martes, mayo 17, 2022
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    El vacío de Playa Pelúa es como el estado de mi alma

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    He ido a Vargas, ahora estado La Guaira, dos veces en lo que va de año, para tomarle el pulso, después de la lapidaria temporada gris de la pandemia, que la devolvió a la época zombie y desesperada del deslave, al punto que muchos de sus habitantes tuvieron que abandonarla para residenciarse en Caracas o salir del país.

    Al respecto, como ustedes, conozco infinidad de casos.

    Entre las innumerables víctimas de la crisis, me conmovió la historia de una amiga que debió suspender sus estudios universitarios, dejándolos por la mitad, con miras a probar suerte en Sao Paolo.

    A Brasil ella entró por tierra, permaneció dos semanas en un campamento de la frontera, hasta que le permitieron el ingreso como refugiada.

    A los meses, pudo costearle el pasaje a su mamá, por autobús, logrando reencontrarse en Brasil, tras días agobiantes y tensos de espera en Santa Elena de Uairén, donde al menos su hija le garantizó un hospedaje en una posada.

    Pero lo típico es que los exiliados de Vargas, se vayan de Venezuela a pie y duerman en la calle, sin otra expectativa que mendigar al otro lado del charco.

    No es para menos, considerando las condiciones de la zona costera, cuya franja de playas y turismo resume las paradojas de una Venezuela cada vez más parecida a Cuba, aunque no lo parezca en Instagram.

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    De bajada es posible que las apariencias de arreglo y acomodo, engañen al citadino más cotufero y privilegiado de Tik Tok, que cree que un par de restaurantes nuevos, unos bodegones gigantes y el asfaltado de las principales avenidas, son testimonio de “evolución” y “modernidad”.  

    Yo te aviso, mi amada novia Malena es de allá y te puede echar un largo relato, de cuando se tuvo que venir a Caracas porque no hay cines, trabajo y su casa se la tragó la vaguada, siendo rescatada en helicóptero.  

    No obstante, es obvio el espejismo que ha construido la revolución, desde la época de Carneiro, para ocultar la depresión económica que afecta a la región litoral, condenada a ser una ciudad dormitorio de Caracas o una fuente de “atención” y “servicios” para el “desarrollo” de un turismo “autosustentable”, que no resuelve los problemas de fondo en cuanto a electricidad, agua potable y distribución alimentaria.

    Me he llevado una impresión contradictoria de mi visita a Playa Pelua, en la que antes surfeaba con mis amigos, llegando a las seis de la mañana.

    Es sábado en la mañana, pero parece un primero de enero de enratonados y trasnochados. La cosa anda lenta hoy.

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    Recuerdo que a las siete, ya era tarde y tenías que pelear un puesto en el “line up”, para surfear una ola medio decente.

    Hoy Pelúa ha cambiado no solo en su perfil y paisaje, sino en la poca afluencia de surfistas que prefieren el destino más seguro y consistente de Los Caracas.

    En Pelúa debo pagar diez dólares para estacionar y tener un derecho de frente en tierra con vista al mar.

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    Me lo hacen saber de inmediato, sin anestesia y derecho a pataleo. Se acabaron los regateos.

    Pago resignado, porque no quiero empezar con mal pie.

    Me estaciono al lado de tres panas que beben y desahogan sus penas desde temprano, frente al caribe.

    Son caraqueños amistosos que cuentan a viva voz sus penas: “bro, prefiero estar sin trabajo, vendiendo cosas en la casa, antes que seguir esperando que me paguen los quinientos cocos que me deben por mi último diseño”.

    Los compañeros lo alientan con un ron en mano, deslizando la conversación a un terreno de menor “stress” como el de las rumbas y los conciertos de antes.

    Un tema, el de la nostalgia, que siempre nos rodea y nos recorre.

    Mientras le echo cera a mi tabla, uno de ellos me ofrece un ron, a las ocho y media de la mañana.

    Lo rechazo respetuosamente, con la excusa del deporte.

    “Bro, aunque sea un trago para que te actives”.

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    Acepto el guamazo de pico de botella, buscando quitarme el miedo que me produce no haber surfeado desde hace un año y medio, al menos.

    En mi mejor época, bajaba semanalmente a Los Cocos y Pelúa, a Camurí y Los Caracas, con mi grupo de amigos del Santiago, la Central y la UNIMET.

    Hoy estoy solo, porque ellos decidieron exiliarse por diferentes motivos, todos legítimos y válidos.

    Todavía tenemos un chat de Wasshap, que mantiene caliente nuestra relación a la distancia, a base de conversaciones políticas, memes, planes, añoranzas y sueños compartidos.

    Siempre recordamos con nostalgia nuestra época dorada en la Guaira, cuando de ahí salimos a Costa Rica, y otros destinos, a surfear olas grandes, que hoy no podría ni aventurarme a chapotear en un line up.

    En aquel entonces, recuerdo, casi me ahogo como un pendejo en Playa Langosta, al lado de Jaco Beach.

    De repente me agarró una corriente cruzada y olas de unos cuatro pies me batían contra la arena, en un remolino.

    Mis amigos me daban direcciones desde la orilla, orientando un plan de rescate. Por suerte, alcancé a guardarme un último aliento, para salir arrastrado por una ola que me dejó tirado en la orilla.

    Muertos de la risa, al cabo de los minutos, fingí demencia y continuamos con el trip. Solo que no surfeé más durante el día y le cogí respeto a las olas de Costa Rica.

    El contraste con Pelúa de hoy es brutal, con un set encorrientado, chiquito y algo contaminado, que hasta yo sin entrenamiento me puedo permitir enfrentar y surfear.

    Adentro en el agua, pienso varias cosas.

    Nunca vi Pelúa tan sola. Yo antes me estacionaba aquí y de broma dejaba una propina en bolívares.

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    La gente está más pendiente de tomar curda y tiktokear que de hacer deportes.

    Al menos no me pararon las cinco alcabalas que me conseguí en el camino.

    ¿Será que a las ocho los pacos desayunan y se esconden del sol tempranero?

    ¿Quién será la autoridad única de Pelúa? ¿Por qué todo me luce como estancado y fantasmal pero barnizado con una manita de pintura para lucir como actualizado y remodelado?

    Salgo con más preguntas que respuestas, de mi incursión por los predios de “Pantaleta”, otrora “beach break” de renombre y sets hiper concurridos, peleados, de apogeo de una subcultura que se fue reduciendo a su mínima expresión, quedando en la resistencia de sus verdaderos fundadores y defensores.

    Pero cobrando diez y cinco dólares por estacionamiento, como en Los Caracas, el futuro del surf en Venezuela parece sino incierto, un bastión de una minoría, una metáfora de un país que tuvo su pico de surf entre los setenta, ochenta y noventa, sufriendo un progresivo declive desde los dos mil.

    No en balde, por dichas fechas, sufriré mi primer robo en Pelúa, a mano armada. Y después el trauma de mi secuestro con Francisco Toro, del que fuimos salvados por su hermano Martín y mi papá.

    Francisco, mi hermano, se fue del país. Con Martín he bajado algunas veces en los dos mil, y él es uno de los cultores del movimiento en Venezuela, junto con Francisco Bielsa.  

    Me seco delante del sol y tomo algunas fotos de un extraño vacío que traduce parte del estado de mi alma, de algo de la desolación de Vargas.

    Ojalá que haya redención para La Guaira y que más nunca sus habitantes tengan que sufrir otra calamidad.

    Por lo pronto, regresaré con más frecuencia, cruzando los dedos para que no me “matraqueen”.

    Les prometo una crónica adicional, de mi segundo viaje a La Guaira en el 2022.  

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    Sergio Monsalve es director editorial de Observador Latino. Surfea desde 1992.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Locutor en Circuito X. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Profesor UMA. Documentalista, docente, productor y guionista.

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