Eduardo Casanova | La nueva cepa del socialismo: El populismo

Eduardo Casanova Sucre

No es disparatado afirmar que el socialismo es como un virus, es decir, un agente infeccioso microscópico acelular que solo puede replicarse dentro de las células de otros organismos, que vive a costa de ellos hasta que los agota, los destruye, y sale del organismo que destruyó en busca de otro para hacer lo mismo, y eso es exactamente lo que hace el socialismo, que, tal como los virus, muta con frecuencia para evitar que se logre una vacuna eficiente que pueda destruirlo.

El virus socialismo, aunque tenía antecedentes muy antiguos, nació en Francia en el siglo XVIII, y su primera mutación se produjo en Alemania e Inglaterra en el siglo XIX con el nombre de marxismo, que también utilizó el nombre de comunismo. La segunda, considerada dentro de la cepa comunismo, fue el marxismo-leninismo, que fue la primera en invadir con verdadera eficiencia un organismo, Rusia, y en propagarse por buena parte del mundo. Mientras la cepa marxista-leninista destruía a placer los organismos que había invadido, se produjo, en Italia, una nueva cepa llamada fascismo, con la particularidad de que la comunidad científica se confundió y no se dio cuenta de que se trataba de una simple mutación, casi todo el mundo creyó que era una enfermedad distinta, cuando era la misma con leves variaciones.

La cepa italiana derivó en otra alemana y hasta peor: el nacionalsocialismo o nazismo, que causó una de las guerras más espantosas que ha sufrido la humanidad. Paralelamente y en varios puntos del planeta surgió una de las vetas más perversas: el militarismo, que también pudo engañar a la comunidad científica y al mundo y hacerse ver como distinta al comunismo, el fascismo y el nacionalsocialismo, cuando es prácticamente la misma cosa. Un riguroso tratamiento logró sacar de varios organismos las cepas fascista y nazi, tal como la militarista japonesa, pero en muchos otros quedó el militarismo y en algunos muy poderosos el comunismo marxista-leninista, que sorpresivamente fue sacado de varios de esos cuerpos a finales del siglo XX. Pero la cepa militarista prácticamente no fue alterada por la erradicación de la comunista, y de nuevo se vio que la comunidad científica se había dejado engañar y no entendía que se trata de la misma enfermedad. Y entonces apareció, con toda su potencia, la más reciente cepa del socialismo: la llamada cepa populista.

En este caso se ha dado un fenómeno nuevo e interesante: y es que quién mejor la ha descrito es un partidario de la cepa, algo que, desde luego, no puede darse en los verdaderos virus, y ese partidario es el filósofo y político argentino Ernesto Laclau (1935-2014), que se formó en la Universidad de Buenos Aires y otras instituciones, fue miembro importante del Partido Socialista Argentino y de su mutación, el Partido Socialista Argentino de Vanguardia, y finalmente se integró al Partido Socialista de la Izquierda Nacional, de orientación trotskista y muy cercano al peronismo. Laclau es autor de dos libros fundamentales, en los que se apoya el populismo: “Hegemonía y estrategia socialista”, escrito en colaboración con Chantal Mouffe, y “La razón populista”. “Hegemonía y estrategia socialista” es considerada una obra clave del posmarxismo, en ella Laclau y Mouffe rechazan del todo uno de los planteamientos claves de Marx: el determinismo económico, tal como la noción de que la lucha de clases es el antagonismo crucial en la sociedad.

En cambio, hablan de “democracia radical” y “pluralismo agonístico”, que se caracteriza porque todos los antagonismos pueden ser expresados y son igualmente válidos. Aseguran que “…una sociedad sin antagonismos es imposible”, razón por la cual “la sociedad plena no existe”, y es quimérico pensar en el cierre de “lo social”. Esos planteamientos se reiteran y se complementan plenamente en el otro libro de Laclau, “La razón populista”, dividido en ocho capítulos (más una sección de comentarios finales) agrupados en tres partes. En él afirma  que, en primera instancia, el populismo es una forma de constituir una identidad social. Asegura que existen múltiples identidades y busca determinar lo propio de la articulación identitaria populista. Para exponer esta especificidad desarrolla su teoría de las demandas sociales: la estructura social (la sociedad contemporánea, global y neoliberal) ofrece una amplia variedad de antagonismos que generan reclamos sobre algunos puntos. Esas demandas suelen ser peticiones de inclusión al sistema, y, si no encuentran respuestas satisfactorias, se convierten en reclamos que se van acumulando. En principio, y mientras permanecen aisladas, son demandas democráticas.

Sin embargo, al ir creciendo y encontrando una articulación que las hace equivalentes, las demandas se extienden y se ponen en contacto con otras, por lo que se convierten en populares. La pluralidad de antagonismos articulados configura un espacio compuesto por aquellos que se encuentran en posición de subordinación y han elaborado demandas no satisfechas, y allí opera un recurso retórico que introduce una distinción en el espacio social que lo divide en dos campos. Se identifica un “nosotros-pueblo” frente a un “ellos-poder”. Esta es, para Laclau, la base del populismo, que se constituye como tal con la elaboración de un sistema estable de sentidos colectivos capaces de movilizar a los grupos demandantes. El populismo, por tanto, supone la construcción de una identidad popular generada por las exclusiones sociales que el sistema produce en su propia configuración. Esto implica una expansión de la cadena de equivalencias (el momento horizontal), a la vez que una articulación simbólica que ofrece intentos de sutura de la diversidad (el momento vertical).

La estructura social está siempre abierta, y es pasible de dislocación en algunos segmentos de su ordenación, precisamente donde surge el antagonismo que interpela a la totalidad. Esto es lo que hace del populismo una lógica política, más que un movimiento, ideología o sistema. Laclau reconoce que es perfectamente concebible que el populismo sea autoritario. O sea, no hay ligazón necesaria entre el populismo y la democracia, como tampoco entre democracia y liberalismo, sino que estos vínculos son históricos y contingentes. Cita a Mao, Mussolini, Perón y Berlusconi, entre otros, como ejemplos del populismo. En los “comentarios finales” Laclau recapitula algunos de los conceptos fundamentales de su andamiaje teórico (heterogeneidad social, contingencia, discurso, equivalencia, articulación). 

En momentos en que el concepto de populismo es puesto en cuestión a la vez que se propaga su utilización a diestra y siniestra, tal vez el mayor aporte de “La razón populista” radique en la posibilidad de avanzar en la elaboración de un marco teórico para reconstruir procesos sociales contemporáneos, sobre todo en América Latina desde una perspectiva que, en definitiva, permita la comprensión de nosotros mismos y la construcción de proyectos prácticos. Lo malo es que esos proyectos prácticos destruyen la democracia y dañan irremediablemente el cuerpo social en el que se plantean. Es decir, actúan como cualquier virus. Y mientras se siga confundiendo que el populismo es un mal menor, o confundiéndolo con el marxismo, sin darse cuenta de que no son la misma cosa, sino mutaciones de la misma enfermedad capaz de destruir cualquier país, la lucha contra el mal no podrá ser realmente eficiente.

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