domingo, enero 23, 2022
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    «Yo y las bestias»: el nuevo cine venezolano de la disidencia y la diáspora

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    “Yo y las Bestia” es la única representante de mi país en el Festival Mar del Plata 2021. Buena noticia que el certamen se actualice con lo mejor del patio criollo, que a pesar de sus desigualdades, continúa resistiendo y aguantando con dignidad.

    La ópera prima de Nico Manzano rompe con el canon de lo que aprueba el régimen cultural de Maduro, es decir, puras críticas al pasado o afirmaciones del procerato de la independencia, en forma de sermones bolivarianos de un costo obsceno, con el cual se harían veinte “Yo y las bestias”.

    Agradecemos que el caso Venezuela se visibilice en los Festivales, donde se tiene miedo a debatir adultamente en base a nuestras diferencias ideológicas. Los certámenes pierden una bonita oportunidad de generar espacios de intercambio real, al optar por entubarnos en una membrana de buenismo y corrección política.

    “Yo y las bestias” expresa la disconformidad que siente una amplia mayoría del país, ante el fracaso del liderazgo político, de lado y lado. El protagonista renuncia a una banda, porque no desea colaborar con los militares que organizan el Festival progre de Suena Caracas. Una historia basada en hechos reales que dejo hasta aquí, pues los implicados se señalan sutilmente en el armado del filme, ocupando uno de sus chistes internos.

    Manzano y su hermano son insiders de la movida musical en Venezuela, y con “Yo y las bestias” ejecutan una de las revisiones descarnadas que merece el mundito de los grupos del llamado sifrirock en Venezuela.

    Al ver la película, los satirizados sabrán identificarse en canciones, situaciones absurdas y tramas familiares de chicos hartos de tocar música ligera, para no desentonar con la dictadura.

    Por ratos, la película radiografía al pelo a una Venezuela insegura, de destino incierto, plagada de alcabalas, sueños quebrados, emergencias de migración forzosa y melancolía profunda que solo algunos pueden canalizar a través de la música y el arte, como el antihéroe de la tragicomedia que interpreta Jesús Nunes, en uno de los unipersonales del año en Venezuela.

    Me cuenta Max Manzano que trabajó con él para enseñarle acordes y tocar la guitarra con propiedad. La labor de los hermanos Manzano traspasa la pantalla, agregándole una veracidad triste y nostálgica que me recordó al Kubain introspectivo y terminal, zombie y ensimismado de “Last days”. Mientras el dispositivo de Gus Van San es crudo y contemplativo, el de Nico conserva un minimalismo que se eleva con notas de fantasía al estilo de Wes Anderson y “Ghost Story”.

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    La profesora Malena Ferrer agrega que la película acierta al reproducir una temperatura y un código de habla, de quienes pertenecen a la clase media del país, debatiéndose entre quedarse o irse por la frontera. Precisamente, una de las conversaciones emotivas del filme comprime la decepción del protagonista al no contar con el respaldo de una amiga incondicional, porque ha preparado sus maletas para partir, considerando la música un privilegio que para ella está en un tercer plano, al punto del olvido.

    Arte o sobrevivencia es uno de los grandes dilemas que repercuten en la estética de cabezas cortadas e incomunicaciones varias de “Yo y las bestias”, inspirada en una corriente de influencias “martelianas”, jugando con el fuera de campo y la huella surrealista.

    Nada más espero que llegue a la cartelera nacional y que la audiencia millenial la disfrute como un resumen de una nación inconforme que busca desesperadamente por un rumbo, por un desahogo de un grito y un malestar que nos supera.

    Recientemente, hubo elecciones en Venezuela y se alcanzó la más alta abstención en nuestra historia.

    Estimo que “Yo y las bestias” proponga una catarsis necesaria, para los que disentimos en el país.

    Lo hace sin estridencias, sin aires de panfleto, con la dosis justa de humor negro y anarquía punk.

    Es de una generación de relevo que merece nuestro respeto, por no hincarse de rodillas ante los reyes desnudos.

    Rodeado por sus bestias, el alter ego de Nico Manzano nos interpela y representa a la distancia, con nuestras virtudes y defectos, nuestros límites y posibilidades de escape.

    Es el exilio que llevamos por dentro. El desarraigo y la soledad. Algo que es mejor no guardarse y convertir en poesía rock, en una película de signos y sentimientos encontrados. Una fuga a contracorriente con un sonido atmosférico que embriaga como su fotografía. Mención especial para la escena del “munchis” y los “nombres” de la banda, comiendo cereal.

    Uno de los secretos del guion que te harán reír para no llorar.  

    Prepárense para la secuencia con los “pacos”.

    En fin, humanidad y desazón por los cuatros costados. Lo que estamos reclamando en el cine venezolano. No por casualidad, su director pertenece a la diáspora.

    Es hermana de «Dirección Opuesta», de inminente estreno en salas.

    El desencanto de la no épica.

    Avanzan los desiertos de desilusión, espero a que cambie la estación.

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    Sergio Monsalve. Director Editorial de Observador Latino.

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