martes, agosto 3, 2021
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    Eduardo Casanova | París bien vale una ópera

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    “París bien vale una misa” (“Paris vaut bien une messe”) es una frase,  muy probablemente apócrifa, atribuida a Enrique de Borbón o de Navarra, el pretendiente hugonote (protestante) al reino de Francia, que en un gesto claramente oportunista decidió hacerse católico para convertirse en Enrique IV y reinar en momentos muy difíciles. Desde entonces se ha citado, bien para rechazar el feo pecado del oportunismo o la falta de sinceridad o de convicciones, o bien para repudiar el fingimiento de tolerancia, sobre todo en cuestiones religiosas, o bien como demostración de que hay que sacrificar algo importante para conseguir un objetivo superior (vale la pena renunciar a algo, aunque sea algo muy valioso, para conseguir lo que realmente se desea).

    En Venezuela uno de los más connotados seguidores de esa doctrina, ligada al maquiavelismo, fue el ductor de Gustavo Dudamel, José Antonio Abreu, a quien consideré mi amigo hasta que me di cuenta de su falta de moralidad y de decencia. Y, aunque no lo conozco personalmente, el director de orquesta Gustavo Dudamel en ese terreno nunca me pareció mejor que su maestro. Y su actitud ante al arbitrario cierre de RCTV confirmó mis sospechas. En estos días, desde que se anunció con bombos y platillos la designación de Gustavo Dudamel como Director Musical de la Ópera de París por seis temporadas preferí no opinar públicamente sobre el tema. Pero ya ha pasado suficiente tiempo como para que no se me agreda ni se me endiose por hacerlo.

    Todo el que me conoce o ha leído mis artículos sobre el tema sabe lo que opino: como les consta a Antonio Moreno Castillo y otros que me acompañaban en esos días, apoyé plenamente, hasta arriesgándome a ser destituido (en 1975), la creación de las orquestas juveniles de Venezuela, en buena parte porque se trataba de una idea mía, aprovechada hasta la saciedad y con no poco oportunismo por José Antonio Abreu, que públicamente agradeció el asunto a Diego Arria, que poco o nada había hecho para ayudarlo, pero tenía poder. A diferencia de lo que sobre sí y afirma mi amigo virtual Nicomedes Febres Luces, no soy sordo, y he estado inmerso en el mundo de la música desde la adolescencia.

    Luis Morales Bance, uno de los más importantes músicos de nuestro tiempo, siempre me dijo que debería convertirme en crítico musical porque sabía más de música que muchos críticos musicales venezolanos de nuestro tiempo. Era una exageración, posiblemente producto de la amistad, pero reflejaba mi interés por la música, especialmente por la música académica. Por eso puedo decir con conocimiento de causa varias cosas:

    1. Dudamel es un muy buen director de orquesta, pero está sobrevaluado. No es mejor que Manuel Hernández Silva o Carlos Riazuelo o Rodolfo Saglimbeni o Elisa Vegas o Christian Vásquez o Felipe Izcaray, por nombrar unos pocos, pero ha tenido mejor prensa, o mejor suerte no siempre muy merecida. Abreu lo usó como su pupilo, no solamente porque es un buen director, sino por la relación existente entre Abreu y Barquisimeto y, sobre todo, porque son caimanes del mismo pozo. No debió ser fácil que un músico joven accediera a eso de apoyar al pésimo gobierno de Chávez y de Maduro arriesgando su prestigio. Pero en eso hubo también mucho del interés egoísta del propio Dudamel, pues ese apoyo a un pésimo gobierno le valió (a Dudamel) que se le separara de los otros directores importantes de su momento y se le convirtiera en una figura excepcional, con grande$ po$ibilidade$ de todo tipo. Algo que remató con conductas no muy éticas y hasta con olvidarse de Venezuela y hacerse español. Total, se trata de un asunto en que solo muy pocas personas pueden opinar con conocimiento de causa. En mi caso, desde el primer momento creí darme cuenta de que la exaltación de Dudamel implicaba una injusticia hacia los otros directores venezolanos de orquesta, en especial hacia los que tienen un nivel equivalente y hasta superior al suyo. Pero, para estar seguro y ahuyentar del todo la idea de que estaba siendo subjetivo, lo consulté con grandes músicos, como Olaf Ilzins y el propio Luis Morales Bance, y todos coincidieron conmigo: Dudamel es un buen director, pero sobrevaluado por Abreu y por el régimen. A un público no siempre muy bien informado, fuera de Venezuela, le llamó la atención que incluyera salsa y mambo en sus repertorios, lo que no pasa de ser algo demagógico. Y como además menea la melena como un león, lo que suele ser un recurso efectista de directores que no tienen un nivel excepcional pero sí una buena melena tropical, el mandado estaba hecho. Pero lo más importante fue el apoyo que recibió del régimen chavomadurista, que invirtió grandes sumas de dólares en promocionarlo, y lograr para él buenas posiciones.
    2. No tengo información sobre París y no puedo afirmar nada al respecto. Pero, sin ánimos de enfriar el entusiasmo de quienes sienten orgullo patriótico por su designación me gustaría hacerles ver que los predecesores del larense son Myung-whun Chung, James Conlon y Philippe Jordan, buenos directores, pero no estrellas magníficas ni nada por el estilo. De paso, Dudamel no es el primer venezolano en ese cargo: en la década de 1940 lo fue Reinaldo Hahn Echenagucia, nacido en Puerto Cabello. De modo que hay que “bajarle dos” a la alegría patriótica que parece haberse desatado entre algunos que no saben mucho de música.
    3. Vi y oí por televisión el «Don Giovanni» de Mozart dirigido por Dudamel, y sin saber quién la dirigía (puse el canal con el programa empezado) le comenté a mi esposa que era una versión muy pobre. Solo al final me enteré de que la dirigía Dudamel, que lo hizo muy mal: el “Don Giovanni” es una obra brillante y llena de colorido, y su versión fue opaca, lenta, reiterativa y sin vida, casi mecánica, pero muy poco musical. Dirigir ópera no es fácil: hay que entender muy bien el libreto y se debe respetar la respiración de los cantantes. Venezuela tiene en Carlos Riazuelo, Rodolfo Saglimbeni y Felipe Izcaray tres muy buenos directores de ópera, pero Dudamel deja mucho que desear en ese terreno. Además, la ópera se dirige en el foso, y en el foso no hay melena que valga.
    4. Sobre esa base no tengo la más mínima duda de que Dudamel podría no tener mayor éxito en París, y como el régimen no va a seguir gastando divisas el apoyarlo y Abreu ya no está, basta con esperar para que todo se aclare. Ojalá me equivoque, pero es algo que veo muy posible.
    5. Mi opinión no es política, y sé que muchos músicos de gran altura, como Gabriela Montero, que sí es excepcional en su oficio y no ha tenido otro apoyo que su propia genialidad, la comparten. No se trata, pues, del talento de Dudamel, que es comparable al de varios otros directores venezolanos, algunos de ellos producto del Sistema, ni del talento de Abreu, a quien nadie puede negar la constancia y fuerza para haber desarrollado ese Sistema, dígase lo que se diga. Ni es un simple problema de moralidad. De lo que se trata es de que lo que está padeciendo Venezuela se debe en buena parte a la impunidad: los ladrones, asesinos e inmorales siempre fueron premiados por la sociedad, que por ricos les abrió las puertas y los aduló.

    Dudamel y Abreu no son ejemplos de moralidad en ningún sentido. Han servido y apoyado expresamente un régimen corrupto e inmoral, y aplaudirlos es volver a lo mismo, es adular y tolerar la inmoralidad y la corrupción y, por lo tanto volver a la impunidad. De eso se trata. Sé que romper mi silencio es un riesgo, y más de uno me va a insultar por hacerlo. Pero siento que es un deber, y cuando el deber llama, hay que arriesgarse a todo, hasta a una zaparapanda de descalificaciones. Y en este caso, dándole un sentido no muy distinto al de la frase de Enrique IV, se me ocurre que el hecho de que este nombramiento va a servir para aclarar muchas cosas y quitarle a mucha gente pajaritos de la cabeza, me atrevo a decir que París bien vale una Ópera.

    Eduardo Casanova | París bien vale una ópera 3
    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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