lunes, agosto 2, 2021
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    Eduardo Casanova | Las juventudes

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    Hay un hecho cierto que a quien no sea venezolano o no esté excepcionalmente bien informado le resulta muy difícil de entender: a diferencia del resto de la antigua América española, en Venezuela no existe nada parecido a lo que era la antigua aristocracia de las provincias vinculadas a la corona

    En todos los países que nacieron del complicado proceso de independencia la clase alta local sobrevivió, y si bien en muchos casos hoy no tiene el poder político si mantiene un fuerte poder económico y social, que hace que sus jóvenes sean la llamada juventud dorada de sus países, una juventud muchas veces endogámica que solo se relaciona con ella misma o con juventudes europeas, norteamericanas y a veces con jóvenes de otros países hispanoamericanos, aunque no con jóvenes venezolanos, a quienes consideran, no sin razón, simplemente burgueses, generalmente sin antepasados aristócratas ni poder real.

    Claro que ante un descendiente de los parientes de Simón Bolívar, por ejemplo, hacen algunas concesiones, como pasó en la clase alta argentina con los Herrera Vegas venezolanos o con Adela Reyes Ponte, también venezolana, pero son casos muy específicos y a menudo con motivaciones muy especiales. En Venezuela el papel de “juventud dorada” corresponde a la plutocracia, que por definición es variable, así como a la burguesía y a la clase media, que también son variables y es de donde salen a la vez los que suelen aparecer en las páginas de “sociales” de periódicos y revistas y, aunque suene extraño, los revolucionarios comprometidos con causas políticas que en otros países defienden los de las clases medias bajas y los proletarios.

    En Venezuela, el origen de los izquierdistas jóvenes suele ser ése, en tanto que el de los copeyanos se ubica en varios niveles, pero especialmente en las zonas burguesas, mientras que el de los adecos, que en buena parte es el mismo, suele ir más bien por los lados de provincia y de inmigración muy reciente, así como también se puede buscar en las zonas campesinas. En materia de educación, entre nosotros no hay escuelas y colegios exclusivos para aristócratas como ocurre en el resto de nuestro subcontinente. Los grandes colegios privados, como La Salle, San Ignacio, Santiago de León de Caracas, Instituto Escuela, La Consolación o La Guadalupe, se nutren por igual de hijos de la alta burguesía y de hijos de las clases medias, tal como los grandes liceos públicos (Fermín Toro, Andrés Bello, Aplicación, etcétera), lo que genera algo que en el resto de nuestra América no existe: una gran movilidad social. Y algo parecido puede decirse de las capitales de estado, y hasta de muchas ciudades pequeñas como Boconó, Carora, Calabozo, Carúpano, etcétera, que por esa vía se asimilan claramente a Caracas.

    Por eso mismo, por la complicada vida política y social del país a partir de la guerra de independencia y las guerras civiles, así como por el famoso predominio andino, el petróleo, la inmigración de la post-guerra (1945-1955), etcétera, no es nada sencillo en Venezuela determinar el origen de las tendencias ideológicas de los muchachos. En otros países se sabe que en determinados estamentos sociales tienden a aparecer determinadas tendencias políticas entre los jóvenes, En Venezuela no. En mi infancia y adolescencia me relacioné directamente con el importante estamento que podemos calificar de “juventud dorada” en Caracas y en Venezuela. En Ciudad Bolívar y en Maracay una pequeña familia caraqueña, encabezada por un ingeniero que dirigía trabajos importantes era muy bien recibida por las clases más favorecidas, y en Caracas vivir en El Paraíso, ser miembros del Club Paraíso, y luego vivir en Las Mercedes y ser hijos de un personaje importante del gobierno, nos abría a mi hermana y a mí todas las puertas.

    Sin embargo, cuando vivía en la Avenida Arismendi de El Paraíso traté de relacionarme con la juventud absolutamente marginal del barrio «Brisas del Paraíso», pero la juventud marginal no me aceptó en su seno. Nunca me relacioné con la juventud plutocrática, la del Country Club y de las grandes empresas mercantiles, muchas de ellas de origen extranjero (Blohm, Boulton, Vollmer, etc.), aunque muchos de sus jóvenes eran también estudiantes de La Salle o del San Ignacio. Preferí siempre los jóvenes de clase media. Me había relacionado con los de clase media baja cuando estudié en el Grupo Escolar República del Ecuador, en San Martín, pero luego mi padre, supongo que en un intento de ascender socialmente, nos inscribió a mí en el Colegio La Salle de la Colina y a mi hermana en el Colegio Nuestra Señora de la Guadalupe, lo que nos puso más en contacto con jóvenes de las clases medias alta y media. Pero siempre nos movimos en lo que podríamos llamar un segundo escalón, nunca en el primero. Por mi parte, preferí buscar a los que coincidían conmigo en el interés por la cultura, y por eso, poco después de cumplir dieciséis años me incorporé del todo a un grupo de jóvenes con claras tendencias a lo cultural, en donde estaban María Antonia Frías, Beatriz Gerbasi, María Elena Coronil, Alonso Palacios, Antonio Padrón, Antonio Iszak, Rodolfo Milani, etcétera, casi todos estudiantes del Andrés Bello, y no al grupo de jóvenes de la burguesía al que sí se vinculó ml hermana Carlota Emilia.

    No me sentía incómodo entre los amigos de mi hermana, pero prefería ir a los ensayos y conciertos de la Orquesta Sinfónica Venezuela y asistir a conferencias y exposiciones y conversar sobre temas intelectuales. Tal como muchos de mis amigos de cualquier grupo, en 1957 me incorporé decididamente a la lucha contra ta dictadura militar. Y muchos de los del grupo intelectual terminaron acercándose a lo que se llamaba izquierda o extrema izquierda. Varios de ellos se dejaron seducir por la tentación de la absurda lucha armada contra el sistema democrático, que calificaban de “democracia burguesa” sin darse cuenta de que ellos eran parte de la burguesía venezolana, no del proletariado ni mucho menos de la aristocracia. Muy pocos de mis amigos se sintieron atraídos por Acción Democrática. Yo diría que en mis cercanías había una mayoría de jóvenes comunistas, seguida por una primera minoría de jóvenes copeyanos y una tercera, muy exigua, de muchachos adecos.

    Quizá así reflejaban la realidad de la Universidad Central de Venezuela. Con el tiempo, los que habían preferido la aventura guerrillera se dejaron del todo de eso, y muchos de ellos encontraron refugio en el MAS, que nació cuando ya dejábamos de ser jóvenes y empezábamos a ser treintañeros. Y por fortuna, cuando nuestro país cayó en manos de los peores, cuando ya éramos hombres y mujeres de edad, fueron muy pocos, casi ninguno, los que se dejaron tentar por el horror en que cayó nuestro pobre país. Hoy puedo decir con orgullo que no tengo amigos chavistas ni maduristas. Los poquísimos que fueron mis amigos y hoy son chavistas o maduristas, hace mucho tiempo que dejaron de ser mis amigos. Prácticamente cuando dejamos de ser jóvenes.

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    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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