martes, mayo 17, 2022
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    Fraude, populismo y hamparte en las botas destruidas de Balenciaga

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    Con sus botas destruidas a un precio de 1800 dólares, la firma Balenciaga se ha vuelto a situar en la cúspide de la viralidad, preguntándonos por la originalidad de la propuesta, su condición de mera estafa o genialidad como burbuja publicitaria de las conversaciones en red. 

    Esto parece un ensamblaje del artista José Antonio Hernández Diez, una foto irónica de Luis Molina Pantin. Pero no lo es.

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    Típico que los cazadores de tendencias truchas, los regetoneros deluxe, se deben haber reservado su par de botas sucias y rufiadas.

    Dividiendo a la opinión pública de un tajo, entre quienes celebran y condenan “el diseño”, las nuevas zapatillas de la marca, no solo han generado una cascada de memes y reacciones disímiles, sino un nuevo pretexto para pensar en el presente y el futuro de la moda, incluso de la propia casa Balenciaga.

    Para ello, quiero que saquemos varios argumentos del armario, con el fin de descoser mejor el tema de discusión en los ambientes del consumo de lujo, reproducido en las vitrinas del mainstream global a través de Twitter e Instagram.

    Comenzaré por decir que las botas desprolijas, poco o nada tienen que ver con las líneas y los bordados que confeccionó Cristobal Balenciaga, para conquistar el planeta desde su España natal.

    Como veo que tenemos tiempo, les comentaré que en un Festival de San Sebastián, que cubría con la colega Claudia Requena, ella fue de la idea de visitar su museo en el país vasco.

    Recuerdo que fuimos impresionados por la arquitectura minimalista de la fachada, y su intimidante color negro, que despierta sentimientos encontrados en los lugareños.

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    En su fundación, el museo quiso ser un polo de atracción turístico, al igual que los proyectos que inundaron a la marca España desde el éxito del plan Barcelona y el ejemplo del Guggenheim de Bilbao(que también conocimos).

    Mucho llamó mi atención que el museo de Balenciaga luciera como una suerte de elefante blanco, emplazado como ovni en una localidad de provincia, sin mucha relación con el contexto.

    Según mi percepción crítica, el Museo distaba de ser rentable y exitoso, aunque se mantenía como un notable centro de investigación y archivo histórico de la colección del autor, con sus obras maestras al alcance de la mano.

    Los cortes de Balenciaga, finos y excéntricos sin llegar a ser demagógicos, rompieron esquemas y abrieron la percepción de las gentes y mentes más ortodoxas de la burguesía ibérica y europea de posguerra.

    Eran otros tiempos. El punto es que Balenciaga hubiese tirado al cesto de la basura, una idea populista como vender unos calzados a los que se aplica una técnica artificial de envejecimiento, para estamparle su firma y cobrarlos a dos mil euros.

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    El señor Cristobal era vanguardista, pero nunca vende humo.

    Fíjense que inspiró a los sofisticados Paul Thomas Anderson y Daniel Day Lewis, a la hora de crear conjuntamente al protagonista de la obra maestra, “El Hilo Fantasma”.

    Las pantuflas del personaje principal son un guiño, en plan homenaje, a las que usaba Balenciaga para trabajar, sintiéndose en casa.

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    Siempre de punta en blanco.

    Según Vanity Fair, “excepto unas alpargatas que luce Day-Lewis en la película, y su obsesión por la perfección de los detalles, pocas son las alusiones directas al maestro vasco”.

    De ahí vienen las cómodas alpargatas que luego la casa Balenciaga ofrecería al mercado, por una suma de 272 euros.

    Nótese la diferencia abismal entre el precio y el objeto de referencia, frente a la especulación de cobrar dos mil euros por unos converse rotos.

    Al respecto, Balenciaga no pegaba un hit, desde la explosión de sus zapatillas de tenis en forma de botas impermeables, cuyos modelos fueron mil veces clonados, mezclando la funcionalidad de la estética acuática del perfil deportivo de los outdoors, con un calcetín cómodo de neopreno.

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    En el Miami Design District , en una de las tiendas hípsters y clean de la firma, se podían conseguir aquellas piezas en 800 dólares. Hoy las copias inundan las tiendas por departamento, a 80 euros. Su tiempo ya fue, ya pasó.

    No faltará el esnobista ansioso, el bolichico más cocoseco, que haya comprado las zapatillas desgastadas de Balenciaga, para subirse la autoestima con una dosis artificial de lujo trash.

    Más económico saldría, como escuché en radio, descolgar un par de zapatos de un tendido eléctrico de Caracas, reformándolos con un marcador que diga “Balenciego”.

    Porque obviamente el emperador que diseñó el modelo y que lo puso a circular, está desnudo y él lo sabe cínicamente.   

    El problema serio es que usted se deje engañar por semejante daño controlado, por un caso más del llamado “hamparte” que saquea las técnicas del ready made, del hazlo tú mismo, del punk, del grunge y de cuanta contracultura orgánica existió para enfrentar los códigos del sistema, aplicándoles un barniz normalizador de apropiación y whitewashing, con el único objetivo de vender.

    Por ende, una ofensa al arte povera o de pobre, a los verdaderos iconoclastas que sacudieron a las galerías, exponiendo las miserias del mundo ante una audiencia encopetada de feria de vanidades, de bienales del buenismo y la conciencia integradora de los apocalípticos, de los disidentes, de los outsiders.

    Es la confirmación de una deriva en el diseño posmoderno, al decretar que todo vale lo mismo y que es digno de encomio, para no ofender al personal.

    Lo peor es que así Balenciaga se apunta al fake, a la posverdad infodémica de pasar basura como arte, como último grito de la moda.

    Pronto la marca legitimará el consumo de conservas de estiércol, como Piero Manzoni, pero sin su sentido real de disrupción.

    Solo para que comas excremento, a cambio de 2000 dólares.

    Ante la opción de comprar basura a precio de joya, prefiero apostar por una moda que surja e irrumpa de abajo hacia arriba, con identidad propia.

    Vengo del último punk y del grunge, recordando que nos tocó vestir con ropa usada y fea, para marcar una diferencia generacional con los ochenta de la cultura yuppie, advirtiendo que estábamos en crisis y que algo olía feo en el mundo.

    Ver que Balenciaga quiere imponer la moda de los zapatos de Nirvana, en el 2022, es aparte de demodé, un tráfico deshonesto de rebeldía empaquetada.

    Por tanto, vaya por delante mi señal de desaprobación.

    En cualquier caso, lo podemos seguir discutiendo en el foro.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Locutor en Circuito X. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Profesor UMA. Documentalista, docente, productor y guionista.

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