miércoles, septiembre 28, 2022
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    Unos Premios Frescopeisi descafeinados y fingidos

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    De existir Urbe, Alejandro Rebolledo y Eric Colón, hoy amaneceríamos con una crónica para morirse de la risa de los Premios Pepsi. De sus vestuarios recargados o de estrella wannabe, a los que les cabe un tremendo Fashion Police. Aquellos escotes y sombrerones sin sentido, aquellos disfraces como de carnaval antes de Halloween. Típica cosa aspiracional chimba, veneca freak.

    Como no lo tenemos y los extrañamos, toca hacer la chamba, porque el periodismo cultural del país prefiere reportar asépticamente, quirúrgicamente, sin meterse en el barro, salvo contadas excepciones.

    ¿Qué fue de Sifrizuela, Coca Tan Blanca y el Chiguire? Se durmieron o se los comió el avestruz. O capaz la pereza, Sifrizuela.

    Por eso, más emoción hubo en la cobertura de las redes del evento, que en los portales tradicionales, donde el temor a criticar y disentir, anulan cualquier ventana de discusión sobre el estado actual de la música que se nos impone, ni siquiera de la música en general.

    Porque uno de los principales problemas que arrastra el Premio, después de sus diez años, es el de haber establecido un filtro condescendiente con el pop, la farándula y el mainstream, que quiere ser políticamente correcto en el reparto de sus preseas, al precio de glorificar un tipo de producción empaquetada y radiable, cada vez más inofensiva, no solo ante el poder del régimen, sino ante casi todo.

    Resulta paradójico que en un país como Venezuela, la música vigente siga jugando a fingir la demencia juvenil y escapista de los Hermanos Primera, a quien no por casualidad se eligen como los artistas de la década, en un chiste que se cuenta solo, que no se cree, salvo en una mentalidad que se borra la memoria, olvidando el reciente pasado chavista de ellos y sus vínculos con la izquierda, desde la ligazón sentimental con Alí.

    Aquí se lavan rápido las imágenes. El dinero y la fama todo lo pueden. Es el mensaje que se nos envía.

    Por ratos, de hecho, tuve algunas severas confusiones, viendo la gala cringe por Televén.

    Parecía el Corazón Llanero de VTV, una fantasía de Osmel y Joaquín Riviera, un Sábado Sensacional recalentado, una gala excesivamente plástica como la de la belleza, cumpliendo un ritual que encanta que es el de creernos una nación de puros egos creativos, talentosos, virtuosos y artísticos, por supuesto ajenos a la situación del país, que ya ni se nombra.

    Ni hablar de la moderación y los libretos que han perdido timming, conexión y picardía, la frescura que se respira entre los más chicos. De pana, se ha boomerizado el medio y el Premio. Es un premio Súper Boomer. Desaprovechan a los Tik Tokers, que son la moda orgánica de hoy, solo para explotar sus seguidores y sentarlos como mirones de palo. Pásenles el micrófono y que Alex Tienda conduzca, que tiene más carisma, o a Marian Y Ya que te da risa, solo de verla. Tanta solemnidad con aires académicos, pues aburre, es un tostón como de Oscar.

    Vaya colaboración con la campaña de “Venezuela se arregló”. En Miraflores durmieron bien, como unos niños, frente a semejante pompa de jabón.

    No obstante, y a pesar de la hipocresía del guion y el montaje, dos discursos revelaron unas heridas que oculta la velada oficial.

    Por un lado, Reggi afirmó al recibir su premio que «Se lo dedicaría a mi disquera, pero no han hecho nada por mí. Por eso se lo dedico a mi mamá y mi hija».

    Por el otro, fue titular explosivo que Jerri Di le dedicase su reconocimiento a un entorno tan hostil, el del medio, contra el que tuvo que luchar para llegar a coronar su noche.

    Por lo demás, justos los reconocimientos a él, Soto, 3 AM, Sinfonía Desordena, Elisa Vegas, Dimensión Latina, Lasso, Akapela y Piso 21. Justificaron la ejecución del show y enderezaron su rumbo. En una zona intermedia, quedó el desigual performance de La Vida Bohéme, lastrado por su puesta en escena que distraía.

    El evento no estuvo a la altura de su expectativa, respecto a la década de celebración, pues en muchos casos semejaba una iniciativa que estaba empezando, por su cantidad de fallas técnicas y logísticas. Hubo desde quejas por el sonido hasta por invitados que no pudieron sentarse y pasar a disfrutar de su momento.

    Son cuestiones que se deben corregir sin más, y que no se solventarán como crisis, publicando comunicados, apagando fuegos con mea culpas, abriendo el paraguas a destiempo, o lanzándonos sus armadas de haters a los reporteros que hacemos el trabajo de cubrir la fuente, sin pelos en la lengua.

    Sí llama profundamente la atención la deriva apolítica de nuestra música, que tampoco es nueva. Y no es por falta de oferta, por cierto. Últimamente la misma La Vida Bohéme y Rawayana han estado trabajando experimentalmente en nuestros desgarros sociales, en nuestras grietas y traumas, en nuestros vacíos y desencantos, en nuestro primitivismos de cuando los acéfalos predominan.

    Por igual, una ingente cantidad de exponentes de exilio, fueron completamente ignorados, cuando en el año tuvieron una producción musical importante.

    Hablo de casos de propuestas experimentales como la de Cinematónic o la misma Famasloop, que siguen trabajando en texturas no convencionales que merecen mayor reconocimiento.

    Por desgracia, los Premios Pepsi han preferido visibilizar y endiosar a lugares comunes, a clones del autotune, a representantes de una moda edulcorada y efímera de cantantes, como una Corina Smith que baila mecánicamente al ritmo de un Playback, cual programa definido por un algoritmo.

    De ahí que tengamos la sensación de sufrir un deja vú, un aire de repetición y hastío, al instante de calarnos las tres largas horas de la función, en un tiempo innecesario y estirado, lleno con aire y rutinas de unos canales infantilizados, con chistecillos blancos y malos que no van a ninguna parte.

    Comparen con el desparpajo real de cualquier emisión de Tik Tok, incluso con la lengua viperina de nuestros Podcasters, para entender que los Premios Pepsi se han impuesto a sí mismos la camisa de fuerza de Conatel, para evitarse conflictos peores.

    El tema de fondo es que así, ganan los malos, asustando y bajando línea, logrando que reine el consenso de una comunicación tímida y censurada, centralizada por el gusto caraqueño.

    Por ende, así los Premios caen en un ejercicio de amordazamiento y represión intelectual, de pánico a resistir, de una frivolidad influencer que ni siquiera es picante y auténtica.

    Mejor que los pasen directo por Youtube, como las Olimpiadas, y que rompan el cordón umbilical con Televen, que nunca dejará de serlo en dictadura, mandando a que la gente se comporte con la falsedad que imprime y sanciona el régimen.

    De pronto por ahí empieza a encontrarse una solución al entuerto, al círculo vicioso, al estancamiento que sufren los Premios Pepsi, rindiéndole culto a la banalidad más pasajera.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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