domingo, diciembre 4, 2022
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    Del fraude de Tejerías al indígena mecánico: la fábrica de buenos salvajes del régimen

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    En un primer video, un hombre desesperado denuncia el dolor que sufre la población de Tejerías, después de la vaguada, a merced de un estado corrupto que cobra vacunas para permitir el ingreso de la ayuda humanitaria.
    También señala, el señor de la camisa rota, que Maduro solo llegó a la pata del barrio, que hay un gueto aislado en lo alto de la montaña, y que la catástrofe se produjo por la mala gestión del gobierno, al no hacer nada con un dique que se rompió.

    Actualmente, se sabe además, que las mafias explotan el níquel en la zona, y que el negocio pertenece a unas redes vinculadas a los traficantes del país.
    En el siguiente video, el mismo hombre aparece con ropa nueva y un discurso diferente, rodeado por militares, funcionarios, alcaldes, gobernadores y cámaras de las televisoras oficiales.
    El pobre hombre, de quien aprovechan su condición de vulnerabilidad, pierde cualquier espontaneidad, modera el tono y el dispositivo de represión lo transforma en una oveja dócil del rebaño bolivariano, otro buen salvaje domesticado de los que la tiranía produce por toneladas, para burlar la furia popular, convirtiéndola en una caricatura que desalienta protestas y genera un clima de desconfianza apolítica.
    Títeres así, de doble pensamiento, se facturan en las operaciones de inteligencia de los sistemas comunistas, desde siempre.


    Los hemos visto, por igual, en Cuba y China, donde las catástrofes son particularmente espeluznantes, y cuando ocurren, afloran las contradicciones del poder y la desidia de la burocracia.
    Por su lado, el chavismo ha diseñado una estética no menos siniestra y singular, a la hora de exponer a sus arrepentidos, a sus famosos “saltadores de talanquera”, que un día reclaman derechos, y a la noche siguiente se guindan de las bolsas y de los bozales de arepa que les “donan”, para cooptarlos y callarlos.
    En la rutina mediática, en el guion de la censura local, una forma habitual es la de conseguir una evidencia, una confesión que desmienta una denuncia anterior.
    De tal modo, sucedió recientemente con el testimonio de la esposa de Carlos Lanz. Ella primero hizo señalamientos respecto a la desaparición y asesinato político de su esposo. Posteriormente, “confesó que mandó a asesinar” a su marido, en un video que la graba con una tranquilidad y frialdad pasmosa, carente de emoción, como dejando por sentado que se trata del montaje de una escena mecánica, de un mal ensayo, peor actuado.
    La confesión en video, un clásico de la propaganda cubana y china, se emplea sobre todo para acallar a los disidentes, bajarles una línea y transformar una crisis en una publicidad viviente de la dictadura del proletariado.
    Simple transacción comercial, en el mercado de la vampirización de la miseria.
    Paradójicamente, la cultura roja fábrica una fake news, cuya plusvalía ideológica instrumentan las redes mediáticas del desorden reinante.
    Así que la posverdad se legitima desde las esferas radioeléctricas de la hegemonía, para producir una mascarada que es el efecto especial favorito de Miraflores, una mentira repetida mil veces por la cámara de eco de Telesur y VTV.
    Como en 1984, a la “Matrix” endógena no le interesan las informaciones, ni atender a las demandas reales del ciudadano.
    A los verdugos de la democracia, por defecto, les encanta imitar a los “hypernomalizadores” de la Unión Soviética, cuando buscaron tapar con un dedo el desastre atómico de Chernóbil, comprando voluntades y conciencias.
    El status se ha acostumbrado a vivir en un régimen de simulacros y simulaciones, de pantallas y comiquitas como Súper Bigote, de paradas y muñecotes como el pinocho indígena que pusieron a caminar por la avenida Francisco de Miranda, a objeto de humillar la memoria de los venezolanos.
    Es aquel muñeco una radiografía de los manipuladores de cerebros, de los vendedores de humo, de los demagogos que sueñan con imposturas de ejércitos de seres arcaicos y primitivos, fáciles de conquistar.
    No se confunda usted.
    La imagen del “indio” en Chacao, no refleja simpatía alguna por nuestros ancestros originarios.
    Tampoco la escultura fea del Guaicapuro en la autopista o el robo de María Lionza, puros cromos de una imaginería premoderna y ancestral, colonizada por la condescendencia kitsch de la oligarquía totalitaria.
    Sus portes imprimen la foto de una de las fantasías favoritas de la monarquía tumultuaria y lumpen, establecida con la furia de las armas y los cañones.
    Para los conquistadores y reyezuelos de la república bananera, el mensaje es claro: debemos ser como una marionetas de indios y hombres bipolares de Tejerías, para que se nos exalte y se nos venere, como santos malandros, en las cortes de Sorte.
    No duden por un segundo que ello supone una estrategia incoada, una conjura de necios que pretenden que caigamos en el juego y en el peine de traicionarnos como ellos.
    De ahí que se celebre al demagogo que mágicamente cambia de parecer, descubriendo que hay futuro en elecciones y mesas de negociación.
    A ellos se les abrazará y se les elevará estatuas en las plazas de la revolución, cual indígenas de fibra vidrio y plástico que intercambian como barajitas en los albúmenes del mundial de los brujos de Chávez.
    Pero al final, es un truco barato, es una magia que se rompe ante las auténticas situaciones del Darién y Tejerías, en las que el barro y la naturaleza se tragan a miles de compatriotas.
    Ley del plano y el contraplano, del documental y la edición.
    En los primeros, conocemos los hechos crudos, como que los guardias y policías ahuyentan a los motorizados que quieren pasar ayuda humanitaria a Tejerías.
    En los segundos, el testimonio falso y el fingimiento de alianza para el progreso, pintan un mundo de felicidad y autoridad, de belleza e interacción sana con los buenos salvajes.
    De parte suya queda tratarse con dignidad y autoestima, o consentir que lo manipulen los Master of Puppets, como a un indio de hojalata y cartón.

    Del fraude de Tejerías al indígena mecánico: la fábrica de buenos salvajes del régimen 4
    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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