martes, enero 18, 2022
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    Encanto: lo bueno y lo malo de la película de Disney

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    En las primeras de cambio, la película adopta el plano Broadway de los musicales de los noventa, pensando seguramente en rentabilizar el show con actores de carne y hueso, al estilo de El rey león en Nueva York.

    Es un tramo, un primer acto bastante desprolijo y estereotipado, acerca de la nostalgia por un país cafetero de libro de cuento, de telenovela, de calendario y postal en franquicia de Juan Valdez, al llegar al aeropuerto El Dorado en Bogotá, con música de Carlos Vives y Maluma.

    Interesante descubrir lo que diría Luis Ospina, fundador de Calliwood y acuñador del concepto de “pornografía de la miseria”. En Caracas, antes de fallecer, nos defendió su tesis del vampirismo de nuestras tierras, a cargo de ópticas coloniales y etnocéntricas. Así que infiero que al maestro, Encanto no le causaría la menor gracia.

    Voy más allá.

    En el documental El síndrome de los quietos pudo verse entrevistado por última vez a Luis Ospina, bajo la dirección del genio León Saminiani.

    En dicho cortometraje se maneja una teoría de alto perfil y circulación en la nación hermana.

    Me permito resumirla, recuperando palabras de la mencionada investigación y de la escritora Carolina Sanín, estudiosa del tema y conocedora de la obra de Ospina.

    Para ellos, Colombia es un país aturdido por el espectáculo y el circo deportivo, a causa de sus contradicciones sociales y políticas.

    La enorme desigualdad se traduce en escasos momentos de silencio, en días festivos, que siguen a un eterno ciclo de ruido, que impide la reflexión, la toma de conciencia, la madurez y la evolución.

    Por ende, Encanto, lejos de atemperar el ambiente saturado de jolgorio y populismo estruendoso, le aumenta los decibeles a la Colombia de la selección jugando en el infierno de Barranquilla, de la franquicia Andrés Carne de Res, de la internacionalización de Shakira y Juanes, de la euforia por sentirse parte del concierto de Hollywood, amén de espejismos como Encanto.

    Por supuesto, Disney huye hacia delante en su estrategia, viralizando videos de aprender a cocinar arepas, no con las manos como hacemos entre Cúcuta y los Andes, sino con unas espátulas de plástico para que las influencers y actrices pijas no se dañen las uñas.

    Ellas que jamás han hecho y comido una “reina pepeada” o una “pelúa” en Caracas, para entender que no es una comida chic, sino sencillamente una bala fría que permite aguantar una dura jornada de trabajo al que sale a buscar el pan por la mañana y se acuesta con el estómago semivacío.

    Encanto mejora considerablemente luego de sus efectos y clichés de la familia Madrigal, que esconde esqueletos en su armario, que guarda las apariencias y reniega hipócritamente de sus ovejas negras. Un asunto típico y real de nuestra sociedad del disimulo, como aseveraría José Ignacio Cabrujas, el dramaturgo.

    La canción “Dos oruguitas” de Sebastián Yatra me transportó al cine de la Disney que te desarma y te vence en tus sesudos argumentos, arrancándote lágrimas y consiguiendo el trébol de cuatro hojas que Imanol Zumalde busca en sus análisis.

    Desde entonces, por arte de un verdadero milagro de la empresa, comienza la poderosa película que es Encanto, revelando sensible y amorosamente el subconsciente, el lado oculto y siniestro de nuestra cultura del ruido en la Gran Colombia del Gabo.

    La Macondo de Disney no es, obviamente, una radiografía del boom como Cien años de soledad. Pero sí imprime el espíritu fantasmal y complejo de los retratos corales de El amor en los tiempos del cólera y el desencanto épico de El coronel no tiene quien le escriba.

    Filme sobre un desengaño sintomático, Encanto expresa un manifiesto moderno, al mostrar las dos caras del dispositivo latino de la Disney. Un ruido que esconde un profundo silencio, producto de la violencia enquistada en el país desde la instalación de la guerrilla y la muerte de Gaitán, así como el niño de Medellín, J. Balvin, es consecuencia de las bombas de Pablo Escobar.

    Los mitos y leyendas edificaron una mentira de casa colonial, poblada de superhéroes con poderes infinitos. Los reguetoneros de hoy.

    Tarde o temprano, el hechizo se esfuma, por el desconocimiento de la verdad.

    En nuestros países queremos seguir pensando que los buenos somos más, que somos nosotros, y que el Estado mágico nos proveerá de abundancia y bonanza por siempre, porque Dios nos regaló los dones de la felicidad, la belleza obscena de la naturaleza y la inmensidad de recursos de la tierra gracia.

    Así nos fue, así estamos en Venezuela y Colombia, con unas crisis monumentales, esperando que nazca el próximo mesías que nos llene de obsequios y dichas.

    Encanto, me parece, envía el mensaje correcto, al proponernos una lección de proactividad, invitando a reconstruir los sueños con nuestras propias manos, en vez de esperar por unos milagros que nos encasillaron, estancaron y castraron.

    Estimo que la casa en ruinas es una imagen de Colombia y que los protagonistas del filme interpretan el sentir de una sociedad de emprendedores que ha iniciado la restauración de sus pilares, por encima de las balas ciegas y de las fosas comunes.

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