sábado, octubre 16, 2021
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    El indigenismo invade a Caracas, antes del 12 de octubre

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    En el marco del 12 de octubre, Caracas despierta pintada con murales indigenista en las paredes de la autopista Francisco Fajardo, ahora rebautizada con el nombre de “Cacique Guaicapuro”.

    En las próximas líneas, analizaremos semióticamente la imposición de tal efecto especial de la propaganda oficialista.

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    Es de larga data el romance de la izquierda nacional y caviar con los símbolos caribe de la llamada “resistencia indígena”.
    La historiografía marxista influyó definitivamente en el diseño de una ideología que niega la impronta de la colonia, al tiempo que se propone reivindicar “la herencia de los pueblos originarios”.

    Libros como “Venas Abiertas de América Latina” marcaron a fuego el llamado de la tribu que critica Vargas Llosa, pero que convoca y aglutina a una forma de pensamiento victimista y orgullista del socialismo en la región.

    Antes el populismo militar endiosó la imagen “del buen salvaje”, que llamaba Carlos Rangel, a partir de la estética kitsch que desplegó Pedro Centeno Vallenilla al servicio de Marcos Pérez Jiménez, proyectando obras alegóricas sobre caciques fornidos y romantizados, quienes reforzaban el patriotismo épico de aquel entonces.

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    Se entiende que dicha visión del arte enmascaraba el ocultamiento de la represión y una manera evidente de domesticar a la cultura de los intelectuales disidentes, bajándoles una línea de censura.

    Luego, el extremismo universitario de los sesenta se identificaría con la moda del “buen guerrillero”, ejemplificado por el Che y Fidel, replanteando el esquema heroico de “los buenos salvajes”.

    Fue el escritor Carlos Rangel, antes mencionado, el que desnudaría semejante impostura y paradoja en un libro polémico e incomprendido, en un texto odiado por los barbudos de la UCV y amado por las generaciones de relevo que promulgan las ideas de la libertad democrática.  

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    Antropológicamente y por fortuna, las universidades venezolanas fueron espacio para el debate y la discusión de las lecturas binarias que se desprendieron de la glorificación inocente de nuestro pasado aborigen.

    Hay cientos de tesis críticas al respecto, innumerables teorías en circulación académica, que desmienten el concepto de una sangre venezolana pura que se pervirtió por la influencia de los conquistadores.

    Igual muchas películas se enfocaron en ello, pero los documentalistas y expertos demostraron la inviabilidad de entendernos, la imposibilidad de narrarnos, sin tener en cuenta el mestizaje y la hibridación, la sana y conflictiva relación entre los europeos y las etnias de nuestro continente.

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    Solo un fanatismo ciego busca desconectarnos y hacernos sentir culpables por nuestras raíces ibéricas.

    En tal sentido, la estrategia política del chavismo ha sido dividir para reinar, al derribar las estatuas del Paseo Colón, mediante “juicio popular”, para instalarles tres versiones hiperbólicas y anabolizadas, homoeróticas y exageradas, de los principales caciques de la historiografía marxista, en un pedestal que pretende disimular el abandono del amazonas, a manos de los explotadores del arco minero, por no hablar de la miseria y el ataque perenne que sufren los dirigentes indígenas de la zona, cuando alzan su voz de protesta o votan en contra de Maduro.

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    Indigenismo sin todas las letras.

    Así se eleva la pantalla caraqueña de unos “indios” mansos e inocentes, como diorama arcaico o zoológico humano pasado de moda, donde los colores chillones y los trazos gruesos ofrecen una experiencia falsa a los indiferentes viajeros de la ciudad capital, en la arteria que la cruza de este a oeste. Allí donde hace nada, en 2017, lanzaban bombas lacrimógenas a los estudiantes y caraqueños que se rebelaron por la injusticias del país. Allí donde varios cayeron y se acentuó el trauma, la grieta, la estampida por la frontera.

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    En lugar de honrar la memoria de los que ya no están, y que dieron la vida por la democracia, el gobierno prefiere dibujar cromos de arcos y flechas, de pretroglifos incomprensibles que nadie se ocupa de explicar y traducir, para escalar la incomunicación, el vacío, el embeleco y el disimulo.

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    Una serie de pinturas de la demagogia que respaldan la campaña electoral del PSUV, con dineros públicos que se distraen en una esquizofrenia de ambientación urbana, que un día declara el anticipo de la navidad con luces y pinos descomunales, que a la noche siembra palmeras costosas y mayameras que no acaban de adaptarse al contexto de unas calles que se inundan con la menor lluviecita.

    Ni se diga de la colección arbitraria de palmeras doradas de metal en la misma vía, despertando la indignación y la confusión de los conductores.

    Ayer salí a tomar fotos para ustedes, de modo de dejar alguna prueba para el futuro y el presente de la conciencia crítica.

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    El 12 de octubre, de la resistencia indígena, también se adelantó en Caracas. Pero su manifestación, por decreto, resulta chocante de cara al telón de fondo de los bodegones y de la Venezuela que supuestamente se arregló.

    ¿Somos modernos, cosmopolitas o arcaicos?

    ¿Cuál es el mensaje del poder?

    Seguramente uno que desconcierta y que juega al arte de usurpar símbolos ajenos, con el fin de eternizarse en el inconsciente colectivo.

    Un trabajo secreto de la infiltración que lleva dos décadas, arruinando primero y reconquistando después, como hoy con la UCV, tras suceder lo propio con el Humboldt.

    Son los objetivos de conquista del sistema rojo rojito.

    La verdadera resistencia está en no dejarse comprar y adoctrinar por la pantalla.

    Sergio Monsalve. Director Editorial de Observador Latino.

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