domingo, noviembre 27, 2022
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    Yoaibimar, ‘La Marginal’ como símbolo de una generación perdida

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    Si fuese por muchos venezolanos, Yoaibimar la marginal sería deportada, devuelta a su país.

    En Tik Tok circulan videos, donde venezolanos manifiestan una extraña forma de autoxenofobia, alentando su deportación.

    De hecho, el tema de su deportación ha sido ventilado informativamente, como rumor, por sus antecedentes penales y porque “supuestamente vende contenido sexual”, para mantener a su hijo.

    Una cuestión que no gustaría a las autoridades norteamericanas que le tienen el ojo puesto.

    Más allá de toda la polémica a favor y en contra, llama curiosamente la atención todo el fenómeno que se ha desatado y tejido alrededor de ella, generando un debate acerca de lo que es el impacto de la migración venezolana en Estados Unidos.

    Yoaibimar la marginal se ha convertido en un símbolo de la explotación venocopop, en un arquetipo que despierta pasiones encontradas, un poco las sensaciones de amor y odio que nos afectan a los venezolanos por serlo y por cargar con el peso de uno de los pasaportes menos queridos en el mundo.

    De modo que ella absorbe energía tóxica, el hate que se ha normalizado en las comunicaciones, entre los que se fueron y los que se quedaron.

    Por supuesto, hay mucho de racismo en ello, mucho de las historias de exclusión y marginación que nos marcan el destino, dentro y fuera del país.

    Sobre “Yoaibimar la marginal” existe también la intervención de narrativas fuertes que la sobrepasan: el calvario de su historia en el infierno del Darién, el hecho de ser madre soltera con un hijo que tiene una condición, la realidad de vivir como exiliada mujer, desde un evidente lugar de vulnerabilidad.

    Ilegal en Nueva York, como Blanquito Man, a la espera de alcanzar un sueño americano que es el del tantos que van a la búsqueda del dorado, sin lograrlo, apenas rozándolo, una muestra de las asimetrías de un planeta fuera de balance, todavía en el milenio, de retroceso civilizatorio. Un caso de estudio del fracaso de los proyectos modernos y posmodernos que ahogaron las promesas incumplidas del mantra, de la Venezuela saudita, y demás cuentos distópicos de la historia patria.

    A una primera ola migratoria de venezolanos que salieron por sus propios medios a buscársela en Nueva York, cruzando fronteras formales con visado, ha sucedido una segunda ola o inundación de migrantes desesperados que huyen despavoridos de la Venezuela que no se arregló o que no se arregló para ellos, al menos, con una mano adelante y otra atrás, si acaso, como balseros que caminan.

    De la salida por Maiquetía a la huida por el tapón infestado de perros salvajes, jaguares, culebras y demonios del averno del Dante. Una pesadilla.

    Pasamos de una generación de migrantes preparados, con estudios, a una de iletrados con antecedentes penales, a una de influencers sabelotodos y sabelonadas que proclaman el credo de la autoayuda, sobre la base de un puñado de supercherías y fantasías aspiracionales de extra de video de regetón, con podcast propio, para hablar de cualquier cosa con la arrogancia del ignorante endógeno. La diferencia es dramática.

    Es la misma generación de rompedores de récords Guinnes que a nadie importa, que a nadie interesa, que dan perfectamente igual. Mañana romperán otro récord por encadenarse ocho días, emulando al comediante en jefe. La confusión es total, porque no se entendió que llegamos hasta aquí, precisamente por el irrespeto a la palabra, por el exceso de retórica personalista hueca e intrascendente, por cortesía de un Chávez que rompió todos los récords Guinnes de abusos de la comunicación. Así que adelante, sigan grabándose, hablando pistoladas, que el tiempo pasa y todo marcha tan igual.

    Por ello, Yoaibimar ha despertado simpatía en muchos sectores de la sociedad que la ven como ejemplo de resiliencia y resistencia física. Por igual, en el mismo sentido, su imagen genera rechazo, según un prejuicio muy arraigado que niega las experiencias de los demás, sobre todo cuando son encarnadas por personas que sufren y padecen.

    Considero que el relato de endiosarla o condenarla, de forma populista o condescendiente, no es correcto o preciso. No es justo con nadie, con ningún venezolano, capaz. Ahí se cifra un problema de percepción que nos nubla la vista, según un clásico esquema binario y exitista, de venirnos arriba o abajo con cualquier cosa.

    Una caja de pensamiento que se impuso, bajo las pobres ideas dialécticas que abonó el régimen.

    De pronto, buscando más profundidad, hay que decir que Yoaibimar es una víctima más de la dictadura, de una política nefasta que provocó la estampida de 7 millones de venezolanos, la muerte de muchos de ellos en el Darién.

    Supongo que ella como cualquiera de nosotros, necesita más de empatía, de comprensión, que de estatuas o cancelaciones, que de loas o humillaciones. Suficiente calvario con tener que soportar una dictadura que nos impide reconciliarnos con valores como la democracia, la justicia.  

    Por eso, para Yoaibimar, como para el resto de venezolanos, pido un poco de contexto, antes que de señalamientos y paredones de fusilimiento. Pido un poco de piedad, la que no tiene Maduro con nosotros.

    Yoaibimar es hija de una Venezuela condenada por la Corte Penal, donde no se vive, ni siquiera se sobrevive, donde la gente huye en masa, sacrificándose en una apuesta que le puede costar la vida.

    Pensemos en ello, cada vez que nos invada el sentimiento muy tóxico, y ahora nuestro, de culpar a un compatriota por la desgracia del país.

    Al final, no es culpa de Yoaibimir, tampoco se trata de que seas fan o no.

    El problema está en el estado fallido que no le brindó oportunidades en su país, para superarse, tener una educación digna y darle medicinas a su hijo.

    Triste que ella pertenezca a una generación perdida que se consuela con Tik Tok, con los fuegos fatuos de la consigna gastada del emprendimiento, con las ilusiones de fama del momento.

    Así es muy imposible construir futuro.

    Habrá que reunificar al país con planes y trabajo, con un cambio de gobierno, no con una camada de influencers truchos y desorientados, carentes de formación.

    Por lo pronto, Yoaibimar es un síntoma de la decadencia nacional. Aunque algunos se conformen con verla bailar en Nueva York.

    Al menos, obvio, allá está a salvo y mejor.

    El tema es que Venezuela, el país de donde salió, sigue en deuda con ella, sigue a la deriva. Un círculo vicioso

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

    1 COMENTARIO

    1. Sergio comprendo la idea de tu texto pero hay cosas con las que no estoy de acuerdo. Escribes de una generación que le fue robada su oportunidad y eso no es cierto del todo, siempre hay la posibilidad de superarse, claro si uno quiere. Venezuela vivió la dictadura de Gómez y la gente trató de educarse. Creo que lo que se critica de este personaje y muchos tantos es que llegaron como Chávez al poder y en vez de trabajar y buscar las posibilidades se comportan como si estuvieran en el barrio y se supone que vienes buscando una oportunidad; no el Sueño Americano pero si una oportunidad. Muchos de los centroamericanos que llegan aquí vienen apoyado por un familiar que los proteges para que trabajen y ayuden a sus familias. Si eres venezolano ya sabes cómo es nuestra idiosincrasia tipo Eudomar Santos.

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