domingo, enero 23, 2022
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    Reflexiones sobre ‘El hombre elefante’ de David Lynch

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    Por Aglaia Berlutti.

    De la belleza del dolor.

    Con frecuencia, el cine es un discurso elocuente sobre los lugares más secretos de la conciencia colectiva. Una reflexión sobre la oscuridad y los espacios más incómodos de la forma en que percibimos la naturaleza humana. Desde luego, esa exploración de lo singular se le da muy bien a David Lynch, a quien siempre se le ha considerado un genio de lo extraño, lo inquietante y en ocasiones, de lo desagradable. Su visión, a mitad de camino entre la propuesta artística y un planteamiento esencial subjetivo, no siempre tiene un sentido más allá de la manera como el director desea expresar una serie de ideas personales. Su filmografía se divide en una serie de visiones más o menos comprensibles y otras, tan profundamente oníricas que carecen de ese sentido del cine para el espectador al que Hollywood nos tiene acostumbrados. Pero para Lynch, el cine no es complaciente, o no debe serlo al menos. Su interpretación de la cinematografía es más cercana a la anécdota que a cualquier otra cosa, y quizás debido a eso el argumento es lo menos importantes ante una profunda carga visual y una estructura narrativa desconcertante. Para Lynch el cine es una visión de la expresión, más que la necesidad de comunicar una idea concreta. Una obra que se construye a fragmentos, en pequeñas inspiraciones argumentales y visuales que expresan no solo el absurdo por el absurdo, sino algo mucho más inquietante: la alienación, soledad y marginación del espíritu del hombre. Esa región en sombras donde habitan los monstruos de la razón.

    Tal vez por ese motivo, su película El hombre elefante puede parecer una rareza en su prolongada carrera cinematográfica. Exquisita, conmovedora hasta las lágrimas y visualmente impecable, se considera un clásico y a la vez, una revisión del mito del héroe trágico. Y no obstante El hombre elefante es de hecho, la depuración de esa obsesión del director por el marginado, el monstruo esencial y esa constante reflexión suya sobre la naturaleza del hombre, dividida entre la amargura y el existencialismo más elemental. La existencia del monstruo que intenta redimir tiene una profunda e inmediata relación con el mundo hostil que le rodea, esa violenta visión de lo social que excluye, margina y lastima. Una cárcel de conceptos y preceptos que parece reducir la realidad a un sentido único, a una lógica férrea a la cual el director intenta escapar una y otra vez.

    Según el crítico de cine Jurgen Muller, la mejor forma de definir El hombre elefante es escuchando el «Adagio para cuerdas» del compositor Samuel Barber, incluida de hecho en su banda sonora original. Considerada como una de las expresiones musicales más perfectas sobre el dolor, la angustia espiritual y la tragedia, parece bordar con una belleza casi dolorosa la profundidad argumental de la película. Una visión sobre el miedo, la ternura y la belleza en una mezcla desconcertante. El filme asombra en todos sus momentos y detalles: Desde su cuidadosa puesta en escena —ese brillante blanco y negro que recuerda al largometraje del director que le precedió, la desconcertante Cabeza de borrador— hasta la sensible elocuencia de ese dolor del ser humano que Lynch transforma en pura belleza lírica. Probablemente sea esa ternura, la manera como el Lynch director brinda una especial humildad y belleza sus personajes, lo que asombra al público acostumbrado al Lynch excéntrico y al menos familiarizado con su insistencia en lo caótico y lo obsceno como expresión visual. Y no obstante, el director insiste en sus obsesiones habituales, solo que esta vez, en lugar de jugar con el simbolismo de lo grotesco y lo inquietante, echa mano de la metáfora para expresar la desolación y la tristeza, con una sensible maestría que jamás llega a rozar el melodrama.

    Claro está, que la figura de Joseph Carey Merrick debió cautivar la imaginación de Lynch no sólo por el mito que le rodea sino además, por el hecho de reflejar una de sus obsesiones más antiguas: el sentido de lo diferente y lo inexplicable. Con toda su carga alegórica e incluso, de historia edificante y melancólica, la vida de Merrick pareció resumir toda la morbosidad de una época obsesionada por las rarezas. En la Inglaterra de la Reina Victoria, abundaban relatos de monstruos y criaturas increíbles, no sólo gracias a la proliferación de publicaciones dedicadas al tema de la sobrenatural —como las populares penny dreadful— sino además, debido a la renovada curiosidad científica que pareció justificar una perversa mirada científica cualquier anomalía física. De hecho, Merrick nació como un hombre normal en Leicester en el año 1862: su aspecto «monstruoso» era la consecuencia de una serie de padecimientos físicos que sufrió durante buena parte de la niñez y la adolescencia. De adulto y convertido en fenómeno de feria, se convirtió en una «atracción» común en los aforos de universidades y hospitales de Londres, que intentaban explicar su anomalía a la vez de satisfacer la curiosidad popular sobre lo inexplicable. Una durísima metáfora sobre la crueldad del positivismo y, sobre todo, la violencia de la ciencia reconvertida en justificación para la discriminación. Lynch más de una vez admitió que fue la terrible conciencia de esa violencia a ciegas, transformada en un elemento inevitable de la cultura de la época, lo que le cautivó de la historia. «¿Quién es el verdadero monstruo entre los monstruos?, me intrigó responder esa pregunta en medio de una feria de horrores de hombres y mujeres ricamente ataviados», explicó en una oportunidad, para explicar la sutil crueldad que se desliza debajo del etéreo lenguaje de El hombre elefante. Capa tras capa de significado, la película logra sostener un discurso de extraordinaria dureza sobre la violencia del prejuicio sin que sea su elemento más evidente. En medio de una alegoría conmovedora de la naturaleza humana, la mirada casi cruel de Lynch sobre el dolor y el miedo brilla por su precisa pulcritud.

    Sin el menor rastro de exageración o mucho menos, caricaturización de su personaje, Lynch consigue el equilibrio justo entre el homenaje a un hombre asombroso atrapado en una condición espantosa y su personal alegato contra la sociedad que lo discrimina y maltrata. Porque esta no es una película sobre el temor a la diferencia, o un alegato formal contra el prejuicio. Lynch avanza mucho más allá y crea una narración donde la belleza real, la que habita más allá de la apariencia aterrorizante de John Merrick, se expresa con muchísima mayor fuerza que la simple crítica elemental. Porque para Lynch esta es una película de monstruos, por supuesto, pero de no del hombre desfigurado que simboliza la Lynch sino del monstruo real: la sociedad que lo discrimina y reniega de su existencia. Y lo hace, sin ningún tipo de justificación moral: el director cuida cada una de las escenas para que la historia no intente aleccionar y si celebrar, el triunfo espiritual de Merrick, elevándose por encima de su condición, del monstruo que renace, de la expresión espiritual más profunda y sensorial.

    Con una prodigiosa comprensión del lenguaje cinematográfico, Lynch crea un discurso profundamente personal. Nunca abandona sus visiones favoritas, esa necesidad de presionar al espectador para desconcertar, llevar al límite de la tolerancia entre lo bello, lo abstracto, lo temible y lo seductor. Solo que en esta ocasión, el director decide expresarlo a través de una serie de escenas de rara belleza, en una historia que se presenta sencilla y termina siendo universal, compleja en su interpretación del mundo del hombre y conmovedora hasta las lágrimas en su mirada intima al dolor del hombre. Y es que quizás John Merrick, aterrorizado y disminuido por su condición física y sin embargo, extraordinario en su capacidad para elevarse más allá de lo evidente, sea el símbolo del poder de la imaginación, la necesidad de creación y la profunda lucha del espíritu humano contra sus propias limitaciones. Una alegato sincero de un director especialmente críptico que tal vez encontró en la historia de John Merrick, una forma de expresar la más sentida metáfora del dolor, el sufrimiento, el éxtasis creativo y el renacimiento en el poder de la imaginación. Lynch, director incomprendido crea entonces, quizás sin saberlo —o probablemente sí— una de las más duras metáforas sobre la inmortalidad y el poder del espíritu humano que el cine reciente recuerde.

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