martes, diciembre 7, 2021
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    Eduardo Casanova | Sesenta y dos años

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    Han pasado sesenta y dos años desde aquella madrugada en la que un avión se alejó hacia el este desde el aeropuerto de La Carlota llevando en su vientre al dictador Marcos Pérez Jiménez. Inmediatamente empezó la fiesta colectiva que ojalá se repita pronto. Yo tenía dieciocho años, pero desde hacía más de un lustro luchaba, al principio tímidamente y después in crescendo, contra los enemigos de la democracia.

    Mi padre, Poncho Casanova, al comienzo de la dictadura, la apoyó, pero a partir de 1956 cambió radicalmente de bando, y fue, en el último mes de aquella locura, amenazado de muerte, al extremo de que con mi primo hermano y gran amigo Carlos Julio Casanova Núñez debimos llevarlo a La Guaira para que se escondiera de los esbirros que lo perseguían. Mi aventura personal contra el perezjimenismo nació gracias a mi amistad con Federico Márquez Brandt, hijo de Augusto Márquez Cañizales y Julia Brandt, que para mí llegaron a ser como otros padres. “Monseñor” Márquez era abiertamente partidario del sistema democrático, y por trujillano y amigo de Mario Briceño Iragorry, que fue una de las cabezas de URD en las elecciones para Asamblea Legislativa de 1952, me enseñó el camino que desde entonces seguí.

    Por instinto, a pesar de la tendencia favorable del Poncho hacia la dictadura que se instaló en el poder en 1948, nunca me gustó el régimen militarista. En los días del Trienio Adeco, toda mi familia fue oposicionista, aunque mi padre, después de un período fuera del MOP, en el que vivimos en Ciudad Bolívar, fue llamado por Edgard Pardo, ministro de Obras Públicas, para un cargo más o menos burocrático. Al caer el gobierno de Rómulo Gallegos, Gerardo Sansón, que había sido arquero del equipo de fútbol en el que mi padre fue centro defensa, y además estaba casado con una prima de mi mamá, se convirtió en ministro de Obras Públicas, e inmediatamente decidió reactivar la construcción de la autopista Caracas-La Guaira, que al caer Medina se suspendió sin haber empezado. Y como el proyecto fue la tesis de grado de ingeniero del Poncho (conjuntamente con otro), lo llamó y le encargó la obra, pero no toda, sino de la mitad del lado del mar.

    Para la mitad del lado de Caracas nombró a Enrique Siblezs, con el compromiso de decidir cuál de los dos quedaría en definitiva cuando ambos llegaran a un determinado punto, que en el caso de mi papá era el primer túnel. En definitiva quien quedó fue Poncho, que así se convirtió en el constructor de la obra estrella de la dictadura que en 1950, por el asesinato de Delgado Chalbaud, quedó en manos de Pérez Jiménez. Concluida la autopista, Pérez Jiménez nombró a mi padre Director Gerente del Banco Obrero, un cargo que se consideraba la antesala del ministerio de Obras Públicas. Pero para el Poncho no fue antesala sino patio trasero, pues en 1956 lo echaron a patadas y nombraron a Julio Bacalao Lara, que sí fue después ministro de Obras Públicas, mientras el Poncho, que ya no vivía con nosotros, fue forzado a irse del país sin que ni mi hermana ni nuestra madre ni yo supiéramos cuál era la causa de su caída en desgracia. Luego de unos pocos meses de exilio, que pasó sobre todo en Alemania, algunos de sus amigos perezjimenistas intercedieron por él ante del dictador y a principios de 1956 pudo volver al país. A mediados de ese mismo año fundó la revista “Momento”, que perdió un año después, cuando tuvo que venderla a Carlos Ramírez McGregor.

    Ya para entonces yo, con mi primo hermano y amigo Carlos Julio Casanova, estaba totalmente comprometido en la lucha contra la dictadura. Carlos Julio y yo trabajábamos como reporteros en “Momento” desde comienzos del 57 (en mi caso gracias a Raúl Agudo Freites, que fue el primer Jefe de Redacción y en el de Carlos Julio gracias a Pedro Francisco Lizardo que fue el primer Jefe de Información), y en agosto o septiembre (del 57) el portero de la revista, un señor Mejías, nos dijo que la Seguridad Nacional había ido a buscarnos. Resolvimos no volver al edificio. Así nos adelantamos en pocos días al nuevo dueño de la revista que ya había decidido despedirnos sin siquiera pagarnos prestaciones. Yo había dejado los estudios en el Liceo Andrés Bello después de la breve huelga de estudiantes del liceo y del Fermín Toro, y me había dedicado a tiempo completo a la actividad subversiva. De hecho, Calos Julio y yo reclutábamos gente para la resistencia, y lo extraño es que no nos buscaran en nuestras casas, lo que atribuimos a que éramos peces demasiado chicos.

    Habíamos conseguido a un antiguo anarquista español que tenía un taller mecánico en San Bernardino y nos instruyó en todo lo relativo a la resistencia radical. Aprendimos a actuar en la clandestinidad y de hecho formamos una auténtica célula para la lucha, a la que nos incorporamos a tiempo completo y sin reticencias. A partir de agosto (del 57) era obvio que la situación se calentaba. Supimos que a unos estudiantes conocidos los hicieron presos y nos dimos cuenta de que el gobierno estaba nervioso. Y no mucho después empezó un verdadero proceso de agitación en el que Carlos Julio y yo nos zambullimos del todo. Reclutábamos gente en las noches, y cuando vi que varios amigos de Carlos Julio, copeyanos, se sumaban a la lucha, entendí que pronto el incendio se habría hecho muy difícil de dominar por la represión gubernamental.

    Pronto empezó para nosotros el proceso de agitar en toda la ciudad. Formábamos grupos de tres que hacían “mítines relámpago”, generalmente en las salidas de las fábricas o en paradas de autobuses o a la salida de misa en las iglesias. O hasta interrumpiendo una misa, lo que más de una vez nos valió un regaño de algún cura. Las cosas empezaron a acelerarse notablemente a raíz de la manifestación en la Universidad Central (21/11/57), en la que quemó un mamarracho parecido a Pérez Jiménez, mamarracho que se hizo en mi casa y fue introducido a la Ciudad Universitaria por mi entonces futuro cuñado Carlos Armando Figueredo. Ese día, la policía atrapó a varios estudiantes, entre ellos a mi buen amigo Martín Toro, que fue llevado a la Seguridad Nacional y regresó dos o tres días después apaleado, golpeado por cadenas, etcétera, a su casa en El Rosal.

    En esa misma casa se reunió un grupo importante de personas, entre quienes estaban Mariano Picón Salas, Elías Toro e Isaac J. Pardo, Miguel Otero Silva y otros, que revisaron y corrigieron el gran “Manifiesto de los Intelectuales” contra la dictadura, que fue impreso en el taller de Manuel Isidro Molina y llevado por Miguel Otero a la casa de los Toro para su distribución, pero la presencia sospechosa de supuestos barrenderos en los alrededores hizo abortar la operación. Unos días después nos reunimos para lo mismo en la casa de los Márquez Brandt, pero el dueño de casa se enfermó de cuidado y de nuevo la operación se frustró. Finalmente mi casa, en Las Mercedes, se convirtió en el punto de distribución, para lo cual organizamos unos “ensayos” de una obra de teatro, que cada día cambiaba de actores y funcionó muy bien.

    En plena agitación recibí una llamada anónima que me informó que Pérez Jiménez había dado la orden de que mataran al Poncho Casanova por haber firmado el manifiesto de los ingenieros contra el régimen. Con Carlos Julio lo busqué y, utilizando los sistemas que habíamos aprendido para burlar una persecución, lo llevamos a “enconcharse” en la Aduana de La Guaira, en donde su cuñado, mi tío Martín Sanabria, era Interventor. No sé cómo se informaba, pero cada noche me llamaba y me decía lo que estaba pasando. Y el 22 de enero me anunció que el hombre estaba caído y en cualquier momento huiría por La Carlota, cosa que ocurrió en la madrugada del 23, cuando la ciudad y el país enloquecieron de alegría. Había caído la que, equivocadamente, creímos que sería la última dictadura de nuestra historia. No podíamos imaginar que hoy,  casi 62 años después, el país soportaría otra dictadura que además arruinaría del todo la economía de los venezolanos.

    Eduardo Casanova | Sesenta y dos años 3
    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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