sábado, octubre 16, 2021
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    El cine de terror del 2021: un salto hacia un nuevo límite

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    Por Aglaia Berlutti.

    La Casa Oscura de David Bruckner es la más reciente película que transforma al terror en una caja de misterios. Pero lo que parece ser una tendencia, es algo más importante, brillante y extraño. Desde The Medium de Banjong Pisanthanakun, la magnífica miniserie Misa de Medianoche de Mike Flanagan, Maligno de James Wan y La casa Oscura de David Bruckner, el terror se está transformando en una versión poderosa, conmovedora y potente sobre la necesidad humana de creer y construir espacios para sus propios mitos. Un fenómeno que la cultura pop muestra con inteligencia. 

    En una de las primeras escenas de la película The Medium de Banjong Pisanthanakun, la cámara del director recorre con cuidado una habitación pequeña. Tanto como para resultar claustrofóbica. El sonido de un llanto sostenido es el único sonido que puede escucharse pero a la vez, también el de un leve gruñido inexplicable que pronto, se hace temible y al final, escalofriante. 

    Todo ocurre en menos de diez minutos y para entonces, la película ya estableció su ritmo y sentido de lo terrorífico. Lo monstruoso es parte de la historia, pero también, un potente ingrediente humano que asombra por la forma en que analiza las relaciones entre lo sobrenatural y la incredulidad en tiempos cínicos. 

    Tan consciente es la película de Banjong Pisanthanakun de esa idea, que varios de los diálogos insisten en la percepción del bien y del mal, como algo más amplio y temible. Una y otra vez, el director volverá a un escenario neutro y en apariencia sencillo, en el que lo invisible y lo escalofriante, crearán un sentido de lo temible cada vez más sensorial. De hecho, la película del realizador tailandés, tiene mucha más relación con la eventualidad de cómo se asume el miedo que de mostrar de hecho, lo que acecha entre las sombras. Y cuando lo hace, el resultado es una brillante combinación de dolores y códigos del cine de género, combinados de manera elegante y pulcra. 

    La película, considerada ya una de las mejores de terror de la década, es también un ejercicio de precisión en el lenguaje y el ritmo del argumento, basado en cientos de leyendas asiáticas sobre la muerte y la reconstrucción del mito de dioses sin nombre. Pisanthanakun encuentra en lo no muestra la principal fortaleza de su historia y en la historia al margen de lo que la cámara relata, su punto más elocuente. Una delicada combinación que se ha repetido en el año 2021 con frecuencia. 

    Una iglesia en el mal y el centro del tiempo 

    La miniserie de Mike Flanagan Misa de Medianoche (2021), incluye una buena cantidad de monólogos. Tantos, que los tres primeros episodios son una lenta y cuidadosa presentación de los personajes que sorprende por la habilidad de Flanagan para relatar mundos interiores sin recurrir a lugares comunes. 

    Mientras lo hace, la isla de Crockett es el escenario propicio para lo que parece una serie de sucesos sobrenaturales aislados. Ojos que brillan en la oscuridad, muertes y desapariciones sin explicación. Incluso milagros. Pero el verdadero interés de Flanagan son sus personajes. Tanto como para lograr crear una conexión con el público que rara vez, logra una producción de género.

    De hecho, uno de los mayores logros de la miniserie, es su capacidad para brindar contexto y un espacio único a cada una de las voces de una historia coral. De la misma forma que Stephen King en sus novelas, cada capítulo de la miniserie dedica especial atención al recorrido entre el tiempo, la belleza, el amor y algo más elaborado que el guion (también escrito por Flanagan) no nombra de inmediato. 

    ¿Se trata de empatía? ¿se trata de una decisión consciente y profunda sobre el terror como algo más sustancial que la capacidad para el sobresalto? Flanagan se toma en serio la labor de hablar sobre el existencialismo que sostiene a sus criaturas, tanto los hombres y mujeres de Crockett como lo que habita en la oscuridad. Con un esfuerzo asombroso y delicado para crear un sistema de valores y tensiones que crea un argumento poderoso. Flanagan no solamente narra una historia de terror. También dedica un considerable tiempo a especular sobre las razones del hombre para creer en el bien y el mal, en lo divino y en la vastestad del universo como un paso inexacto para la conexión de lo sobrenatural y lo real. 

    La arriesgada decisión convierte a la miniserie en una joya del género. Pero también, en la demostración evidente de la forma en que se transforma el discurso del cine del terror. Algo que el 2021 ha mostrado con especial cuidado y que sin duda, forma parte de algo más amplio, elegante y profundo de lo que hasta ahora, había sido el relato de lo terrorífico en estado puro. Y mientras los personajes de Flanagan terminan por sucumbir a la oscuridad — el capítulo seis de la serie bien podría ser de los mejores ejemplos del terror contemporáneo en décadas — la narración avanza con fuerza hacia algo más complejo, intenso y al final, conmovedor. 

    Lo maligno y el miedo sin nombre 

    Malignant de James Wan se convirtió en un pequeño suceso en el cine de terror, gracias a la fama que precede a su director. También por su insistencia, de conservar la integridad del misterio del guion a toda costa. Incluso si eso significaba proyecciones tardías sin críticas tempranas y un inusual secretismo alrededor de la producción. Al final, el objetivo de Wan era uno solo: crear una pieza de terror capaz de superar las expectativas.

    Como uno de los directores del género más reconocidos de la actualidad, para Wan, Malignant es una pieza pequeña. Sobre todo, junto a la envergadura de sus exitosas franquicias como Saw, Insidious y Conjuring. Pero la película no tiene la intención de incorporarse a esos universos mayores. Tampoco, a construir una historia que pueda permitir (al menos de momento), algo más que un ingenioso ejercicio de guion.

    Pero a pesar de sus buenas intenciones, Malignant debe recorrer un trecho complicado para estar a la altura de las ambiciones de Wan. El director, que esta ocasión intenta mezclar lo sobrenatural con el suspense en algo sea inclasificable, no logra hacerlo del todo. Y aunque Malignant tiene un magnífico sentido del ritmo y en especial, disfruta de la habilidad de Wan para crear atmósferas, es un experimento incompleto.

    Tal vez se trate de la insistencia del director por lograr sostener un discurso a la medida de lo que parece ser una caja de los misterios. Desde sus primeras escenas, Wan deja claro que esta vez, el terror no es evidente. Y que, de hecho, cruzará un complicado terreno a través del cual deberá enfrentarse a tropiezos previsibles. Después de todo, Malignant juega un complicado tablero. El trauma infantil, lo sobrenatural como una sustancia contexto y el miedo que se convierte en hilo conductor, son elementos que Wan maneja con soltura.

    Pero en Malignant todos se combinan a la vez, para construir una concepción sobre lo terrorífico poco consistente. ¿El motivo? Que Wan lleva su habitual fórmula de la cámara subjetiva, el ambiente opresivo y la amenaza por líneas poco definidas. La premisa es de hecho algo tan amplio como para englobar varios temas a la vez. ¿Qué es el miedo y qué lo provoca? ¿Qué podría provocar que seamos testigos de un hecho sobrenatural?

    Las noches oscuras y el tiempo temible

    Beth (Rebecca Hall) acaba de sufrir una tragedia mayor en su vida. La película La Casa Oscura de David Bruckner no muestra de inmediato que ha ocurrido y eso es uno de sus grandes aciertos. La película dedica mucho más tiempo, interés y en especial, una cuidadosa puesta en escena en mostrar a través de símbolos el mundo interior del personaje. La devastación interior de Beth es total, también corrosiva y se hace cada vez más dura. Y es entonces, cuando el argumento comienza a explorar lo misterioso que podría estar ocurriendo a su alrededor.

    Lo hace, con un sentido onírico que sorprende por su pulcritud y en especial, por no prodigarse en metáforas innecesarias. Lo inquietante y terrorífico en la Casa Oscura no es evidente de inmediato. El guion procura guardar sus secretos con cuidado a través de pequeñas insinuaciones e información compartimentada. En manos menos hábiles, un recurso semejante hubiese convertido el argumento en una combinación poco atinada de ritmos.

    Pero David Bruckner encuentra un delicado equilibrio en la forma de contar el miedo. Beth está sufriendo y la siempre efectiva actuación de Hall lo muestra con una sutileza asombrosa. Pero también comienza a estar consciente que algo le acecha, le vigila y lo que es aún peor, podría ser tanto una amenaza como un aviso.

    Una de las grandes virtudes de La Casa Oscura es su capacidad para ser un caleidoscopio de emociones. La cámara de Bruckner sigue a Beth en una implacable mirada que construye la atmósfera con lentitud sofisticada. Durante los primeros diez minutos, la actriz no pronuncia una palabra pero el guion crea una visión sobre la desesperación que no hace necesario diálogo alguno.

    Por otro lado, el director enfatiza el hecho de la soledad construida a través del contexto convertido en territorio desconocido. A medida que la enorme casa de Beth se convierte en una trampa (una extraña, gigantesca y singular), la película cobra solidez.

    Para el argumento, lo realmente importante no es narrar o describir lo que oculta una muerte violenta o el entorno que rodea a Beth. Lo central es la capacidad del personaje para enfrentarse a lo oculto. En especial, hacerlo apenas sin arma y aislada por el sufrimiento. Una batalla a ciegas contra lo invisible.

    La Casa Oscura, un peligroso juego de espejos

    En 2017, David Bruckner dirigió El Ritual, una ingeniosa y tétrica historia que a grandes rasgos, era una reinvención del horror folk con aires contemporáneos. Podría decirse lo mismo de La Casa Oscura, que tiene la cualidad del asombro siniestro. La película no tiene el menor interés por revelar a qué se enfrenta Beth, pero deja claro que lo sobrenatural juega con sus propias reglas. Incluso unas, que implican el tiempo y en el espacio. Bruckner utiliza el mismo sentido de la dualidad física y la percepción trastocada de Herk Harvey en Carnival of Souls de ’62.

    Pero la referencia no sólo implica el manejo de la percepción de Beth sobre lo que ocurre a su alrededor, sino la concepción sobre lo sobrenatural. Uno de los puntos altos de La Casa Oscura, es su capacidad para reflexionar sobre los temores y la incertidumbre. La muerte, convertida en un incógnita existencial, se debate y se asume como parte de la trama. Y de la misma manera que en el reciente éxito de Netflix Misa de Medianoche de Mike Flanagan, se hace preguntas filosóficas complicadas.

    Las respuestas forman parte de la trama, pero más allá de eso, también de la estructura que sostiene la tensión del film. A medida que Beth avanza hacia la resolución del misterio, es más evidente que nunca que lo que está en juego no es su cordura. Y mientras James Wan en Maligno, jugaba con la concepción de la realidad trastocada y convertida en el enemigo, Bruckner es mucho más sutil. La película construye un estado de ánimo cada vez más incómodo, duro y que implica no sólo la respuestas a un hecho sobrenatural.

    De hecho, en un momento dado, lo más siniestro en La Casa Oscura no la entidad, presencia o el fenómeno que enfrenta su protagonista. En realidad, Bruckner crea una atmósfera en la que hay algo más sórdido y es entonces cuando el film alcanza sus momentos más brillantes. El argumento deja algunas pistas falsas sobre lo que podría ocurrir, pero tiene la habilidad para cambiar su significado apenas puede.

    Este terreno resbaladizo, sórdido y cada vez más devastado, obliga al personaje a avanzar con tiento a través de su cordura. Para Bruckner es de capital importancia que el espectador pueda comprender a Beth, pero a la vez, desconfiar de sus conclusiones. Wan intentó el mismo experimento y falló al crear una épica del terror barroca y con sobresaturación de códigos. Bruckner triunfa al crear una idea sobre la realidad que se desdobla que es tan específica como dura de construir.

    La Casa Oscura, las habitaciones del dolor

    Beth está a solas no sólo con el dolor de una pérdida sorpresiva y reciente. También, con un misterio que debe resolver sin involucrar a las escasas personas que le rodean. El guion de Ben Collins y Luke Piotrowski, plantea el hecho del miedo y la tragedia como análogos. Pero además, elucubra a través de un tránsito cuidadoso hacia espacios interiores oscuros. El personaje no está solo traumatizado. A la vez, debe encontrar respuestas racionales a un misterio que resulta incluso mayor que la muerte a la cual se encuentra.

    Bruckner logra que la película jamás pierda el ritmo y la vibrante sensación que cualquiera sea el suceso sobrenatural que acaece, está relacionado con la vida. Una fórmula poco común y complicada que hace de la película una precisa mezcla entre el suspenso y el terror en estado puro. La casa entera de Beth, convertida en fortaleza y también en enemigo, incluso se convierte en centro del debate sobre la realidad. Para Bruckner, el sentido del misterio es parte de algo más peligroso. De un espacio implacable y violento contra el que Beth tendrá que batallar en medio del miedo y la desolación.

    De la misma forma que Nicole Kidman en “Los otros” de Alejandro Amenábar y Toni Collette en Hereditary de Ari Aster, Beth lucha contra lo invisible. Y en la misma tradición de ambos personajes, la lucha es a ciegas, en medio de lento derrumbe de todo lo que creía íntimo y real. Para su tramo final, La Casa Oscura termina por demostrar que la intención de Bruckner, no es aterrorizar aunque lo logra. Tampoco conmover, aunque lo hace. Es brindar una terrorífica visión sobre el miedo a algo más grande, temible e inexplicable que se esconde al límite de la historia central. Un triunfo mayor en una película de terror de enorme consistencia e inteligencia.

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