vista profundamente emocional. La Space opera como escenario de un recorrido intelectual y sensorial a través de una narración que tiene su evidente origen en el antiquísimo hábito de contar historia. Como si se tratara de una nueva comprensión sobre los alcances de la narración como vínculo espiritual, Star Wars se ha convertido no sólo en parte de la cultura Pop, sino en un comprensión profunda sobre una inocente versión de lo moral.

    La magia de Star Wars — como historia y como propuesta — es sencilla y casi rudimentaria. Un héroe que atraviesa un trayecto lleno de dificultades para reivindicarse en la raíz misma del bien y del mal. Nadie podría decir que se trate de una historia original y es que tal vez, eso es lo menos importante. Porque George Lucas no descubrió una nueva forma de contar leyendas y grandes aventuras, sino que construyó una manera muy original de comprenderlas. Tomó fragmentos de cientos de pequeños recuerdos Universales y los mezcló para sostener una visión extraordinaria e ingenua sobre el poder, la religión, la creencia, el amor y la lealtad. Lucas no inventó nada nuevo ni tampoco intentó hacerlo: el triunfo de su Creación reside en recurrir a esa frontera inocente donde todos creemos las mismas cosas y asumimos la realidad con simplicidad. Un cuento de Hadas que todos reconocemos tarde o temprano. Ya sea en un bosque encantado acechado por criaturas peligrosas o en una Galaxia poblada por monstruos y Caballeros con extrañas capacidades mentales, lo que se cuenta parece superar lo evidente. Star Wars encarnó la vieja historia contada alrededor del fuego en familia, de la que se lee al dormir y se convirtió en algo más. En una referencia inmediata y trascendental de lo que se narra como parte de la cultura, de la identidad que todos compartimos.

    Tal vez por ese motivo, todos sabemos alguna cosa de Star Wars, seamos fanáticos o no. Hay una especie de idea general de un mito moderno que tiene la capacidad de asombrar, a pesar de su sencillez. Una reescritura de lo mítico que parece sostenerse de precisamente de una cultura acostumbrada al cinismo. Star Wars cautivó no obstante ser lo suficientemente predecible como para que nunca llegue a ser otra cosa que una gran fábula cuyo escenario es una Galaxia muy muy lejana. Y es que quizás, el atractivo insistente, inolvidable y entrañable de la Star Wars, sea justamente ese: La capacidad para formar parte de una pequeña historia que nos pertenece a todos de alguna manera. Que se crea y se construye con cierta noción de la esperanza que la saga — incluso la olvidable segunda trilogía — mantiene con enorme consistencia.

    Pero seamos francos, no somos fanáticos de Star Wars sólo por una serie de intelectuales razones psicológicas. Lo somos porque la historia te atrapa, capta esa atención infantil y casi inocente que de alguna forma nos sujeta con la suficiente firmeza como para hacernos emocionar en cada oportunidad que disfrutamos de la película. No importa que seamos los niños que disfrutaron de la Trilogía por primera vez o los adultos que hoy esperan reencontrarse con la mitología Pop en una sala de cine. Lo que cuenta Star Wars es mucho más importante que todo análisis. Es la emoción genuina de comprender un tipo de leyenda íntima de una generación despojada de todas sus ciudades. Los no creyentes en busca de nuevos iconos. ¡Y de qué manera los encarna Star Wars! ¡Cómo logra no sólo resumir los tópicos y estereotipos de todas las viejas historias! Un espejo donde la fantasía y la imaginación se reflejan desde una perspectiva fresca, creada a la medida de toda una nueva generación de creyentes.

    Con toda seguridad, no hay otro motivo para que sea tan perdurable. Para que forme parte de tantos pequeños trozos de infancia. Como si Stars Wars pudiera resumir toda una perspectiva sobre lo que las historias pueden contar y sobre todo, lo que podemos esperar de ellas. Porque Starwars, parece no sólo vincular esa noción sobre el poder de imaginación bajo toda una interpretación creada para el lenguaje cinematográfico, sino, además, la dotar de una desconocida seriedad. El antiguo cuento para niños recreado a un nuevo nivel, sino una propuesta intelectual de particular importancia.


    Al menos, para George Lucas siempre lo fue. Desde el principio — allá por los primeros años de la década de los 70 — se tomó muy en serio su creación y algo de esa contundencia se adivina en parte de su tono y propuesta. Tanto, como para crear un Universo coherente con sus propias y precisas reglas: Hubo un tiempo que Lucas pagó de su propio bolsillo a un hombre para que memorizara todos los datos relevantes de su trilogía. Una especie de guardián que sabía, por ejemplo, la distancia exacta entre los planetas Hoth y Dagobah, cuál era la genealogía de la familia Skywalker y la velocidad que — en teoría — podría alcanzar la X Wing de Luke. Pero también, era el responsable que el mundo creado por Lucas fuera tan real como para convencer, para construir toda una percepción creíble sobre su coherencia. Para Lucas, obsesionado desde antes de escribir la primera escena de cualquiera de sus películas con la trascendencia y el poder de contar, era de capital importancia ese rastro de realidad, de sustancia y de vida que debían llenar a sus historias.

    Una anécdota que parece recordar el hecho que Star Wars, es anterior a internet, a la repercusión del merchandising relacionado con las películas, incluso anterior al humilde Betamax y toda su influencia en la cultura popular. El mundo creado por George Lucas se basa en las infinitas ideas que parecen unir la emoción con la Ciencia Ficción para renovar el género, para dar un empujón definitivo al pesimismo cinematográfico que una larga post Guerra y el posterior conflicto de Vietnam habían convertido en una distopía recurrente. La fantasía se había impregnado de cierta tristeza recurrente, de un elocuente sermón sobre los peligros el poder y sobre todo, los temores de a la ambición humana. Lucas tomó todo eso y lo entrecruzó con todo tipo de mitos recurrentes para finalmente, otorgarle un lustre dinámico y brillante. Lo situó en pleno corazón de la Ciencia Ficción e inventó todo un nuevo lustre para esa fantasía basada en el Universo que comenzaba a descubrirse y sus promesas. Después de todo, la Primera fotografía de la Tierra desde el Espacio profundo se tomó en diciembre de 1968 y mostró a nuestro planeta más allá de la poesía y la religión. Una imagen de una solitaria bola color azul flotando en la inmensidad solitaria de un Universo inexplorado. George Lucas tomó esa nueva conciencia — esa noción de nuestra fragilidad y vulnerabilidad — y cimentó un perspectiva asombrada sobre culturas imposibles y criaturas amenazantes, pero tan parecidas a cualquiera de nosotros, como para resultar conmovedoras y reconocibles. Y así, Lucas renovó la Ciencia Ficción no para las grandes reflexiones sobre los dolores humanos, sino para la esperanza, las pequeñas puertas abiertas y cerradas de nuestra imaginación.

    Más de una vez se ha dicho que Lucas plantó cara al pesimismo con una historia simple. Y es verdad, pero su simplicidad no carece de fuerza. En una ocasión, el director admitió que había basado su obra en el libro del mitógrafo Joseph Campbell “El Héroe de las Mil Caras”, en el que se analiza la recurrencia del mito y los personajes de la humanidad a través de cientos de culturas distintas. Un único relato arquetípico que cuenta lo mismo para asombrar de la misma manera al mismo público. Ya fuera desde la montaña del rito sagrado, el púlpito de la Iglesia, las páginas de un libro o desde una nave espacial. Campbell llamó “monomito” a esa cualidad común y además, lo dotó de importancia histórica. El Monomito no solo influye en la literatura, sino en nuestra perspectiva sobre la cultura a la que pertenecemos, la sociedad en la que nacemos y sobre todo, el legado de conceptos y creencias que recibimos al nacer. “El héroe se aventura fuera de su mundo cotidiano y llega a una región asombrosa y sobrenatural. Allí tropieza con unas fuerzas fabulosas y obtiene una victoria decisiva sobre ellas. Entonces el héroe regresa de su aventura con el poder de conceder favores a sus semejantes” dice Campbell para describir el Trayecto del Héroe originario y de pronto, la odisea de todos los héroes de nuestra infancia parecen revivir a su sombra. Los que vuelan, los huérfanos que visten máscara para combatir al crimen, los que montan a caballo. Y por supuesto, el jovencísimo Luke Skywalker, adolescente y rebelde, aburrido de su planeta de origen y de su tranquila vida de muchacho de campo, que emprende un viaje iniciático junto a un mentor de misteriosos conocimientos. Más allá de los monstruos al acecho, las magníficas naves, los rayos láser y los villanos de brillante armadura negra, Luke atravesó el mismo camino sinuoso hacia la redención que tantos personajes queridos y admirados en la cultura Occidental. Y Luke se convirtió en el nuevo ícono de la heroicidad por accidente, el aprendiz en vía de superar a su maestro.

    Eso, a pesar de no ser perfecto: Luke era bajito, torpe y constantemente parecía sorprendido con lo que se iba tropezando a su alrededor. Tal como el espectador que lo seguía, descubría a poco un mundo extraordinario, un Universo expandido que Lucas elaboró a la medida para reflejar una nueva mitología. Sin llegar al Revisionismo — o no de inmediato, hay un poco de eso en el Retorno del Jedi — Lucas elabora toda una propuesta sobre lo recién nacido en el arte de narrar. Todo es nuevo, en esta miríada donde las criaturas más extrañas conviven en un extraño equilibrio con hombres y mujeres de aspecto corriente. Y más allá de eso, coexiste un cierto equilibrio conceptual. Star Wars como un mito por sí mismo. O mejor dicho, una herencia histórica de lo que un mito podría ser.

    El éxito de Star Wars — como mitología moderna y obra cinematográfica — tomó por sorpresa a Hollywood y lo transformó. El tradicional viaje del Héroe saltó de la literatura tradicional y se convirtió en la película preferida. Los guiones parecieron amoldarse al monomito, buscar esa elegancia trascendental que convirtió a la trilogía original en un éxito perdurable y sepultó en la indiferencia a la segunda. Una y otra vez, el fenómeno Star Wars se reinventó para conseguir siempre sostenerse sobre una propuesta fresca. No parecía haber límite en esa capacidad de la historia para decir lo mismo en cientos de maneras nuevas. Con toda probabilidad ese fue el motivo que luego del viaje a la luz de Luke, fuera necesario contar el trayecto a la oscuridad. Entre uno y otro, la brecha se hizo más profunda y la idea, más elemental. Había mucho que decir sobre una Galaxia muy, muy lejana.

    Por ese motivo, Star Wars regresa. Esta vez, quizás consciente que el monomito ya resulta caduco — se le llama patriarcal y eurocéntrico — y busca un nuevo replanteamiento. Por ese motivo, el rostro de una mujer joven parece sustituir a Luke y una batalla de sables de luz roja con el viejo caballero Jedi a la saga, a la batalla entre el bien y el mal. No obstante, de nuevo el viejo cuento de Hadas se encarna en una lucha más allá de las estrellas y su planteamiento parece ser de nuevo, tan original como la primera vez que se proyectó en pantalla.

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