lunes, febrero 6, 2023
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    Quiero sufrir como Harry y Megan: dos víctimas de su venta de humo

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    Harry y Megan es una serie documental, transmitida en Netflix, que consta de seis capítulos(súper redundantes) y que cuenta la historia de separación de la corona, del hijo de Lady Di y la estrella de la televisión en Norteamérica.
    Ambos justifican su decisión de producir el contenido, porque desean tener control sobre su narrativa y el poder de relatar su versión de los hechos, respecto a la polémica por su divorcio de la corona.
    Critican en redes que ninguno haya renunciado a sus títulos nobiliarios y menos a los privilegios que rodean su condición aristocrática.
    En efecto, el producto juega a derrochar la falsa humildad y modestia de los personajes, quienes por un lado asisten a galas con todo el lujo y el oropel del caso, al tiempo que describen un pasado y un presente, que los pone siempre en el lugar de la víctima.
    Harry y Megan llevan el arte de la manipulación a otro nivel, y el crítico debe recordar que semejantes “documentales” distan de serlo, porque lucen más como trabajos secretos de relaciones públicas y lavado de imagen, como evidentes cartas de presentación, bajo los estereotipos de la propaganda y la publicidad de la crónica rosa.
    Harry se queja de la prensa amarillista y sensacionalista de Londres, la cual causó la muerte de su madre. Se entiende la denuncia del vampirismo de la miseria ajena, contra la estética del reporterismo pornográfico que explota las vidas íntimas de los famosos.
    El problema es que el príncipe tampoco marca una ruptura completa y ética con el género, al seguir alimentándolo con su serie de Netflix, donde el príncipe rentabiliza el hecho de sacar sus propios trapitos al sol.
    Capaz lo que se plantea de fondo, es que Harry se cansó de depender del sistema mediático de Reino Unido, y que como buen emprendedor, prefiere administrar el negocio de su propia Love Mark.
    Es una de las vueltas de interés que tiene el subtexto del seriado, reforzando un esquema de círculo vicioso del que no parece haber salida, en los términos morbosos que propone Netflix.
    El capítulo de Harry ahonda en las heridas de orfandad, de su luto y de su progresivo distanciamiento de la línea de sucesión de la corona.
    Puede leerse entre líneas, que la nueva generación quiso actualizar y modernizar las tradiciones de la dinastía, pero sufrió las consecuencias del destierro y la condena en el camino.
    La monarquía se expone como una burocracia rígida, que acepta ciertos cambios puntuales para refrescar su look, como incluir y exhibir la ficha de Megan, pero que al final no admite críticas severas y menos a disidentes en el seno de su árbol genealógico.
    Harry conecta con la rama de Diana Gales, antes que con el perfil de su padre, cuya presencia se diluye en el producto y apenas se menciona, con todo el respeto protocolar.
    Por tanto, Harry se encuadra en el marco de la oveja negra de la familia, que como en Succession, toma la vía de exponer a su linaje para superarlo y dominarlo a futuro, a riesgo de ser execrado.
    En una lectura psicoanalítica, Harry absorbe los fueros de dos argumentos universales: el Edipo y el mesías. Por ende, confronta el reinado del padre como en una tragedia de Shakespeare, para marcar el inicio de una nueva era.
    El problema es que Carlos manda sin real oposición en palacio, y que lleva años haciendo el trabajo de Harry por modernizar a The Crown.
    Silenciosamente, Carlos tuvo que soportar una extenuante sucesión, resistida por los suyos y por Gran Bretaña, buscándose lealtades en la mancomunidad y en los ámbitos del poder económico emergente de la bolsa de Londres.
    Ahí reside su capital social y político, que le permitió ascender ante la mirada atónita de sus enemigos que soñaron con desplazarlo o apartarlo de la sombra de su madre.
    La estrategia del silencio le funcionó a Carlos y con ella ganó, siendo incluso más outsider, rupturista y subversivo que el mismo Harry, pues hasta se divorció y se coronó con su querida.
    De ahí que Carlos sea tenido como una suerte de conspirador y villano, que como Scar de Lion King, consiguió su objetivo.
    Sin embargo, el Rey Carlos tiene mayores matices en su cuadro tridimensional, que le garantizan una corona larga como la de Isabel en su última fase.
    Por ello Harry la tiene difícil, y de pronto su mejor estrategia en el arte de la guerra, es la de pasar a un retiro digno, en las afueras del castillo y del reino de Carlos.
    Como Príncipe se nota que el poder lo obsesiona, aunque lo niegue con pose de plebeyo.
    En el caso Megan, es otro el recurso publicitario. Ella aplica la técnica del “sadfishing”, como una influencer que sufre como La Cenicienta del cuento de hadas de Disney, por ganarse el amor y la confianza del príncipe, a pesar de su origen ciertamente popular, como representante de los súbditos de la corona.
    Desde su visión, el seriado elabora un típico análisis woke y de revisión moralista de la historia, según el enfoque de dos profesores de la corrección política y la inclusividad, que nos hablarán de manera maniquea, acerca de los pecados coloniales y los errores que cometió la corona en el pasado, amén del expediente de sufrimiento durante el período esclavista.
    Toma la serie el camino del reportaje “Explained”, diseñando gráfica y didácticamente una interpretación que nadie responde o matiza. Pues se trata, paradójicamente, de un contenido que confirma sus propios sesgos de academia progresista.
    Por supuesto, del lado de Megan se desarrolla un desmontaje del racismo implícito en la institución, amparado por el ataque perenne del periodismo y la ola de nacionalismo xenofóbico del Brexit.
    Observamos que los dos se oponen a la ola de nacionalismo y aislamiento que propulsaron los partidos radicales del populismo europeo.
    Lo que siento es que Megan se encuentra presa de una dialéctica que la supera, que se ha atado a un discurso dicotómico de buenos y malos, que merece más profundidad.
    No son malas intenciones de Megan y Harry en cuanto al apoyo de causas, a su agenda de responsabilidad social, a su labor filantrópica.
    Es adecuado el episodio con los veteranos de la armada, así como darle la posibilidad a la mamá de Megan que se defienda de los bullys que la acosan. De igual modo, aporta valor el testimonio de la sobrina y confidente de Megan, que sufre el distanciamiento.
    También es legítimo ampliar el caso del padre de ella, de Megan, que instrumentó económicamente la cercanía con el altar de su hija. Fue neutralizado quirúrgicamente y borrado de la lista de invitados.
    De seguro, toda la polémica se diseña para vender. Me pregunto qué cosas quedaron por fuera, qué temas persisten en el clóset de la censura, qué esconde tanto afán por mostrarse transparente y contemporáneo.
    ¿Será la boda de Megan y Harry un proyecto, un cálculo demagógico que se les escapó de las manos a sus creadores y promotores?
    Tengo dos conclusiones al cierre.
    La serie me distancia, como documentalista, porque nunca me expone una realidad que no esté ceñida a los moldes que exigen los protagonistas.
    Les guste o no a ellos, es su versión parcializada de los hechos.
    Por último, me cuesta distinguir en qué momento Harry y Megan, dejan de interpretar un rol, dejan de fingir buenismo, de actuar para la cámara, con el propósito de humanizar su campaña política.
    Véanlo con fines antropológicos de investigación, pero no sean víctimas de su medida puesta en escena, de su chantaje emocional.
    ¿Quién no quisiera sufrir como ellos con aquellas vistas, aquellas casas, aquellos viajes, aquellos asistentes hasta para probarse un traje?

    Dejen de vender humo, muchachos!

    Quiero sufrir como Harry y Megan: dos víctimas de su venta de humo 4
    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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