miércoles, enero 26, 2022
More
    InicioOpiniónEduardo Casanova | Como Maracay, no hay

    Eduardo Casanova | Como Maracay, no hay

    -

    Maracay es importantísimo para mí. Allí viví una etapa maravillosa, de la que me quedaron excelentes amigos

    Como Alberto Hernández, el Nono Sucre (hoy fallecido), Rosana Hernández Pasquier, Morella Contramaestre (a quien conocí en Caracas), Daniel Hache, etcétera, pero también pasé un período formidable de mi infancia, período que quedó en mi memoria como algo lleno de verdaderas maravillas. Allí fuimos a tener los Casanova-Sucre en 1944

    Inicialmente llegamos al Hotel Jardín, lo que implicó ver y oír, desde una terraza y luego de que nuestro padre nos despertara en plena madrugada, los desfiles y las marchas militares tempraneros de los cuarteles y de las Escuelas Militares, todos cercanos al Hotel.

    Hoy me doy cuenta de que el Hotel, obra de Carlos Raúl Villanueva en 1929, era una verdadera joya arquitectónica, que virtualmente fue destruida por la estupidez humana, no en tiempos de la democracia, sino en los de la dictadura, cuando algún burócrata inculto decidió convertir aquel edificio magnífico en sede de la gobernación del estado, que hasta entonces había funcionado junto a la Plaza Bolívar, cerca de la casa del general Gómez y del célebre apamate en donde tenían lugar los famosos “pescueceos maracayeros,” cuyo objeto era que el general, al salir de su casa, notara la presencia de quien lo practicara mejor.

    El hecho es que de un plumazo se desnaturalizó el bellísimo hotel y se ocuparon sus cuartos, espaciosos y frescos, con feos archivadores y antiestéticos escritorios para burócratas y policías.

    Una verdadera salvajada como muchos otros atentados que se cometieron contra el patrimonio del país en tiempos de Pérez Jiménez. Nosotros, sin imaginar que eso iba a pasar, estuvimos en ese espacio privilegiado varios días, y luego nos mudamos a Calicanto, cerca de la plaza de toros. Creo recordar que la calle se llama Coromoto, y nuestra casa, muy pequeña y rudimentaria, estaba a cuadra y media (¿o dos cuadras y media?) de la plaza de toros. La casa, muy pequeña y modesta, con fogón de leña, estuvo en pie muchos años y durante algún tiempo sirvió de sede a la Inspectoría de Tránsito.

    En aquellos días estaba casi directamente debajo de la ruta de los avioncitos de la Escuela de Aviación, que yo veía pasar muy cerca y hacer mucho ruido, como para que yo pudiera soñar que volaba en uno de ellos. Y como estábamos en tiempos de la Guerra Mundial, muchas veces soñé que volaba con mi padre y combatíamos a los alemanes en Europa. Y ese sueño se estiró lo suficiente como para combatiéramos también en tierra, o mi padre manejara una ambulancia en franco apoyo de los aliados.

    Justo en la entrada, en la pequeña sala de la casa, mi padre tenía una de esas aparatosas radios con forma de capilla gótica y miles de números, en el que escuchaba las noticias, no sólo de Maracay y alrededores, sino también de Caracas y de Valencia, pero también de otros países del mundo, noticias y música que llegaban acompañadas de todo tipo de ruidos que me hacían pensar que salían de alguna fábrica llena de máquinas metálicas y de madera, en sitios poblados por extrañísimos animales, especialmente animales voladores que chillaban a toda hora.

    También te puede interesar: Eduardo Casanova | La (I)rresponsabilidad de Julio Borges

    En las mañanas había un programa patrocinado por la Maizina Americana (“gran producto nacional, lleva el águila en la caja que es su marca sin igual”) en el que nombraban a personas reales para que se despertaran. Nuestro vecino del lado norte era un militar, aviador por más señas: José Saúl Guerrero Rosales (que en tiempos de Pérez Jiménez llegó a ser comandante de la aviación), y tenía un “jeep”. Mi padre, cuando hablaba con él, le preguntaba sobre la guerra, y cuando no estaba, nos decía como una muestra de un humor muy fijo: “¡José Saúl, préstame tu yi pipí!” y se moría de la risa con su ocurrencia.

    Uno de los primeros recuerdos que guardo de Maracay, además de los relacionados con la Guerra, es la visita que hicimos al Campo de Carabobo. La carretera que unía a Maracay con Valencia, tal como la que unía a Valencia con la aldea de Carabobo, estaban muy lejos de parecerse a las autopistas que existen ahora.

    Gracias, entre otros, a mi padre, ya no eran los viejos caminos “de coroneles” que no pasaban de ser las viejas veredas de indios y de recuas, y que por lo general se limitaban a unir las casas de las haciendas de los poderosos. Esas servían a quienes iban a pie o a lomo de bestias. Pero las nuevas estaban diseñadas y construidas para automóviles que avanzaban aún a velocidades muy discretas.

    De Maracay a Valencia, con suerte, se iba en una o dos horas, y de Valencia a Carabobo en una, de modo que el viaje tomaba sus buenas dos o tres horas, que debían ser interrumpidas más de una vez para que los pasajeros se refrescaran o se alimentaran, o todo lo contrario. Y los automóviles de entonces no eran tan cómodos como los de ahora.

    Los Casanova no tenían un automóvil propiamente dicho, sino una antigua camioneta militar, que del lado del acompañante tenía, en el techo, una abertura redonda cubierta por lona, en donde se suponía que un artillero sacara medio cuerpo para disparar al enemigo. De lado del artillero iba siempre mi madre, y con ella sus dos pequeños hijos, lo que aumentaba la incomodidad de cualquier viaje.

    En Carabobo, mi padre nos contó con especial interés la historia del teniente Pedro Camejo, “Negro Primero,” el antiguo esclavo nacido en Apure en 1790 que inicialmente fue enemigo de los independentistas y en 1816 fue captado por Páez para las fuerzas republicanas.

    Supongo que el “Poncho” Casanova creía a pie juntillas aquello de que Camejo se presentó ante Páez, que lo reconvino por haber dejado su puesto de combate, y el sargento le respondió: “Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto,” algo que posiblemente haya sido inventado por Eduardo Blanco, o por Simón Bolívar por aquello de que los pueblos necesitan leyendas, sobre todo leyendas heroicas.

    El caso es que el “Poncho” nos contó esa historia agregándole una buena dosis de dramatismo, y que poco después se desató una fuerte tormenta tropical que lo obligó a detenerse a un lado del camino a esperar que amainara. Y con ello entró a mi mente infantil una tempestad de pavor que todavía aflora de vez en cuando, sobre todo en las noches de tormenta.

    Mi segunda etapa maracayera fue cuando me nombraron gerente de “El Carabobeño” para los estados Aragua y Anzoátegui, a cargo de la corresponsalía en Maracay y los avisos de ambos territorios. Fue una experiencia maravillosa de la que guardo bellos recuerdos, pero de ella me ocuparé en otra oportunidad.

    Eduardo Casanova | Como Maracay, no hay 3
    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

    Deja un comentario

    Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

    spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

    ÚLTIMAS ENTRADAS

    spot_imgspot_imgspot_imgspot_img