martes, mayo 17, 2022
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    De cómo Putin explota la respuesta tibia de la generación woke, para invadir Ucrania

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    Putin ha sido dominado por su personaje carismático, siendo poseído por el espíritu diabólico, zarista y nacionalista que se inventó para reprimir a su país y ahora al mundo en vivo y directo.

    Pero su lucha Nazi no se propaga solo por los medios convencionales del siglo XX: el cine y la radio(que provocaron el ascenso y la caída del Fhurer), la televisión(que hundió la moral de Estados Unidos en Vietnam, al tiempo que la reflotó por CNN desde Bagdad y el once de septiembre), la web punto cero(cuyos blogs desnudaron y denunciaron las inconsistencias de las intervenciones en el medio oriente) o las redes sociales como Twitter(que detonaron las primaveras árabes y las revoluciones de colores, generando un efecto rebote de permitir el empoderamiento de fuerzas oscuras como el Estado Islámico).  

    El déspota del Kremlin, durante su intervención quirúrgica y sangrienta sobre la región de Donbass, se ha valido de una plataforma multivérsica, como de Loki, donde ha conseguido secuestrar la atención de todos, como un terrorista burocrático de nuevo cuño, que expande sus tentáculos y golpes informativos por un sistema bastante tradicional y analógico, en apariencia, que en realidad oculta una vasta operación psicológica a través de boots y engranajes de la web profunda, destinados a terciar la opinión colectiva, a costa de sus armas digitales de destrucción masiva.

    Así como Baudrillard pudo sentenciar que “La Guerra del Golfo no estaba teniendo lugar”, por la cantidad de manipulaciones y censuras que impedían formarse una opinión real de los hechos, hoy cabe afirmar que la de Ucrania avanza como una guerra audiovisual que le funciona a Putin, en cuanto muestra más testimonios sesgados de voceros con intereses y fanáticos, que imágenes lo suficientemente escandalosas y desgarradoras como para exponer los daños colaterales de la desproporcionada e injusta incursión de Rusia en Ucrania.

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    Por supuesto, circulan un torrente de postales y registros de la catástrofe, con ruinas y soldados despidiéndose de sus novias con rosas, así como de muertes, bombas, tanques y demás horrores que sensibilizan a la aparente mayoría.

    De igual manera, agradecemos a la resistencia comunicacional, por desmontar el cerco de Putin.

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    No obstante, el grueso de lo que llega como material de archivo desde allá, todavía carece de un ícono o símbolo del despojo que mueva a la indignación general, como en su momento lo fueron las fotos del soldado caído en la guerra civil, las películas de los niños desnudos corriendo y llorando por los efectos del napalm, las selfies de Abu Grahib.

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    Muerte de un miliciano de Robert Capa.

    En su lugar o en ausencia de gráficas contundentes, el reporterismo independiente ha logrado compensar la censura que predomina en el conflicto, notificando el impacto de los bombardeos, a lo lejos, y más cercanamente recogiendo las consecuencias fantasmales y desoladoras de los pobres y ciudadanos indefensos, auténticas víctimas, que se han quedado varados en medio de una invasión, que los aturde, los confunde, los atemoriza y los deja en un completo estado de sumisión.

    Putin evidencia la planificación de meses de semejante violación a los derechos humanos y territoriales de los acuerdos y tratados de cese al fuego, empleando un cerco mediático que aprendió de los fiascos en Kurks y sus batallas de anexión en su llamada “área de influencia”.

    Siendo miembro del Consejo de Seguridad, con derecho a veto, es poco lo que se puede esperar como respuesta de una comunidad internacional, debilitada precisamente por un historial de fracasos y fiascos bélicos del siglo XX, que el putinismo explotó como revancha y ajuste de cuentas con “la hipocresía” de occidente, al antes permitir los desastres humanitarios de Yugoslavia, la crisis de Irak y la torpeza en la salida de Afganistán.

    La narrativa de Putin, igual de cínica y farisea que la del “mundo libre”, se cobra una ficha de su zona estratégica, que era joya de su corona, y que estaba esperando el momento para darle el zarpazo, aprovechando la debilidad que produjo un planeta que apenas se recupera de la pandemia.

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    El relato de Putin, nada inocente como se piensa, absorbe y replantea lo que se ha escuchado en Consejo de Seguridad, desde hace décadas, para iniciar conflagraciones absurdas y concentradas en un ejercicio de depredación y reconquista colonial de recursos ajenos: “es una invasión con fines preventivos”(argumento de Bush para justificar el acta patriótica), “vamos a desnazificar a un país”(la falacia del Reductio ad Hitlerum que se implementó contra Hussein y Gadafi), “tenemos un derecho histórico sobre nuestros asentamientos del pasado”(clásica retórica que se acepta silenciosamente, cuando potencias quieren anexionarse una porción que les conviene).

    Por la instrumentación de dicho complejo de culpa, el discurso de Putin acaba siendo un remedo maquiavélico y perverso, como el de los populistas que oprimen a Venezuela, basados en pecados del pretérito y en una aplicación resentida de las teorías de la guerra.

    Luego, hecho el daño psicológico, Rusia procede a enviar su mensaje, contando con la promoción indiscreta y acelerada de los influencers populistas que lo alaban y lo celebran, como un dignatario legítimo, aupando sus decisiones deshonestas.

    La de Rusia fue una estrategia que se asentó con los años de permitir el ascenso de nuevos líderes nacionalistas y fascistas como Orban, porque nos defendían de los progres, de Soros y tal.

    El resultado es que, con el caso Ucrania, Rusia ha venido a sacar réditos y frutos de lo que cosechó durante el milenio, poniéndonos a pelear por las redes en función de polarizaciones que han funcionado para desunir a las naciones, y consolidar las agendas de la doctrina del shock de los titanes locos como Putin, quien nos hace rehenes de su video juego por streaming, de su reality show macabro, al estilo del Daesh.

    Vean a Putin sentado y cómodo con su decorado austero, como cualquier funcionario gris de comiquita, que asume orgulloso un papel como de villano de utilería de película de la guerra fría, sabiendo que cuenta con una respuesta tibia e inútil de una generación de presidentes woke que él diseñó a la distancia.

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    Presidentes woke, líderes de cristal, para su población del despertar, que nada pueden hacer para impedir que Putin cumpla sus objetivos, pues se desempeña con una desfachatez e incorrección política, que solo debe ser enfrentada con la misma proporcionalidad.

    Hasta que Francia, Estados Unidos, Canadá y Reino Unido no lo entiendan, Rusia y China seguirán comportándose como regímenes matonescos, como Bullys sin freno que arrastran a una escuela por un abismo, debido a que leyes exigen una condescendencia y un dejar hacer ante ellos.

    Aparte, Putin se alimenta de la desarticulación de la OTAN, incoada por diversas gestiones, incluyendo la de Trump, a merced del America First. Hay que volver a fortalecer la OTAN, con dinero e inversión, para evitar futuras Ucranias caídas.

    Se libra, entonces, una guerra no solo territorial sino de mapas mentales, que lamentablemente gana Putin, al beneficiarse de un clima de conformismo, sanciones que no van al fondo de la cosa, y plena demagogia de unos demócratas que no se atreven a resolver el entuerto como pares, a no ser dentro de un salón de cómodos negociantes de la paz.

    Para allá vamos y volvemos, para una sentada predecible, que garantice el dominio de Putin sobre Ucrania, así como las sentadas de Venezuela, que facilitan la perpetuación de Maduro en Miraflores.

    De modo que estamos tan lejos y tan cerca del destino de Ucrania, bajo control imperial de Rusia.

    Veremos qué sucede en adelante.

    Cualquiera sea el caso, seguiremos reflexionando críticamente para ustedes.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Locutor en Circuito X. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Profesor UMA. Documentalista, docente, productor y guionista.

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