Eduardo Casanova | El paquete chileno

Eduardo Casanova Sucre

El llamado “paquete chileno” es una forma de estafa que consiste en ofrecerle a la víctima ganancias fáciles a un costo relativamente bajo y pedirle algo valioso a cambio; la oferta es falsa, lo que se ofrece no tienen ningún valor, pero la persona que cae en la tentación paga lo convenido y recibe a cambio algo absolutamente inútil.

El siempre sabihondo doctor Google lo define así: “Estafa que consiste en dejar caer un rollo de papeles que tiene en su exterior semejanza con un fajo de billetes. Cuando un transeúnte se acerca a recogerlo, el estafador (‘paquetero’) finge hacer lo mismo y luego, en vez de repartirse el supuesto dinero, usa algún pretexto para convencer a la víctima de que esta le entregue algo de valor y se quede con el fajo. Ámbito: Colombia, Venezuela. Sinónimos: ‘cuento del tío’ (Chile), ‘balurdo’ (Chile), ‘toco mocho’ (rioplatense). Hiperónimos: estafa, timo”.

Desde luego, así fue inicialmente el paquete chileno, pero con el tiempo la idea se ha ido ampliando y ha tenido variaciones importantes: ya no se limita a un pretendido fajo de billetes ni se limita a algo que aparentemente cayó en el pavimento. Por ejemplo, el estafador (paquetero) le ofrece a un incauto  un paquete de dólares alegando algún pretexto creíble, el estafado paga una cantidad relativamente baja en moneda local y cuando revisa lo que compró se encuentra con que solo había una pequeña cantidad de billetes de dólar al principio y al final de la ruma, mientras que en el medio solo hay papeles recortados sin valor. Desde luego, el estafado o robado, por avaro, por ambicioso, por “vivo”, se llevó su merecido, y por lo general no denuncia al ladrón o estafador, porque él mismo casi cometió un delito o ciertamente una soberana y humillante estupidez.

Y aún más, un paquete chileno puede ser cualquier oferta engañosa que hace que una víctima, creyéndose victimario, caiga en las redes del verdadero victimario. Y lo peor es que, a pesar de que es un esquema burdo y bastaría con preguntarse por qué el oferente está dispuesto a perder dinero en una operación tan grotesca, la gente sigue cayendo en el esquema con grave frecuencia. En política, lo que le pasó a Venezuela en 1998 puede calificarse de auténtico paquete chileno: el país tenía un buen sistema democrático y había progresado en forma continua desde que lo afianzó en 1958.

Ciertamente había tenido altibajos y el sistema podía perfeccionarse, pero su democracia era una de las mejores de la América latina y le había hecho mucho bien a la población. Pero apareció en el escenario un estafador, un auténtico paquetero, que como buen estafador tenía mucha labia y ofrecía un milagro, que la mayoría, confundida además por muchos otros factores, compró como se compra un paquete chileno, sin pensar ni un momento en que tanta belleza tenía que ser sospechosa. Y el resultado está a la vista: Venezuela perdió su democracia, su bienestar y hasta su dignidad. Pasó de ser un país excepcionalmente afortunado a ser un país excepcionalmente desafortunado y con muy pocas esperanzas de dejar de serlo. Así que en la zona que el doctor Google define como “ámbito” de esa estafa, el asunto se ha desarrollado tanto que llegó a ser una gigantesca estafa a todos los nacionales de Venezuela y que quiere también estafar a los de Colombia y otros países de nuestra zona.

El doctor Google no explica por qué se le dice “chileno” al esquema si en realidad es colombiano o venezolano. Pero esto último está a punto de justificarse debido a que los chilenos acaban de caer en un inmenso paquete chileno, al favorecer a la izquierda y a los “independientes” en las elecciones para integrantes de una asamblea legislativa y autoridades locales, exactamente siguiendo el libreto de la estafa del chavismo a los venezolanos. Y tal como en Venezuela, se trata de la famosa “antipolítica”, de una pretendida venganza contra los partidos políticos que habrían defraudado a la población. Los chilenos no han podido darse cuenta de lo que han vivido en los últimos cincuenta años: un idealista, el típico buenista (Salvador Allende) trató de hacer lo imposible, se empeñó de muy buena fe en aplicar algo así como un socialismo democrático, sin darse cuenta de que socialismo y democracia son conceptos antitéticos.

O es socialismo (comunismo, fascismo, nazismo, militarismo, populismo, etcétera) o es democracia, pues nada puede ser contrario a su propia esencia. Y el resultado fue que arruinó a su país y lo hizo caer en manos de un verdadero socialista arrepentido, un militarista con alma de asesino y torturador (Augusto Pinochet) que eliminó del todo la democracia y aplastó con saña a todos los que habían caído en el sueño de los buenistas. Por fortuna, la gran tradición democrática chilena logró que el país saliera de la pesadilla militarista y volviera al cauce democrático. Hubo gobiernos de los llamados “de izquierda” y hubo gobiernos de los llamados “de derecha”, pero siempre con presencia notable de los llamados “de centro”.

Los llamados “de derecha”, que yo prefiero calificar de conservadores, sirvieron de contención a los “de izquierda” no democráticos, los comunistas, y en los regímenes “de izquierda” hubo una notable presencia de verdaderos demócratas, como Lagos, Bachelet y los radicales y otros partidos no extremistas. Chile llegó a ser, como lo había sido Venezuela, un país excepcionalmente democrático. Es cierto que su Constitución, heredada de los militaristas, tenía muchos defectos y clamaba por un cambio. Pero para ese cambio cayeron en la trampa de los “socialistas del siglo XXI”, que son enemigos jurados de la democracia, y de nuevo, por buenistas, se dejaron estafar, mordieron el anzuelo de los paqueteros, se dejaron hacer el “cuento del tío” o el “balurdo”, y por desgracia pueden pagarlo muy caro y no tienen derecho a denunciar a nadie, tal como las víctimas del paquete chileno.

Para mí es muy doloroso, porque tengo familia en Chile, y cuando pase lo que parece que va a pasar, no les puedo ofrecer en Venezuela algo mejor que lo que van a tener en Chile. Y lo peor es que varios de ellos se sintieron felices, creyeron de buena fe que estaban cumpliendo con su deber. El buenismo los engañó y no se les puede reclamar nada. Son víctimas, no victimarios, se tragaron el bulo del paquete chileno que, por desgracia, ahora se le puede llamar paquete venezolano.

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