domingo, agosto 7, 2022
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    La matraca como política de Estado

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    La matraca vuelve a ponerse de moda, por el efecto viral de un video de Valentina Quintero que denuncia la extorsión que sufren los venezolanos en las carreteras.

    El tema se ha posicionado en Twitter con la palabra “Alcabalas”, al punto de provocar una respuesta de las propias autoridades incompetentes que permiten que los policías cobren vacunas a los ciudadanos, por cualquier cosa, para sostener a la red de corrupción que se aloja en las fuerzas represoras de la nación.

    En vano Nicolás hace un llamado a la conciencia, a la doble moral más bien, amenazando con castigar a los uniformados que roban en la carretera, cual banda organizada para delinquir con chapa.

    Un sermón presidencial no afecta a la cadena de mando que impone recaudar en puntos de control, con el fin de engordar las arcas de los dueños del negocio sucio.

    Así es con todo, con la gasolina, con los bolipuertos, con el Saime caído a propósito, con la CANTV, con la cadena alimenticia y demás servicios.

    Objetivamente, no se trata de un problema de la voluntad individual, de la responsabilidad social y personal, sino de una manera de gestionar al estado desde la opacidad, el sectarismo y la explotación de los recursos públicos en beneficio propio.

    Es la escuela del PSUV, de Fuerza Vecinal asociada al clan de Fospuca, de los dialogantes eternos, de los alcaldes y gobernadores como Lacava, que distraen los fondos del erario para intoxicarnos con su propaganda de narcisos acomplejados, poniendo sus caras en pancartas hasta para tapar un hueco o cerrar una alcantarilla.

    La mentalidad de la matraca, del que abusa porque puede y hay impunidad, es la tendencia irreversible que se adopta, apenas saliendo del colegio.

    Por algo, las graduaciones de bachilleres devinieron en matracas ambulantes de pandillas que azotan las vías y las urbanizaciones de civiles, con técnicas de tortura blanca, las mismas que se aplican en tumbas y prisiones donde se violan derechos humanos, poniéndole música estridente a los cautivos, a efecto de dominarlos e infantilizarnos, aplicándoles una terapia de shock.

    La vulnerabilidad de la pandemia, la cuarentena, el ascenso de una incultura de la condescendencia, generaron una sociedad de pequeños cómplices de clase media que admiten que sus hijos celebren, alterando el orden y la paz pública.

    El chantaje viene desde casa en la normalización del maltrato como código y el irrespeto como modo de incomunicación social.

    De ahí que seamos víctimas de nuestros propios vecinos con sus complejos de rediseñadores y maestros de obra, martillándonos sin fecha clara de cierre con sus estruendosas remodelaciones, para las cuales no piden permiso u ofrecen una mínima disculpa.

    Hay que calársela porque somos caraqueños, somos buenos, somos arrogantes y los soberbios no tienen por qué dar explicaciones.

    La matraca mental afecta la concepción del espacio privado, pensando que como es mío puedo violar derechos e interpretar la ley como quiera, incluso imponiendo la ley por propia mano.

    Venezuela se fregó si sus padres pagan bachilleratos, para graduar en masa a un ejército de escuchadores de regetón a full volumen.

    Porque es lo único que ponen, un loop cansino y estereotipado, un play list monocorde de género urbano, que glorifica el sexismo, la pornificación, la misoginia, el materialismo, el malandreo y el vicio.

    De combinarse con otros estilos, podríamos digerirlo un poco. Pero a la dictadura de la matraca, la secunda la dictadura musical de Bad Bunny y toda la falsa infraestructura mediática que lo endiosa, careciendo del menor sentido crítico.

    El país matraca es también el de la incrustación arbitraria de la estatua del Cacique Guaicaiupuro, que nadie pidió, que no se sometió a concurso alguno, que un inmenso abuso de autoridad encalló en una autopista, provocando confusión, enervación y distracción, trastocando el tráfico.

    Ahora la gente disminuye el paso a la altura del mamotreto, generando un embudo y una imagen chirriante que invita al accidente.

    De hecho, el sentido del gusto se ha matraqueado, al vender como auténticas un cúmulo de experiencias truchas y faranduleras que glorifican la nostalgia por una serie de artistas banales que tocan en conciertos, a expensas de la inocencia y el aislamiento de la audiencia, que ha perdido la sintonía con el mundo.

    La patria de la matraca se muerde la cola siempre, creando las condiciones para que miles pierdan su identidad, al no tener pasaporte y tengan que participar en la lotería de la muerte del Darién, de las caminatas por las fronteras, bajo el peligro de ser extorsionados, violados, torturados y asesinados.

    De modo que el continente también involuciona, abrazando la operación matraca.

    ¿Cuál es la alternativa?

    Definitivamente pasa por abolir las alcabalas, los diezmos y los impuestazos que instituyen el saqueo generalizado.

    Un cambio de pensamiento que no se dará de la noche a la mañana.
    Pero por algún lado tenemos que empezar.

    La matraca como política de Estado 5
    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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