lunes, agosto 2, 2021
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    Eduardo Casanova | Roscio: Del 19 de abril al 5 de julio

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    Una de las causas de todos los problemas que vive hoy Venezuela puede ser lo mal que se enseña la historia del país. A los niños y a los jóvenes se les dice, en edades en las que no suelen cuestionar lo que se les enseña, que el 19 de abril de 1810 Venezuela se independizó de España, lo que es totalmente falso

    El 19 de abril de 1810 Caracas se alzó contra Pepe Botella, José Bonaparte, hermano de Napoleón, que gobernaba abusivamente España desde 1808. Caracas se alzó contra el dominio francés, contra la Revolución Francesa, y en defensa del que consideraban rey legítimo de España, Fernando VII. Unos pocos mantuanos empezaron a pensar en la independencia económica del país, y luego se les ocurrió que no era insensato pensar en la independencia política, que era lo que Francisco de Miranda y un puñado de hombres habían planteado.

    Desde el principio quien llevó la voz cantantes fue Juan Germán Roscio, conservador, católico practicante y en principio absolutamente fiel a los reyes españoles, aunque poco después empezó a orientarse hacia la independencia, pero no de la España tradicional, sino de la España dominada por los revolucionarios franceses. Lo que ocurrió el 19 de abril fue que el ayuntamiento de Caracas, dominado absolutamente por los mantuanos, los aristócratas locales, se alzó contra Emparan, liberal y francófilo, designado Capitán General de Venezuela por el gobierno francófilo impuesto por Napoleón Bonaparte y presidido por José, su hermano. Y demasiado fácil debe haberles parecido a Roscio y los que tomaron aquella iniciativa del 19 de abril todo lo que ese día y los siguientes ocurrió.

    Se alzaron contra el estado de cosas que se había impuesto en España y todo les salió bien. Madariaga manipuló a la opinión pública y Emparan renunció en el acto. El Ayuntamiento asumió el poder y formó una auténtica Junta de Gobierno. La llamada Junta Suprema quedó constituida por los alcaldes ordinarios, José de las Llamosas y Martín Tovar y Ponte, el alférez real Feliciano Palacios y por grandes cacaos del mantuanaje. Se creó de inmediato un Tribunal de Apelaciones, que sustituía a la Real Audiencia, y que fue formado por el marqués de Casa León, Antonio Fernández de León, el famosísimo personaje que encarnaría después el camaleonismo en Venezuela, la traición en persona, José Bernabé Díaz, que no mucho después traicionaría a los patriotas, José María Ramírez, Bartolomé Ascanio y Felipe Fermín Paúl, que tampoco se distinguió por su patriotismo, y por los fiscales Vicente Tejera y Juan Antonio Rodríguez, el escribano Francisco Llanos y los receptores Gabriel y Vicente Villarroel, y de inmediato se constituyeron varios cuerpos ejecutivos y consultivos para asumir plenamente el gobierno, tanto en lo civil como en lo militar.

    Muchos apellidos mantuanos, relacionados directamente con Simón Bolívar y con aquella “cierta parentela de esta ciudad que se dicen las que son siete hermanas, todas casadas, y con muchos hijos y nietos que son la mitad del pueblo y acostumbrados a no ser castigados, que no me puedo averiguar con ellos a causa de que la Audiencia les hace mucho favor porque son ricos”, que tanto mortificó al gobernador y capitán general de Venezuela don Luis de Rojas más de dos siglos antes, es decir, con los auténticos “amos del valle”. Poco había cambiado en todo aquel tiempo. Pero mucho cambiaría muy pronto. Demasiado. En pocos días, aquel conjunto de hombres había asumido todo lo que hasta entonces se había considerado privativo de la Corona de España, y el 27 de abril la Junta Suprema envió mensajes a los Ayuntamientos de la América española, instándolos a que siguieran su ejemplo (“Seguid el ejemplo que caracas dio”), que nada tenía que ver con la Independencia, en realidad, sino con el desconocimiento del poder francés, de la Revolución Francesa, en España.

    Casi nadie pensaba en la Independencia, sino que el asunto era algo interno, algo español del que nadie sospechaba las consecuencias que llegaría a tener casi en lo inmediato. Solo Coro y Maracaibo se negaron a seguir a los caraqueños y más bien decidieron enfrentar con violencia la iniciativa que los caraqueños habían tomado. En el caso de Coro, ciudad desplazada por Caracas como capital de la Provincia, se manifestaba de nuevo un viejo rencor nunca superado, y el gobernador José de Ceballos arrestó a los emisarios caraqueños y alegó que Caracas había perdido su condición de capital al destituir al capitán general y había pasado a ser simplemente otra ciudad más, igual a Coro, que en vista de la traición de Caracas asumiría la condición de capital, con lo que se probaba que no era otra cosa que un “pase de factura” a la ciudad que a fines del siglo XVII desplazó a Coro de su posición de cabeza de la colonia, de “ciudad más antigua y fundadora de la Provincia de Venezuela”. Pero el grupito de vanguardia que sí empezó a pensar en la independencia se movió con mucha habilidad y empezó a crecer notablemente. Luego del 19 de abril, Roscio se había convertido en al alma de aquella iniciativa de independizar el país sin grandes traumas. Bello lo calificó de padre, maestro y defensor de la naciente libertad.

    Luego de encargarse de las relaciones exteriores de la Junta Conservadora y de hacer, mediante su correspondencia y sus gestiones múltiples, todo lo posible por llevar el país a la Independencia plena, fue diputado por Calabozo en el Congreso Constituyente que se instaló en la casa del conde San Javier, con lo cual se demuestra plenamente que era una iniciativa rosciana, el 2 de marzo de 1811. Mientras él, en el Congreso, llevaba adelante su labor, en la calle se había formado otro partido, bastante más radical, en el que se destacaban Simón Bolívar y Francisco de Miranda. Ese período de indefinición y cambios terminó el 5 de julio de 1811, luego de una sesión cuya memoria e intención quedaron reflejadas en el Acta redactada por el propio Roscio, Venezuela se declaró independiente, separada del todo de España, que estaba dominada por los franceses, y dispuesta a regirse por sus propios medios.

    Por desgracia, tres siglos de oscuridad operaron en contra de las intenciones de Roscio. Todo se precipitó y el abogado venezolano, católico practicante, auténtico jurista y hombre de leyes, luego del fracaso de su República y de haber sido designado miembro de un Triunvirato que no llegó a tener el poder real y de haber colaborado de buena fe con Francisco de Miranda en aquella lucha agónica e imposible, fue hecho preso por Domingo Monteverde, canario, caudillo primitivo, que incumplió lo que había pactado con Miranda, y abusivamente remitió a Roscio, encadenado, a España. Fue uno de los ocho “monstruos”, calificados así por Monteverde. Primero estuvieron encarcelados en Cádiz, donde no mucho después moriría Francisco de Miranda. Roscio y otros lograron escapar desde Cauta y buscaron refugio en Gibraltar. Pero el gobernador inglés los entregó a los españoles, hecho que motivó la ira del príncipe regente inglés, que con decisión obligó a Fernando VII, que había recuperado su trono, a soltar a los presos de nuevo.

    Roscio fue a tener a Jamaica inicialmente y a los Estados Unidos después. Ya había perdido por completo el papel de protagonista, que estaba en poder de Simón Bolívar, a quien siguió en 1818 hasta Angostura. Con Bolívar, Roscio ayudó a la creación de Colombia y fue uno de los principales redactores del “Correo del Orinoco”. Luego de ocupar varios cargos, entre ellos el de Vicepresidente de Colombia, y cuando se preparaba a participar en el Congreso de Cúcuta, que debía darle forma definitiva a la Colombia que junto a Bolívar había ayudado a nacer, murió luego de una corta enfermedad, el 10 de marzo de 1821. Su final fue humilde y ejemplar, como el de Cristóbal Mendoza, el honorable primer Presidente de la República de Venezuela.

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    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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