lunes, noviembre 28, 2022
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    El mito Marilyn Monroe: un síndrome incombustible

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    Por Aglaia Berlutti.

    Cuando Eve Arnold fotografió a Marilyn Monroe, la actriz atravesaba una etapa especialmente dura de su vida. Tenía problemas de dependencia a todo tipo de medicamentos, su trabajo como actriz era menospreciado en favor de su turbulenta vida privada y sobre todo, sufría las críticas y sinsabores de un entorno hostil. Eve Arnold se encontró con una mujer que no deseaba ser fotografiada y que se sentía incómoda frente al lente de la cámara. «Sólo mostraré lo que tu deseas se muestre» se cuenta que insistió Arnold, con el lente del cámara aún cubierto. La actriz aceptó continuar con la sesión.
    Las fotografías de Marilyn Monroe se convirtieron en íconos de la belleza, pero también de un sensible acercamiento a la soledad y a un cierto desarraigo personal. La actriz se muestra en el cenit de su atractivo físico y personal, pero también desde una vulnerabilidad casi conmovedora. Arnold no sólo supo captar la combinación entre ambas cosas, sino también, un rasgo misterioso sobre Monroe que aún asombra y se celebra: su infalible instinto para comprenderse a sí misma. Monroe no era una mujer simple a pesar de la insistencia en lo contrario y fue la fotografía de Arnold la que reveló al mundo esa extraña y brillante complejidad.
    Por supuesto para Arnold, fotografiar era un vínculo directo con una manera de mirar el mundo sincera y elocuente. Para la fotógrafa, la cámara era un recorrido por la belleza invisible, la noción sobre la identidad y algo mucho duro que solía llamar «el rostro oculto». Mucho de eso, fue lo que encontró Arnold en esa ya histórica sesión con Marilyn Monroe, pero antes, ya había logrado captar esa especial relación entre la cámara y lo que se oculta, en otras tantas fotografías de sorprendente y portentosa belleza. Rara vez Eve Arnold dejaba de fotografiar antes de encontrar esa otra perspectiva del personaje, esa vulnerabilidad amable y humana que convertía su manera de fotografiar en un discurso sobre la fragilidad del hombre y su entorno.
    Con Marilyn fotografió por horas, hasta que la mítica Diosa del sexo, la mujer más sensual de la época se despojó de su máscara prefabricada y descubrió a Norma Jeane, la joven de rostro tímido que habitaba bajo el maquillaje y el cabello platinado. Todo eso, gracias a la insistencia de Eve Arnold en mirar más allá de lo obvio, que sería un elemento persistente en la obra que la haría famosa. Cuando la fotógrafa fotografió durante casi un año a Malcolm X, el propio líder político confesaría que le asombró la delicadeza y respeto de la fotógrafa al construir un mensaje fotográfico sobre su vida y obra. «Miro lo esencial y descartó cualquier otra cosa» llegó a comentar.
    Un misterio detrás de un misterio
    En octubre del año 1999, Christie´s subastó las propiedades que Marilyn Monroe dejó a su mentor, Lee Strasberg, a quien unía una larga firme y amorosa amistad. Fue un conmovedor lote que reveló sobre el mito y realidad de Marilyn. Más que las historias malintencionadas que llenan los libros de historia negra de Hollywood. Por supuesto, en la lista de objetos por subastar estaban las pertenencias de la Diosa sexual llevada al icono colectivo: las zapatillas de plástico Lucite con plumas de Marabú; el banco de gimnasio en brillante Vinil rojo; los babydoll de nylon para dormir; la cabecera de la cama tapizada con satén blanco. Pero también los objetos fuera de esa versión de la realidad de lo que se supone Marilyn Monroe fue: Estaban los guantes para el horno y sus libros de cocina. Y su biblioteca con sus muy usados libros de Platón, Sigmund Freud, Karl Marx, James Joyce. Libros repletos de anotaciones, subrayados y también, repletos de hojas de lúcidas anotaciones y reflexiones, más cercanas a los análisis de una devota lectora que a la actriz casi infantil que por años, fue la única imagen reconocible de Monroe. En el lote, también había retratos retratos de la Gran actriz de la Belle epoque Eleonora Duse y de la dama de la poesía Edith Sitwell colgaban junto a imágenes de la propia Marilyn hechas por sus admiradores, reducidas a un código Morse de cabello oxigenado, labios carmín y un escote. Todo junto crea una versión extraña y variopinta de la mujer que existió detrás de la leyenda, una persistente comprensión sobre lo que nuestra cultura asume como lo femenino, lo real, la fantasía colectiva y algo más complejo de explicar.
    Claro está, en el lote no podía faltar el vasto guardarropa de la actriz, que reveló la evolución del gusto y la imagen de Marilyn Monroe a medida que se hizo más consciente de su personalidad y finalmente, maduro. A fines de los cuarenta y principios de los cincuenta, la actriz usaba vestidos abiertamente sensuales, creados por diseñadores de Hollywood y por la modista muy de moda en Nueva York, Ceil Chapman, que la hacían lucir despampanante y es con toda seguridad la imagen que la mayoría de nosotros guardamos sobre ella. Grandes escotes, faldas muy ceñidas, cintura apretada en fajines de satén que delineaban su figura voluptuosa. Pero al final de esa década, cuando empezó a ser cortejada por Henry Miller y estudiaba su oficio con Strasberg, escogió ropa de prestigiosos diseñadores como Galanos, Norell y Trigere. Había en la subasta incluso un imponente traje de noche de Antonio Castillo (diseñado por Lanvin) que mostró un tipo de evolución intelectual notoria en una mujer que media década atrás, optaba por mostrar piel en lugar de combinar la ropa para expresar ideas, cosas que hizo después con enorme gusto y además, una evidente consciencia sobre sí misma. Estas últimas piezas reflejan una nueva y elegante sobriedad, aunque sus impecables líneas y su discreto recato quizás contrastaba mucho más provocativamente con las obvias dotes físicas de Marilyn, que los trajes más reveladores que había usado antes.
    La historiadora del mundo de la moda Sandy Shrerier, que entrevistó a tres diseñadores de Marilyn en sus películas (William Travilla, Dorothy Jeakins y Jean Louis) asegura que todos le dijeron que Marilyn “no seguía la moda y, en privado, no exhibía su sexualidad; pero estaba muy consciente de lo que el público quería”. Una idea interesante si se toma en cuenta que se suele juzgar a Marilyn como inocente, superficial o directamente estúpida. Pero en realidad, la actriz era mucho más que eso. Cuando cantó “Happy Birthday, Mr. President” el 19 de mayo de 1962, le encargó un vestido que cortaba la respiración a Jean Louis, maestro de los efectos glamorosos. Marilyn se paró sobre una banqueta, con una copa de Dom Pérignon en la mano, durante los interminables entalles del del ceñido vestido, salpicado de cuentas, en un tejido de malla con un provocativo color carne: Jean Louis le envió una cuenta por $12.000. Por supuesto, a pesar de la evidente madurez en el fondo y la forma, Marilyn Monroe continuaba muy consciente del peso de su sexualidad y de su importancia como icono dentro del mundo del espectáculo al que pertenecía. De manera que ese vestido — la escena entera — fue un performance perfectamente orquestado para deslumbrar y provocar, lo que logró sin duda alguna. Durante los meses siguientes, la curiosidad cultural alrededor de Marilyn Monroe aumentó a tal nivel que la elevó a un tipo de estrellato expeditivo que es quizás, el antecedente inmediato de la popularidad y fama inmediata de los actores y actrices modernos. Después de todo, Marilyn Monroe se convirtió en comidilla de la prensa, pero también objeto de estudio real como fenómeno individual. 
    Marilyn sigue siendo un mito ambiguo en la actualidad. Uno muy inquietante, además, porque enlaza versiones de la fantasía colectiva sobre la mujer sexy, sensual y provocativa. A pesar que hay fotografías suyas, leyendo con tranquilidad en la terraza de algún hotel de Nueva York o caminando por las calles, llevando trajes de ensueño y muy consciente de su peso, la única imagen que realmente brilla en la psiquis cultural es la de la mujer con los labios entreabiertos, muy cerca de algún tipo de éxtasis artificial. Claro está, Marilyn Monroe estaba lejos de manejar su imagen al nivel en que lo deseaba y de hecho, a medida que la popularidad crecía a su alrededor como la espuma, la versión de la realidad que exhibía se hacía cada vez más desconcertante y dura de comprender. Marilyn la estrella, debía competir con Marilyn la mujer. Entre ambas, la brecha era amplia y dolorosa.
    La interesante muestra de la que fuera un icono conceptual de la frivolidad, también se incluyó un ropero lleno de las piezas que a Marilyn le encantaba usar al final de su vida: sus Pucci, unas 100 prendas en total, incluso unas decenas más, si atendemos a los datos de diversas fuentes contradictorias. A fines de los cincuenta, la ropa reveladora y simple de Emilio Pucci, frecuentemente en su característico tejido de Jersey de seda, con colores estridentes y estampados únicos, fue muy popular entre entre ídolos del cine como Lauren Bacall y Elizabeth Taylor. En estos vestidos y piezas sueltas, Marilyn podía verse glamorosa, chic y sexy. Sus Pucci señalaron una forma más relajada y libre de vestir que sugería, como el propio Miller subrayó, que ella era una floreciente mujer de los sesenta. A menudo, Marilyn usaba sus vestidos Pucci con altísimos tacones Ferragamo, que tenía una amplia variedad de colores.
    Se ha dicho incluso que la ropa de Pucci desempeñó un papel en el destino de Marilyn. Según un artículo de Vogue de hace unos cuantos años, Laudomia Pucci, hija de Emilio y ahora directora de diseño de la casa recuerda: “Mi padre me contó que cuando él desarrolló por primera vez el tejido de jersey de seda ( a partir de los hilos de las medias de seda que habían pasado de moda ), le dijeron que nadie en Estados Unidos lo usaría. Bueno, él vendió algunas piezas a una tienda de los Los Ángeles y, y Marilyn llegó y se compró varias. Pero se quitó el sostén para que se le pagara mejor al cuerpo. Y Arthur Miller se tropezó con ella vestida así, ¡Y ahí empezó todo!” Tras su muerte prematura a los 36 años, en agosto de 1962, se dice que Marilyn fue sepultada vistiendo su Pucci favorito, de color verde almendrado.
    Un triste final, sin duda para un símbolo que propició la ruptura de la imagen tradicional de la mujer, o al menos una primera ruptura del método interpretativo de la visión femenina. Marilyn no fue la mejor actriz, tampoco destacó por sus opiniones políticas o su postura intelectual. Fue de hecho — y de esa manera pasó a la posteridad — la frágil y frívola presencia de una nueva feminidad, artificiosa pero aun así contestataria. La actriz, la mujer y el símbolo convergen en la imagen de Marilyn Monroe, en su creación simple y mundana de la sexualidad. Sin embargo, hasta ese preciso momento histórico, la mujer no tenía una faceta sensual, muchísimo menos una puramente instintiva de la búsqueda de placer. Fue Marilyn Monroe, con sus gestos estereotipados, quién le dio un nuevo sentido al arquetipo y redimensiona el hedonismo como postura crítica. Icono cultural por derecho propio…y probablemente, sin necesidad de decir una sola palabra a favor o en contra. Esa tal vez, es la belleza de la mitología popular que crea, pieza por pieza, un altar de Santos imperfectos que el subconsciente social adora y detesta por partes iguales. Un verbo irregular de proporciones caóticas.

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