martes, diciembre 7, 2021
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    Horror: Abren quincalla en Museo de Arte Contemporáneo

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    Abrieron una bodega en la parte inferior de la entrada del Museo de Arte Contemporáneo, mientras permanecen cerradas las puertas del recinto cultural.

    La noticia viene corriendo desde hace semanas y quisimos ir a comprobarlo con nuestros propios ojos, para tomar fotos y hacer la respectiva denuncia, por tamaña afrenta a la entidad estética del patrimonio arquitectónico de la nación.

    Solo en tiempos de Maduro puede entenderse el deterioro de la institución y la falta de respeto de impostarle una quincalla en el marco visual de su fachada.

    Parte de la mentira de la «normalización».

    La tiendita se ubica en un corredor lateral del Museo, bajo unas escaleras de acceso hacia la Biblioteca y la sala virtual del proyecto liderado por Sofía Ímber, cuya obra maestra sigue siendo atacada y degradada por el régimen, al permitir la “ranchificación” del espacio y del contexto.

    La nueva “tiendita” del Museo, la tiendita de la patria, acepta “dólares”, exhibe un grupo de tobos con cepillos para barrer, y unos diez papeles impresos con frases como “sí hay punto de venta”, “Pepsi por caja”, “alimentos”. 

    Por poco no figura el clásico, “hoy no fio, mañana sí”.

    Dicha instalación parece una pieza irónica de Meyer Vaisman, a la manera de su rancho polémico y censurado: “Verde por fuera, rojo por dentro”.

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    O una reflexión sobre la modernidad fallida, a cargo de Alexander Apóstol, quien lleva décadas investigando en el tema.

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    O un apéndice de la foto «Caracas Sangrante» de Nelson Garrido, dada la cercanía con el entorno distópico de Parque Central.

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    Pero debemos pisar la tierra.

    No se trata de una intervención artística, sino de una consecuencia maléfica de la gestión de Ernesto Villegas en el Ministerio de Cultura.

    A él debe atribuirse las agresiones sufridas por el Museo Contemporáneo, desde el absurdo cambio de nombre hasta el permiso para empotrarle “un emprendimiento popular”, un kiosco de productos bachaqueados, importados y de marcas piratas.

    Sería un pequeño resumen, una caricatura chavista del país bodegón de los bolichicos, pero en la escala de un negocito improvisado.

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    Llegamos, tomamos fotos, entramos al sitio, preguntamos por precios, nos infiltramos sin llamar demasiado la atención, pues el control de los colectivos y guardias, es absoluto.

    Ellos ejercen la autoridad única.

    Me imagino cómo haría el reporte Luisito Comunica: se compraría un refresco, de forma demagógica, superficialmente reseñaría la ubicación del sitio, recomendaría visitarlo en un Tik Tok, porque en Venezuela «estamos mejor».

    Lo mismo sucedería en uno de los videos de las influencers sifrinas de moda: “hoy fuimos al Museo de Arte Contemporáneo, es súper cool y bello, aunque está cerrado. Pero hay una tiendita súper cuchi en su entrada. Ahí compramos un Gatorade y unas galleticas riquísimas, todo en 10 dólares. Lo recomiendo”.

    Fuera de cualquier broma o alusión a los vende humo que descubren la ciudad a destiempo, las adyacencias del Museo de Arte Contemporáneo reflejan el concepto de un estado campamento y provisional, que cuestionó Cabrujas en su época.

    En efecto, una larga cola de personas rodeaba la calle de acceso al Museo, a la espera de su llamado por una vacuna.

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    Logré capturar el momento de refilón, en vista de la paranoia por la cantidad de funcionarios.

    Era la fila que aguardaba por la dosis que suministran en el viejo Hotel Hilton, después Alba, ahora una suerte de Hospital que se emplaza en uno de los corazones turísticos y culturales de Caracas, frente al Ateneo, la plaza de los Museos, el Teresa Carreño y al lado del MACSI.

    La gente amaneció ahí a la intemperie, con cara de fastidio, con una proximidad preocupante que impide el distanciamiento social.

    De facto, la entrada del Museo es un retrato de la república que desequilibró la administración socialista de los rojos.

    El comunismo no perdona.

    ¿Cuál es el futuro del Museo de Arte Contemporáneo?

    ¿Transformarlo en bodegón, en un nuevo Saigón o City Market?

    ¿Entregarlo en concesión a un enchufado?

    El presente no necesita de mayores interpretaciones y traducciones.

    Es la imagen de una Venezuela que en lugar de cultura, ofrece mercancías, chucherías y descuentos de buhonero.

    Encuentre usted la moraleja de la historia. 

    Sergio Monsalve. Director Editorial de Observador Latino.

    Autor del texto y de las fotos del Museo.

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