martes, noviembre 29, 2022
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    Wisin y Yandel: del fiasco total a la misión cumplida

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    En cualquier país serio, la empresa productora del concierto de Wisin y Yandel sería objeto de una demanda colectiva por incumplimiento de contrato, daños y perjuicios al cliente o comisión de fraude.

    En Venezuela pasará a ser una estafa agravada más sin consecuencias.

    Fuimos al concierto, esperamos hasta hoy para publicar nuestro relato una vez procesado el calvario sufrido por la gente para llegar al sitio y verlo en una pantalla, si como nosotros pagaste la zona más económica, la de 60 dólares.

    En ningún lado se nos hizo saber de aquel desatino organizativo antes de comprar el boleto. En frío, de conocer la realidad, preferíamos obviar el trance de la faena.

    Se tuvo que advertir que la zona Traki, donde se veía el espectáculo a pie, solo tendría acceso al show mediante una experiencia singular como la de un autocine. Era algo así.

    Con mi metro setenta y seis, mi visual quedaba atrapada entre cabezas y el perfil lejano de la parte superior de la tarima. De vez en cuando, pegando brincos, divisaba las gorras de los cantantes.

    Así y todo, descargamos y vacilamos sobre todo por la fuerza del show que ofrecen los extraterrestres, quienes han perfeccionado su espectáculo como un relojito, cual banda de salsa o Fania de los años ochenta en el Poliedro.

    A Wisin y Yandel los descubrí hace décadas, alrededor de principios del milenio, un día en que estaba comprando quemaditos en Sabana Grande.

    La primera oleada de regetón, el llamado regetón viejo, empezaba a sonar con fuerza en los sectores populares del país, y yo que soy fanático de cualquier fenómeno subcultural, que viene de abajo hacia arriba, quedé enganchado de una.

    Ya me había ocurrido lo mismo con el metal, el grunge, el pop, el rock y Nu Metal, con la suerte de poder asistir a conciertos importantes en Venezuela, para conocer a mis grupos favoritos: Iron Maiden, Metallica, Red Hot, Green Day, Soda Stereo, Kiss, Aerosmith, Testament y Megadeth, entre otros.

    Mi fanatismo por Megadeth es un amor de décadas, que permitió verlos en primera fila y cantar todo el disco de Rust in Peace, a todo gañote, con Dave Mustaine a un metro de distancia, hasta quedar afónico. Un show telúrico, casi íntimo, en la Metro.

    En Metallica, fui con mi amigo Mango y nos coleamos en VIP, después de comprar el ticket más barato. Coronamos una experiencia atómica, también en las narices de James Hetflied, cantando a una velocidad de locos.

    Uno de los recuerdos más surrealistas y alucinantes que he tenido. Tener a tu héroe enfrente, deleitándote como un amigo que quiere elevarte y transportarte con su música.

    Hablando con Malena, mientras la fila de los carros arribaba a su primera hora de angustia, nos sumergimos en una capsula de tiempo, evocando nuestras afinidades electivas.

    Malena tiene una memoria de elefante, y puede estremecerte, narrando su historia de ver a Gwen Stefany llorando, mientras cantaba en el Valle del Pop. O demostrarme que fui muy tonto al perderme de Korn en vivo, destruyendo la tarima y sumergiendo a Caracas en el éxtasis de uno de sus pogos más radicales. Ella además estuvo en Oasis, donde me sacaron por mala conducta en el Olímpico, perdiéndome la oportunidad de oro de verlos.

    En nuestra conversa tribal, que solo entienden los que comparten el sentimiento, le conté de mi odisea en el mismo estacionamiento del Poliedro para ver a Guns a Roses. Venezuela era otra, definitivamente, sin tantas trabas burocráticas y estratificaciones complejas para integrarse en la marea de un concierto.

    Bien temprano llegamos con una van alquilada por mis mejores amigos. Vivimos allí nuestro Woodstock de paz y amor, reservando nuestro lugar a metros de la tarima, por llegar temprano.

    En nuestra época, era distinto, posiblemente un reflejo de la democracia que teníamos y por la que luchamos. Recuerdo que comprabas tu entrada, por una tarifa plana, y que las locaciones se decidían por un simple juego de anticiparte, prepararte, ser puntual.

    Por eso, muy democráticamente, nos organizábamos para llegar temprano, guardar sitio, protagonizar nuestra acampada, conocer gente, compartir comida y ayudarnos mutuamente.

    Aprendíamos de la importancia de convivir y coexistir, como en una escuela al aire libre. El dispositivo del show honraba y refrendaba nuestra oportunidad de madurar como sociedad y cultura, a partir del intercambio horizontal.

    De tal modo, sin que pasara nada, el chamo de La Lagunita se mezclaba con el de Petare, y la jeva de Catia terminaba flechando al sifrilandro del Country.

    Juntos y revueltos, acabamos entonando los himnos de Axel Rose.

    Wisin y Yandel: del fiasco total a la misión cumplida 1

    Ahora todo cambió para mal, le gente se siente escindida por la hiperfragmentación, el comunismo impuso contradictoriamente un estado de darwinismo, en el que las brechas sociales se han pronunciado como nunca antes, dando como resultado conciertos esquizofrénicos que son una cosa para los que pueden pagar miles de dólares por algo que cuesta 50, y otro asunto completamente diferente para quienes hacemos el duro esfuerzo por llegar a los sesenta $ de la tarifa económica, con nuestro sueldo.

    Y no es nada. Les comento que en zona Traki, obtuvimos una foto instantánea y más auténtica del país. Ahí me encontré con mis alumnos, cuyos padres sudaron la gota gorda para poder comprarles el ticket de 60 dólares. La zona Traki era como la de los conciertos de antes, salvando las distancias: bailabas y hablabas con la gente del este y el oeste, sin barreras de por medio.

    Vi a varios influencers orgánicos, estrellas de televisión con sus parejas, deambulando por la zona, como cualquier mortal de clase media, venida a menos.

    Por desgracia, en donde sí se iguala y empareja la experiencia, es en el desatino de la organización para ordenar algo tan sencillo como el estacionamiento y la venta de comidas.

    Vamos por partes.

    El problema del estacionamiento empezó en la autopista, desde ahí tuvo que disponerse de un perímetro para vigilar y organizar el acceso, impidiendo toda suerte de irregularidades, como carros que se coleaban, amenazas de robo y matraqueos furtivos.

    En tal sentido, la empresa no se hizo cargo, externalizando una responsabilidad que era de su competencia: velar por la seguridad y acceso de su clientela de más de 20 mil personas que no es poca cosa.

    Como en Woodsctok 99, vean los docus de HBO y Netflix, el fiasco de Wisin y Yandel responde a que privaron los intereses de lucro sin escrúpulos, por encima de la calidad de servicio y el derecho a gozar de las comodidades por las que se pagan en dólares.

    Porque no es de gratis.

    La externalización, que supone que recaiga sobre nosotros la improductividad y la improvisación corporativa, se saldó en Wisin y Yandel, con el hecho de jugar con nuestro tiempo como en un mal banco, haciéndonos pasar horas importantes en un embudo que no fue avisado y acordado por el negocio.

    Tampoco se nos dijo: muchachos, me da igual que hayan pagado cinco mil dólares, pero tendrán que pasar de dos a tres horas en una fila, en un estacionamiento en plena autopista, para que al final unos guardias y policías dispongan la tarifa que ellos quieran, a riesgo de que ocurra cualquier cosa, porque pagando hasta 25 o 30 dólares no tienes garantía de seguro o rembolso si tu carro sufre algún perjuicio durante la noche a la intemperie.

    Es precisamente la letra chiquita, el contrato leonino, el que nunca se informó y el que criollamente se dejó correr como bola de nieve, causando un problemón que afortunadamente no concluyó en tragedia o en un melodrama peor.

    De todos modos, el sabor amargo de boca sigue acentuándose entre quienes asistimos de buena fe, para ser objeto del trolleo y de la corrupción generalizada de las autoridades que resguardaban el lugar, las cuales a cambio de brindar la seguridad, privatizaron un derecho público como es hacer su trabajo y proteger los carros.

    De ahí que en medio del lejano oeste que se decretó, los agentes y funcionarios protagonizarán el desfalco de los pobres clientes que deseaban estacionar, cobrándoles vacunas a precios ridículos, como si ofrecieran un servicio VIP.

    Es un dinero que no suma al país en impuestos, que normaliza la condescendencia del estado hacia la coima y la mafiocracia que permite que los uniformados se redondeen, quitándole el dinero a los contribuyentes en la vía pública.

    Ello lo consintió la organización del concierto, no por nada aliada al régimen.

    En efecto, el colmo se vivió dentro de la tarima, al aceptar que el Potro diera cringe, abriéndole a los extraterrestres. Otra arbitrariedad por la que nadie pago, y que se añade al orden de desatinos de la velada.

    Por último, existe una mentalidad fallida de creer que vendiendo tickets de cerveza, se encauza parte del daño. Nada más falso, porque ahí está el ejemplo del estadio, que tranquilamente te vende cervezas con gente preparada de verdad, en cualquier sitio.

    Una cuestión sin sentido los gusanitos para vender tickets, en una época de aplicaciones y facilidades digitales. Tienen una mentalidad de verbena de los años noventa. Nada funciona así en la actualidad del primer mundo. Solo en Venezuela.

    Ni hablar de los precios desorbitantes de la comida y las bebidas.

    Por fortuna, lo de Wisin y Yandel compensó y es otro beta del positivo, a pesar de las dificultades.

    ¿Saben qué? Yo al final me pasé el suiche con Malena, porque bastante trabajo nos costó llegar hasta aquí, y decidimos entregarnos al perreo intenso, al paranpanpán, al Racata que nos obsequiaron doble U e I griega.

    El dúo de la historia tiene algo de Puerto Rico que solo conocen los malos, los guajiros, las potencias, los chamanes de la isla del encanto.

    Como diría César Miguel Rondón, “Ahora es” sonó como una gandola sin miedo y sin freno, hasta que se rompa el suelo del Poliedro.

    Queridos colegas, se han dado cuenta que los líderes que el pueblo ha apodado “los extraterrestres”, resucitan a las ánimas de Lavoe, Willy Chirinos, Marc Anthony, Willie Rosario y sus anuncios clasificados, a ritmo de un dembow electrizante.

    Dámelo!

    El regetón de Wisin y Yandel reivindica un arte que dominaron e hicieron grandes los titanes de la sala erótica, pero con los tonos descarnados y las líricas gansta de monstruos como Don Omar, Tego y Vico C, el filósofo.

    La voz ruda y grave de Wisin se mete en un guante a la audiencia, invitándola a romper con sus atisbos, sin rollo.

    “Oye, tranquila bebe, que no va a ver revuleo, usted anda conmigo”.

    Wisin y Yandel se gastan bromas en escena, y son como una especie de “buddy movie” en tiempo real, vacilándose mutuamente.

    Wisin es el maestro de ceremonias, el patrón de la orquesta, que marca los cambios de velocidad de la bandota. A veces parece el hermano mayor de Yandel, o su papá, o su tío, que le echa broma y lo avergüenza en público, para hacernos reír.

    Yandel tiene una voz más aguda, y un estilo millenial que calza perfecto con el modelo “baby face” que le abrió las puertas del género al planeta mainstream, conquistando al universo con uno de sus últimos hijos: Bad Bunny, descendiente natural del éxito de los extraterrestres y las cuatro potencias del  reggaetón.

    Bunny es un producto perfecto porque es un “bonito” como Yandel con la voz de un Wisin y el look mutante que hoy fascina a los pibes. 

    Cuando finalizaba la experiencia, ni me di cuenta de cómo el tiempo pasó de rápido, viendo que la música nos quitó los ceños fruncidos de Caracas, a la vez que la niña del Mater sandugeaba con los convives de Carapita en banda.

    Es un milagro que todavía exista una esencia, una esperanza de buscar reconciliarnos y reencontrarnos, al margen de tantas divisiones creadas para disgregarnos.

    El aparato se diseña para segregarnos. Pero el público resiste, hermanándose y juntándose a través del arte.

    Gracias Wisin y Yandel por tanto!

    Detallazo que Wisin haya mencionado que quiso regresar a Venezuela, cuando ofreció su concierto en Chile, impresionado porque la mayoría de los asistentes eran venezolanos.

    Definitivamente, la música nos une.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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