lunes, diciembre 6, 2021
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    Eduardo Casanova | La falsa revolución chavista

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    La mal llamada “izquierda” mundial, que después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética quedó muy mal parada, saludó con bombos y platillos la también mal llamada “Revolución” chavista

    Nacía una gloriosa revolución que junto con la cubana, un poco oxidada pero aún viva, sería la vanguardia del proletariado en su lucha contra la oligarquía y el criminal capitalismo que asfixiaba a los proletarios del mundo (¡uníos!) Cuba, que desde que el comunismo dejó de ser gobierno en Rusia y sus satélites estaba muy mal, sin gasolina y al borde de la quiebra, con la valiente Revolución chavista encontraba de nuevo quien le diera gasolina y quien la mantuviera.

    Un verdadero milagro del Sagrado Corazón de Lenín. Y para mayor alegría se daba en el país más rico del subcontinente, la nación que tenía las mayores reservas petroleras del mundo. Un país tan rico que por sí solo podría financiar todas las revoluciones de medio mundo. El Comandante Hugo Chávez era un verdadero héroe, un líder, un hombre providencial, de origen humilde, de una simpatía contagiosa y con un corazón verdaderamente revolucionario. Invencible. La Revolución Bolivariana estaba destinada a ser, junto con la rusa y la cubana, la gran revolución proletaria que la humanidad había esperado por siglos.

    Los jóvenes latinoamericanos aplaudieron a rabiar la novedad, la derrota inevitable de los aristócratas, los oligarcas y los reaccionarios. Chávez era el modelo que habían estado esperando por décadas. Pero pronto empezaron a verse señales claras de que la “Revolución” chavista no era tal. Si los “izquierdistas” no hubieran sido tan sectarios y superficiales se habrían dado cuenta de que los líderes chavistas, empezando por el propio Chávez, no eran tan “revolucionarios” como se había creído. Estaban más interesados en la buena vida y en las riquezas materiales que en la suerte de los proletarios del mundo (¡Uníos!). Y además de corruptos eran abiertamente ineptos e irresponsables.

    El propio Chávez, por loco e irresponsable, se encargó de matar la gallina de los huevos de oro: de un plumazo despidió a miles de trabajadores y empleados de PDVSA, que en su casi totalidad se fueron del país y encontraron empleos en distintos países, por lo que la producción de petróleo se vino al suelo, y aunque Chávez, por no perder el favor de los “izquierdistas” del mundo optó por perjudicar a los venezolanos privándolos de la gasolina que necesitaban y dársela en cambio a Cuba, ya no era lo mismo. No podía aumentar las cantidades de combustible que enviaba a los cubanos, y más de una vez ni siquiera pudo cumplir con la cuota que habían convenido. Por otra parte les era imposible disimular la realidad de que los chavistas son corruptos, incompetentes y torpes, y no pueden ser tenidos como ejemplos de nada.

    La pretendida “Revolución” chavista no es otra cosa que una dictadura tropical sin ideología, un gorilato latinoamericano como tantos que ha habido desde que estos países se independizaron de España. Todavía muchos jóvenes seguían creyendo en el chavismo, pero únicamente por ignorantes y tercos, y por sectarios, y era cuestión de tiempo. Más temprano que tarde se darían cuenta de que los habían engañado y la pretendida “Revolución” chavista no era como se las habían pintado ni mucho menos. Hace algunos años, en Chile, traté de hacerle ver a un joven amigo de mi familia chilena la realidad, y me estrellé contra un muro de ignorancia y sectarismo muy difícil de franquear.

    El joven estaba convencido de que yo me oponía a la revolución chavista por defender mis intereses, mi condición de rico, oligarca y miembro de la aristocracia venezolana. Me medía por su propia vara, que es algo muy difícil de combatir. ¿Por qué por su propia vara? Porque para un chileno, igual que para un colombiano o un peruano o un argentino, etcétera, es muy difícil entender que el caso venezolano es único en nuestro medio. En Venezuela la aristocracia desapareció con la Guerra de Independencia.

    La independencia la gestionaron los aristócratas criollos, los Bolívar, los Palacios, los Pelgrón, los Rivas, los Mijares y las otras grandes familias que además de ser las dueñas de las tierras productivas eran las más adineradas dominaban los ayuntamientos, porque los altos cargos políticos eran monopolio de los españoles peninsulares. Y quienes se opusieron a la independencia fueron los pobres, los proletarios, los mestizos, los negros y los indios, capitaneados por personajes violentos e irresponsables, como José Tomás Boves, un asturiano que hasta proclamó que había que matar a todos los blancos y a los que supieran leer y escribir. Grosso modo, la aristocracia criolla desapareció. Fue diezmada por Boves y los suyos, o fue arruinada por financiar con sus recursos la guerra. La Venezuela independiente no quedó en manos de los Bolívar, los Palacios, los Pelgrón, los Rivas, los Mijares y las otras grandes familias de terratenientes, sino en manos de José Antonio Páez, un campesino descendiente de canarios, nacido en una aldea llanera, y de otros como él.

    Los pocos aristócratas que quedaron, sobre todo mujeres, perdieron sus fortunas y su poder. Las hijas y nietas de antiguos mantuanos (aristócratas) se casaron con personas que antes de la independencia no podían aspirar ni siquiera a conversar con los aristócratas. Es lo puedo demostrar con mi propia familia: el primer Casanova venezolano fue un inmigrante canario llamado Ángel Casanova, que llegó a Maracaibo con su esposa, Isabel María Rodríguez, en enero de 1759, y fueron los padres de José Pascual, que se casó con una cucuteña de origen sefardí llamad María Dolores Estrella, cuyo hijo Felipe Neri Casanova Estrella se casó con una expósita marabina llamada Rosa Cedeño, cuyo hijo, Felipe Santiago Casanova, abuelo de mi abuelo, se instaló en Caracas y se casó con una hija del segundo matrimonio de Cristóbal Mendoza, antiguo mantuano, primer presidente de Venezuela, totalmente arruinado y padre de más de una decena de niños.

    Antes de la independencia, los Mendoza, poderosos, jamás habrían recibido en su casa a un joven de muy oscuro origen, nieto de una judía cucuteña e hijo de una expósita maracucha, pero en la Venezuela independiente las cosas habían cambiado mucho, cosa que no pasó en Argentina o en Chile o en Perú o en Colombia, en donde los ricos y poderosos del tiempo de a colonia siguen siendo poderosos y ricos en la actualidad. De modo que la pretendida revolución chavista no fue contra los aristócratas, sino contra gentes de clases medias y proletarias. Rómulo Betancourt era hijo de un inmigrante canario y una mujer de origen humilde de Guatire, un pueblecito sin mucha importancia. Rafael Caldera era de origen canario, sin una pizca de sangre mantuana, tal como Raúl Leoni, hijo de un inmigrante corso. Y la pretendida revolución chavista en ningún caso puede justificarse por ese lado. Fue más bien un alzamiento militar contra la democracia, y sus resultados han sido pésimos: han sumido en hambre y miseria a un pueblo que vivía en libertad y tenía grandes oportunidades de surgir, de progresar, oportunidades que la “revolución” ha hecho desaparecer.

    Y ahora, con la investigación por crímenes de lesa humanidad anunciada por la Corte Penal Internacional, así como lo sacado a la luz por el “Pollo” Carvajal y el turcolombiano Alex Saab, se ha demostrado que la falsa revolución chavista es una farsa, no pasa de ser una dictadura militar que enriquece a unos pocos y empobrece a muchos y no tiene el más mínimo interés por los proletarios. Los que la saludaron con entusiasmo en sus comienzos muy pronto tendrán que hacer como Jean-Paul Sartre y su pareja, Simone de Beauvoir, que por mucho tiempo fueron grandes admiradores de Fidel Castro y la revolución cubana, pero en un momento dado se dieron cuenta de la realidad y le dieron la espalda. Hoy en día, apoyar la falsa revolución chavista no es otra cosa que un descrédito. O una muestra de estupidez que deja muy mal a quien lo hace.

    Eduardo Casanova | La falsa revolución chavista 3
    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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