jueves, octubre 6, 2022
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    La crónica francesa de Wes Anderson, la ausente en los Oscar 2021

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    Por Aglaia Berlutti.

    Hace cinco años, el director Wes Anderson decidió escribir para después dirigir, lo que llamó “una gran carta de pasión por el periodismo”. El resultado es el film La crónica francesa, una engañosa y radiante combinación de las obsesiones del director. Regresa la extrema belleza en la puesta en escena, la convicción del director sobre las dobles lecturas y un sentido del humor satírico. Pero también, algunas blanduras en su propuesta, un argumento por momentos banal y momentos triviales. No obstante, al final la película es tal y lo que prometió: una carta de amor al periodismo. 

    A Wes Anderson le olvidó el Oscar 2022. La película La crónica francesa (2021) no sólo no obtuvo nominaciones en los rubros más importantes, sino que pasó desapercibida en la mayor parte de la temporada de premios. ¿A qué se debe el fenómeno? ¿Se desgasta el estilo Anderson? Si en el 2014, El gran hotel Budapest fue un éxito rotundo de crítica, el nuevo recorrido del autor a través del mundo del periodismo, parece haberse quedado a medias para narrar un universo mayor y más complejo que los recuerdos delicados de un hotel de lujo europeo.

    Como reflejo de la vida real (o al menos, una refracción discursiva sobre la identidad colectiva) el cine suele convertirse en caja de resonancia de las obsesiones y pequeñas aspiraciones de los directores, artífices en su mayoría de pequeñas estructuras simbólicas de enorme valor conceptual. Tal vez por ese motivo, Wes Anderson tiene una concepción de lo cinematográfico basada en pequeñas visiones del mundo convertidas en metáforas de algo más profundo, duradero y especialmente simbólico. Para Anderson, el cine representa una gran extensión fértil en la que crea una dimensión por completo nueva de lo estético como lenguaje y a la vez, analiza una idea más intrincada sobre la comprensión de la identidad, el individuo y lo que nos une a la cultura.

    El resultado son diminutas cajas de juguetes visuales, repletas de meta referencias y sobre todo, una búsqueda consciente de un significado complejo sobre el cine como reflejo del yo colectivo: En el Gran hotel Budapest convirtió a su elenco humano en marionetas que iban de un lado para otro en un mundo en miniatura rebosante de belleza y color. Con una atención para el detalle casi obsesiva, Anderson logró elaborar una reflexión cómica, paródica y sentida sobre los grandes dolores humanos, pero también, de la perseverancia de cierta noción sobre lo bello que sobrevive al dolor. Todo envuelto en una preciosa colección de gags humorísticos, estupendas actuaciones y una visión idílica de una de las ciudades más elegantes de Europa. Es evidente que, para el director, la tensión entre lo hermoso, lo poderoso y lo espléndido se analiza desde cierta sutileza argumental que se agradece y siempre conmueve.

    En “Isle of Dogs” (2018), Anderson repite la proeza, pero además, lo hace desde un estrafalario punto de vista que convierte los dimes y diretes de los empleados del Hotel Budapest en una búsqueda de sentido existencialista reconvertida en algo más elemental, más parecida a una travesía del héroe que a una búsqueda persistente de alegoría y renacimiento espiritual. Mucho más soficada y ambiciosa que su anterior experimento en Stop — Motion (la adaptación del cuento de Roald Dahl “Fantastic Mr Fox” estrenada en el 2009), “The Isle of dogs” es una distopía que no pretende serlo, pero que, a la vez, se esfuerza por mostrar el futuro cercano desde la comprensión del bien moral y la justicia dentro de una percepción de lo primitivo casi espiritual. Basada quizás de forma tangencial en el clásico español “Fuenteovejuna” (sobre todo, desde la necesidad de reconvertir el orden social debido a situaciones de casi imprevisible dureza), la historia transita los delicados bemoles de lo justo, la autopreservación y una extrañísima percepción sobre el dolor y la expiación espiritual. Con un guión medido e inteligente firmado por el propio Anderson y Kunichi Nomura, la película analiza las relaciones de poder desde el ángulo de un humor negro y por momentos retorcido que refleja la inquietud sobre la incertidumbre al futuro. Desde la percepción de la ciudad ficticia de Megasaki hasta la meditada visión sobre la enfermedad y la exclusión a través de un mal misterioso llamado “Fiebre del hocico”, la película pondera con acritud una versión de la realidad en la que el dolor y el desarraigo son parte del argumento, pero sin caer en tremendismos o dolores dramáticos. En “Isle of dogs”, la búsqueda de la identidad se asume desde la periferia y hay una comprensión casi idílica del aislamiento como última puerta hacia la solidaridad y la búsqueda de la individualidad, un prodigio argumental que Anderson logra con mano firme y una gran concepción sobre lo humorístico y lo sensible que sorprende por su perfecto equilibrio. Pero con su más reciente película, el resultado parece haber sido ambiguo, incompleto y puramente estético. ¿En qué falla la que se llamó la película más personal del realizador?

    ¿Qué ocurrió con La Crónica Francesa?
    Anderson es uno de los directores contemporáneos con mayor sentido de lo estético. Y no sólo en el sentido más evidente de la definición. El realizador ha logrado crear una percepción sobre lo estético, que sostiene su propio lenguaje y la vez, pondera sobre la condición de lo hermoso como simbólico. Tao vez por ese motivo, en el mundo de su más reciente película La crónica francesa todo es pulcro, hermoso y ordenado. También, es manual y artesanal. La que se descubrió hasta el cansancio como “una carta de amor al periodismo”, es en realidad, una celebración a lo manual. A la prensa, la información y la pasión por la escritura que se traduce en hojas de papel, carteleras y preciosas redacciones atestadas de periodistas. 

    Una y otra vez, Wes Anderson deja claro que hay algo esencial en su película y es la pormenorizada convicción del argumento en celebrar algo que ya no existe. O que al menos, Anderson da por perdido y recuerda con melancolía: la pasión por recorrer el mundo en busca de lo noticioso. La crónica francesa celebra varias cosas a la vez, sin duda. Pero su mayor acento es en la idea de lo que fue un mundo desconocido para la gran mayoría. 

    En un ejercicio de melancolía de una considerable ternura y que sin duda conmoverá a los nostálgicos, Anderson crea un mundo. Esta vez, no se trata solo de los tonos pastel o de la simetría pulcra. También de la vitalidad interior de una película que concede una especial importancia a las correrías de sus personajes. La crónica francesa celebra a lo grande la impresión del tiempo y en especial, la condición del periodista como héroe misterioso. 

    Anderson lo hace utilizando las mismas argucias que en todas sus películas y trabajado con cuidado en la percepción de lo poderoso de la pasión por la veracidad. ¿O mejor dicho, la necesidad de la competencia por lo verídico?; Hay algo franco, infantil y radiante en la forma en que la película desmenuza la forma de registrar y documentar lo cotidiano. La noticia y el periodismo son el centro del argumento — sin duda alguna — pero también, la connotación de un tipo de veracidad que emociona por su cualidad humana. 

    No obstante, el director se mantiene a distancia de temas realmente profundos. O incluso de alguno que resulte relevante. Y es por ese motivo que La crónica francesa tiene más de vitrina de exquisitas imágenes, que de homenaje real. Quizás en una decisión consciente o porque el film no pretende ser más que una delicada postal de antaño, el guion es más tramposo que directo. Mucho más hermoso que sustancioso. 

    La obra de Anderson va de un lado a otro mostrando en todo un despliegue de recursos como era el periodismo de la vieja escuela. Pero lo hace entre llamadas telefónicas, gritos, anotaciones en cuadernos de notas. En una algarabía adorable y edulcorada que termina por estallar en una gran pirotecnia de situaciones equivocadas y a menudo, divertidas.

    Aun así, el director no toca el centro medular del periodismo. No hay debates morales, intelectuales o éticos. Mucho menos, preguntas sobre el oficio o su considerable importancia. Anderson, convencido que la belleza es por si solo un lenguaje — y puede serlo — dedica una considerable cantidad de tiempo en hacer guiños delicados. A mostrar oficinas en las que la noción sobre lo que se informa y de qué manera se hace, se reconstruye en perfectos paisajes interiores. A dejar que sus personajes conversen, debatan y discutan en una alegre trivialidad que en ocasiones se vuelve confusa. 

    La crónica francesa, la celebración de la melancolía 

    Wes Anderson tiene la maravillosa capacidad de narrar con pequeños golpes de efectos visuales. Y La crónica francesa está llena de ellos. Desde la banda sonora de Alexandre Desplat — piano combinado con el sonido de teclas — hasta las oficinas como dioramas pulcros. Todo en la película está construido para relatar una historia que lleva una deslumbrante belleza en la puesta en escena. 

    Por supuesto, no es algo raro en la obra del realizador, pero en esta ocasión, es evidente que Anderson está interesado en realzar la cuestión de lo visual. Cada fotograma tiene el aspecto indudable de una fotografía fija o la portada de una revista. Cada escena, tiene el peso de un titular escandaloso. Pero en especial, todos los personajes son estereotipos de pequeños tramos sobre el tiempo y la historia. Anderson, que quizás se inspiró en las viñetas de antiguos periódicos para recrear su propio guion, crea una especie de secuencia de pequeños relatos. Juntos, forman una experiencia total. Por separado, podrían ser incluso antológicos. 

    Cual sea el caso, la fragmentación del argumento no afecta su ligereza y buen tino. A pesar de su superficialidad, Anderson sabe construir un juego de luces y espejos en que la redacción de un periódico es el mundo. Lo es en todo lo que puede abarcar y también, en todo lo que sugiere. Al principio, la historia es un gabinete de maravillas que hace imaginar la mente del director al trabajar. 

    Con un grupo de actores multiestelar, el cineasta logra crear de inmediato la impresión de lo voyeur. La redacción de The French Dispatch of the Liberty, Kansas Evening Sun es un hervidero de energía. También de debates imposibles, de rupturas al tiempo y el transcurrir de una historia que corre debajo del argumento.

    Si algo puede celebrarse de La crónica francesa, es su delicadeza al narrar, incluso sin grandes ambiciones. La película tiene un mayor interés en su cualidad excéntrica y en su encanto juguetón, que en crear una mirada más potente sobre un tema denso. Incluso en su último tramo, cuando la redacción llena de formidable alegría se torna más sombría y la película toma un necesario giro. En sus momentos más tenebrosos, la crónica francesa es una mirada cínica. En los más ligeros, una gran carcajada burlona al mundo de la información, desde un lugar por completo desconocido para la generación actual. 

    Periódicos, elegías y dolores: Wes Anderson en plena forma 

    Hace unos meses, Wes Anderson confesó que La crónica francesa es un recuerdo de su obsesión por The New Yorker. De hecho, buena parte de la película pareciera retratar el mundillo de la revista estadounidense desde una mirada burlona. 

    Con su elenco deslumbrante, su cámara curiosa e intrusiva, pero en especial, la celebración del tiempo, La crónica francesa es frugal e intrigante a la vez. Una paradoja que el director logró crear tiene su punto máximo, cuando la película celebra lo raro y lo bello desde ángulos idénticos. De nuevo, Wes Anderson encontró la forma de relatar lo que parecía imposible. Pero también, de celebrar lo que supuso irremediable. Entre ambas cosas, la crónica francesa es un gran estallido de energía, risas y conmovedora inocencia. Quizás, la combinación más singular de todas. 

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