domingo, diciembre 4, 2022
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    La Love Mark de The Queen: de los apocalípticos a los integrados

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    La construcción mediática de la reina Isabel II es uno de los mejores capitales de exportación de la Casa Real. Con su muerte, el legado de la monarca solo potenciará su aura como marca influyente y dominante en la industria de generación de contenidos.

    En el paseo por el West End de Londres, alrededor de Piccadilly Circus, los souvernirs con la imagen de ella, se venden tanto o más que las estampitas del Papa en el vaticano. La gente la compra en franelas estampadas, banderas, tazas, objetos de consumo del llamado “Artificial Kingdom”, de sensaciones plásticas, analizado por el libro homónimo de Celeste Olalquiaga.

    No en vano, aparte de ser un commodity aspiracional, la love mark de la reina busca democratizar su estética, al propagarse y mercadearse como simbología kitsch, para la adoración de las masas, quienes anualmente la votan y refrendan en el trono de las tendencias positivas de Reino Unido.

    Por supuesto, oponentes y disidentes no le faltan a su majestad, dentro y fuera de la isla. Hoy los progres de Tik Tok sueñan con demolerla, contando su “leyenda oscura”, como si fuese una novedad, una revelación de una Garganta Profunda con el poder de hackear el sistema de los privilegios nobiliarios.

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    Me causa gracia la ternura woke de malgastar horas y días de producción, en el supuesto intento de abrirnos los ojos y prevenirnos de los “horrores” de consentir un régimen monárquico, olvidando el más de 70 por ciento de aprobación del que goza la Corona en Gran Bretaña, su solvencia económica por derechos de explotación de sus regalías, su valor emotivo, institucional y unificador en momentos de crisis severa.

    Es un asunto que no se puede mirar con los lentes de la corrección política y los criterios dicotómicos que decreta el marxismo cultural. Más adentro, viajando y conociendo al país británico, cualquiera se sorprende del carisma que emana de la Reina, del reconocimiento de su hoja de servicio, de cómo las clases se homologan en su culto y adoración.

    De tal modo, su fallecimiento constituye un evento de estado, donde el principal peligro que se corre es el de la continuidad de su buena estrella, habida cuenta de la mala prensa que acompaña la desigual trayectoria de su sucesor en el trono, Carlos III, retratado casi siempre como el malo de la película y la serie, desde “The Crown” hasta “Spencer”.     

    Por el contrario, como crítico, recuerdo que las películas, hasta de los directores más crudos y duros de UK, nunca dejaron de reconocerle dotes de jefe de estado a la reina Isabell II, fungiendo de mediadora y de consejera en innumerables pasajes de la historia contemporánea.

    En efecto, el periódico El Comercio asegura sobre la cinta The Queen: “película de Stephen Frears que nos muestra a la reina Isabel II enfrentándose a la ira de sus súbditos tras la muerte en 1997 de su nuera, la princesa Diana de Gales. La actuación de Helen Mirren como la monarca le valió el Oscar en 2007”.

    Del costado punk y anárquico, cabe evocar los fuertes cuestionamientos a la imagen de la Reina, que surgieron entre los setenta y noventa, bajo el impacto de las vanguardias y las contraculturas como el movimiento Punk, donde grupos como “Sex Pistols” le cantarían himnos de protesta a la Reina.

    De la misma manera, se sabe que existe un ala de resistencia en la BBC, que tiene a su ícono de la contestación en Adam Curtis, que por años se ha concentrado en la desmitificación de los antecedentes coloniales y políticos del reinado de Isabel II.

    Da genuina envidia que ante ello, la Reina nunca tuvo el ánimo de perseguir y censurar a sus refutadores, permitiéndoles paradójicamente que pudieran montar un negocio, a costa de su explotación negativa.

    Ella entendió que rebelarse también vende camisetas, revistas y discos, funcionando como un desahogo para los más jóvenes y outsiders, que luego crearían la vanguardia del Street Art, cuyo máximo representante Banksy la inmortalizaría en las calles con su spray.  

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    Isabel II predicó con el ejemplo, al aceptar que los intelectuales del pueblo ejercieran su derecho a la libre expresión contra ella, lo cual reforzó su imagen en el tiempo.

    No podemos decir lo mismo de sus detractores de la izquierda en LATAM, como Maduro, que amedrentan a sus objetores de conciencia, los inscriben en listas negras o los encierran en tumbas frías, por no hablar que los desaparecen, torturan y liquidan. 

    Larga vida a la Love Mark de la reina Isabel II, esperando que su descendencia llegue a la mitad de su altura como monarca del patrimonio cultural del mundo.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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