lunes, mayo 16, 2022
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    Gustavo Roosen | Ciencia, Tecnología y Humanismo

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    Pensar en el satélite James Webb nos lleva a constatar la revolución científica y tecnológica que está transformando el mundo. En las grandes empresas, como la de la conquista espacial, tanto como en la cotidianas o las de la producción, de los negocios, de las comunicaciones, de la energía, de la medicina, los avances en ciencia y tecnología modifican día a día el mundo y las relaciones de todo orden

    Cuando el 25 de diciembre del 2021 nuestros teléfonos inteligentes o las pantallas de nuestros televisores se llenaron con las imágenes del lanzamiento del telescopio espacial James Webb nos convertíamos todos en testigos de una histórica misión científica.

    Gracias a las imágenes capturadas por el telescopio podremos retroceder en el tiempo 13.500 millones de años hasta la primera generación de galaxias formada tras el Big Bang. Orbitando alrededor del Sol, el James Webb deberá cumplir dos importantes misiones: explorar las primeras edades del universo y estudiar exoplanetas, es decir, planetas alrededor de estrellas distintas de nuestro Sol.

    Amber Straughn, astrofísico de la NASA, ha afirmado que el observatorio espacial permitirá a la humanidad responder dos preguntas esenciales: «¿De dónde venimos?» y «¿Estamos solos en el universo?». Los resultados que obtenga el James Webb nos posibilitarán, en efecto, no solo retroceder en el tiempo sino entender muchas cosas de nuestra galaxia y de la vida. El hecho abre una nueva era del conocimiento de enormes consecuencias. Por de pronto, estimula ya el sueño de la humanidad de habitar otros planetas o de encontrar en ellos manifestaciones de vida. 

    Pensar en el satélite James Webb nos lleva a constatar la revolución científica y tecnológica que está transformando el mundo. En las grandes empresas, como la de la conquista espacial, tanto como en la cotidianas o las de la producción, de los negocios, de las comunicaciones, de la energía, de la medicina, los avances en ciencia y tecnología modifican día a día el mundo y las relaciones de todo orden. Los grandes descubrimientos encuentran aplicación casi inmediata a la vida de la gente, al conocimiento, al mundo del trabajo, a la productividad, al empleo del tiempo, a la visión misma del mundo y de sus oportunidades.

    El futuro de las aplicaciones viene con una carga de promesas y, simultáneamente, con la advertencia sobre el riesgo de quedarse al margen de los cambios que ofrece. Se pone de bulto la diferencia entre avanzar o quedarse rezagado. Si la pandemia evidenció nuestra debilidad y significó tiempo de cambios y de limitaciones, con reducción de la actividad económica, inflación y pérdida de trabajo, los avances científicos y tecnológicos, en contraste, abren un mundo esperanzador, colmado de expectativas, y activan la fuerza del conocimiento y la innovación. Todo hace pensar que nos encaminan hacia un mundo más humano, con mayor comprensión y uso de las fuerzas y de las leyes de la naturaleza. 

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    Hay quien piensa, como en su momento el jesuita Teilhard de Chardin, paleontólogo y filósofo francés, que los avances en la comprensión del mundo acercan el encuentro con su creador. A partir de la tendencia del universo, Teilhard vislumbra el Punto Omega, al que define como “una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia o el punto más alto de la evolución de la conciencia”. La existencia del Punto Omega es para él la aceptación implícita de que el Universo tiene sentido, en contraste con las posturas nihilistas que rechazan toda posible finalidad atribuida a la evolución. 

    En contraste con quienes ven en el  avance científico y tecnológico una fuente de oportunidades para mejorar la calidad de vida y para la afirmación de un nuevo humanismo, no faltan las postura críticas como la del historiador Yuval Noah Harari, quien afirma que “las revoluciones tecnológicas dejan rezagados a los procesos políticos” y que “estamos a punto de enfrentarnos a un aluvión de dispositivos, herramientas y estructuras utilísimos que no dejan margen al libre albedrío de los individuos humanos”.

    Pese a los riesgos que advierte Harari de que avances como la ingeniería genética y la inteligencia artificial pudieran dejar obsoletos el liberalismo, la democracia y el mercado libre, en su libro Homo Deus, afirma: “En el siglo XXI, el gran proyecto de la humanidad será adquirir poderes divinos de creación y destrucción, y promover Homo Sapiens a Homo Deus”. 

    Desde una perspectiva más positivista solo es dable esperar la convergencia de ciencia y conciencia, avances tecnológicos y libertad. Más humanismo en definitiva.

    Gustavo Roosen

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    Gustavo Roosen
    Abogado. Presidente Ejecutivo del IESA.

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