sábado, junio 25, 2022
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    La reapertura fantasma del Museo de Arte Contemporáneo

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    Después de tres años, pudimos volver a entrar al Museo de Arte Contemporáneo. En el medio, publicamos un puñado de artículos, exponiendo el deterioro y el abandono de la institución, al punto de instalarle una quincalla en su fachada para vender chucherías importadas y escobas. Le tomamos una foto, la publicamos y en menos de una semana, cerraron el kiosco.
    Luego filtramos información sobre el mal estado del Museo. Aquello causó un revuelo nacional e internacional, despertando conciencia y una ola de afecto por el destino del patrimonio fundado por Sofía Ímber.
    Tras los anuncios rimbombantes de reapertura y algunos reportes blanditos de un periodismo fácil de manipular, decidimos regresar para verificar con lupa las condiciones actuales del Museo de Arte Contemporáneo.

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    Los invitamos a hacer el recorrido con nosotros, a través de los recursos de la crónica, con fotos y textos propios.
    Al llegar observamos una patrulla estacionada al frente de la fachada, a la altura de la obra cinética de Alejandro Otero. La policía, al menos, cumple con brindar seguridad en una zona casi muerta y de un paso apurado, por su soledad.

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    Nuestra acompañante entrando con la patrulla de fondo.

    De hecho, llegando al lugar, se nos aproxima un anónimo con las manos en la espalda, con pinta de espía de consejo comunal.
    Lo delata su gorra y su aproximación intimidante, como de vigilante de terreno baldío, en fase de inspección ocular de sabueso.
    Desde entonces, emprenderemos un trayecto zombie, sin gente alrededor, con cero impacto en la población.
    Ya vendrán a desmentirme los colegas del fact checking rojo rojito, pero la verdad es que el Museo ahora luce desconectado de su audiencia natural.

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    Los que lo honraron con su visita en el pasado, lo dan por clausurado técnica y curatorialmente. Algo cierto cuando caminas por sus pasillos y salas, llenas con pocas obras de la colección, con un orden aleatorio, casi random, a no ser por la coherente esencia de las adquisiciones de Sofía y su equipo.
    Pero como asegura María Luz Cárdenas, un Museo no es un poco de cuadros colgados en la pared, como en efecto sucede en el MAC del 2022.
    Encima, las generaciones de relevo no terminan de engancharse masivamente con la situación presente del Museo.
    De repente los estudiantes lo frecuentan por tarea, algunos chicos se lo apropian digitalmente desde sus cuentas de Tik Tok, reseñando sus instalaciones en plan superficial, como quien recomienda otro restaurante de hamburguesas chic.
    Más allá de algunas visitas esporádicas, el MAC nos recibe como una especie de caja fuerte fantasmal de La Casa de Papel, como una suerte de depósito que le levantan su santamaría forzadamente, para aparentar normalidad y no despertar sospechas.
    A su favor, debo reconocer que una persona atiende con esmero y respeto a los que emprendemos la odisea, entre nerviosos y confundidos por el ambiente de cementerio recién abierto un domingo en la mañana.
    Las puertas de la entrada finalmente abren, pero en ellas no hay signos de vida. Uno debe guiarse por instinto, confiando en que no será en vano, en que se cruzará la meta.
    Adentro un funcionario nos saluda y nos invita descender por la escalera de la mano derecha, pues no hay acceso a las salas contiguas a la tiendita y tampoco al hall principal con la escalera de caracol.

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    No se puede ocultar el look de provisionalidad, de contingencia, de remodelación eterna, de medio cierre por mantenimiento, de albergue y refugio de obras, tras la accidentada gestión cultural de los últimos años.

    Ahí las remodelaciones y los trabajos siguen, por años de desidia, producto de la acumulación de moho y la falta de una ventilación adecuada. Se tiene que invertir el triple.


    Entramos y bajamos a la buena de dios, hasta llegar a la zona del laberinto donde ingresabas quitándote los zapatos. El laberinto también está cerrado por refracciones.

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    El segundo dependiente nos atajó en dicho umbral, de forma educada y correcta, recomendándonos ver las obras con la distancia respectiva y tomar fotos sin flash. Agradecemos la empatía y la calidad del servicio, conductas de una civilidad que no es común en el país.
    Así que la bonhomía del señor, nos calma y nos recuerda que la cortesía nos une como venezolanos, independientemente de nuestra función y nuestro rol en la vida.
    De inmediato, percibimos dos cuestiones: el aire acondicionado permanece apagado, acentuando el clima de sofocón veraniego, y las paredes lucen pintadas como corresponde. Un paso adelante y otro atrás. Es un poco el resumen del Museo en el tiempo vigente.
    Ya no tenemos que reportar grietas, filtraciones y desconches en los muros de la locación. Por fortuna.
    Sin embargo, preocupa que la ausencia de una mínima refrigeración, afecte la frágil composición de obras que suman décadas y siglos de realizadas.
    Por ejemplo, figuran juntas “La Odalisca” y dos pinturas de Picasso. Nos conmueve disfrutarlas en pleno, tras años de desvanecimiento de nuestra memoria y retina.


    El asunto es que nadie nos explica, ni un texto de sala, que la Odalisca pertenece a la escuela impresionista, que es muy distinta en origen a la vanguardia cubista que inspira a los dos cuadros de Picasso.
    Se cumple así el augurio de María Luz Cárdenas.
    Un Museo, y más el Macssi de otrora, sirve para guiarte y aclararte dudas, ofrecerte una cátedra de sus piezas de colección.
    Por ejemplo, para ello existen recursos como los de los folletos, guías entrenados y aparatos de audio. Todos desarrollados por Sofía y su equipo en el pasado.
    Por lo demás, Sofía jamás hubiese permitido sacar sus obras con criterios tan laxos y carentes de juicio arbitrado.
    Las exposiciones de Sofía fueron famosas, no por un efecto mediático de contagio banal, sino por el rigor de sus muestras colegiadas e investigadas.
    No podemos decir lo mismo en el 2022, donde el Richard Nixon de Warhol se coloca frente a un desfile de cinéticos criollos como Soto y Cruz Diez.


    Hasta uno que estudió el tema y que se dedica a la crítica, pues se pierde en la acumulación improvisada, como de anticuario o remate de garaje refinado.
    Queda el consuelo de tísico, de admirar el esplendor de la colección que se exhibe. Una punta del iceberg.
    Mis lagrimales se activan delante de Leger y Bacon, mi pintor favorito. Absorto, me aislo durante minutos, contemplando el desgarro expresionista de Don Francis.


    ¿Cómo llegó hasta aquí, Caracas, semejante obra maestra de los dioses? ¿Por qué milagro puedo ponerme cara a cara, frente a un lienzo de Warhol en Venezuela?
    ¿Quién obró bien para que pudiera tener este diálogo, este puente con el multiverso de la locura de los genios del arte contemporáneo?
    La responsable se llama Sofía Ímber y su colosal empresa de tesoro, como le decía William Niño Araque, que continúa inspirándonos, aunque hayan querido borrarla y sacarla del juego de su propio trono.
    Lastimosamente, la escasez de obras y su mínima creatividad a la hora de exponerlas, no le hace justicia al tamaño de la impronta de nuestra Reina Sofía.
    Mi mensaje más optimista es que queda mucho trabajo por hacer, que no es suficiente con abrir por abrir unas cuantas salas desconectadas, a modo de trámite.

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    Pero quiero pensar que por algo se empieza, que nuestras denuncias no han sido en vano, que como dijo Ugo Ulive hay que seguir luchando por lo que uno piensa.
    Me da igual que algunos hablen a mis espaldas, afirmando que soy un loquito o un iluso por demandar que el Museo vuelva a ser lo que fue.
    Es todo lo que pedimos.
    Me despido con sentimientos encontrados, extrañando la colección plena de obras de Picasso( la Suite Vollard), alegrándome por reencontrarme con las esculturas de Henry Moore y Marisol(a la distancia), notando que los papeles de Chagall me devuelven a una infancia tierna y gozosa, frunciendo el ceño porque la política se hace presente en la demagogia de montar una «colectiva» de la Bienal del Sur, más propia de una exhibición para el Metro o de una Feria del Libro oficialista.


    Hay cuestiones del populismo cultural, que no han cambiado desde el chavismo hasta el madurismo.
    Una es la instrumentación anecdótica del arte, su contaminación ideológica, con fines de propaganda.
    Mi cabeza lo ignora con velocidad, prefiriendo evocar el recuerdo selectivo del patrimonio visto en el Museo.
    Invito a los periodistas de la fuente, a que no decaigan, que no cubran la noticia por moda, nada más cuando es trending topic.
    Considero que las personas sensibilizadas por el arte, podemos insistir en que se recupere la planta física por completo, para recobrar su dignidad y decoro ante el país.
    Por aquí prometemos retornar cuando haga falta y por el bien del patrimonio cultural.
    Nos animan valores como la conservación y la restauración, en contra de la pasividad, la resignación y la destrucción provocada por la omisión de acciones.
    Larga vida al Museo!

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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