lunes, febrero 6, 2023
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    Gustavo Roosen | 2050

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    El Covid, la interrupción de las cadenas de suministro y la invasión rusa a Ucrania han impuesto urgencias que podrían hacer ver la transición energética como postergable o como simple utopía del pasado

    Contrariando esta posición, y con evidente visión de futuro, el presidente Biden acaba de promulgar la Ley de Reducción de la Inflación, IRA, que apunta a recaudar más de 700.000 millones de dólares en ingresos públicos en 10 años y destinar más de 430.000 millones a reducir las emisiones de carbono para cumplir el propósito de una economía de energía limpia al 100% y alcanzar la meta de emisiones netas cero a más tardar en 2050. 

    En el artículo Controles y equilibrio aparecido en estos días en The Economist, Vijay Vaitheeswaran, editor de innovación global en energía y clima, señala que se trata de la legislación climática más importante jamás aprobada en Estados Unidos. Los analistas coinciden en afirmar que transformará los sistemas de producción de energía y determinará las políticas climáticas y energéticas durante las próximas décadas.

    Gabriel Quadri de la Torre, también de The Economist, añade: “Generará un verdadero tsunami de innovación, inversión y empleo. La Ley catapultará a los E.U. como líder climático y económico global indiscutible y cabeza de la nueva revolución tecnológica y productiva.” Es, evidentemente, una apuesta gigantesca por la transición energética y una demostración de liderazgo. Ofrece una alternativa a Europa, ahora complicada por el suministro de gas desde Rusia y las consecuencias climáticas en sus bosques y ríos, y recuerda el compromiso a los grandes contaminantes como China e India.

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    El argumento de los costos de la transición energética va perdiendo valor. Como se señala en el artículo citado “a cada paso es más evidente que el costo de la inacción—en términos de devastación ambiental, sufrimiento humano, infraestructura destruida y pérdida de producción económica—superará con creces el costo de la acción”.

    Cuando hace veinte años se le planteara a Sir Mark Moody-Stuart, entonces recientemente jubilado presidente de Royal Dutch/Shell, la preocupación por los altos costos de la transición a energía limpia, aceptó que efectivamente implicaría grandes inversiones, pero que estos costos serían transitorios. “A largo plazo la energía limpia costaría lo mismo o menos que el petróleo y el gas” afirmó, coincidiendo así con los expertos de Resources for the Future cuando concluyen que las medidas del IRA reducirán el costo de la electricidad en un 5-6% para fines de esta década y que la energía descarbonizada podría ser más barata que la energía fósil.

    Gustavo Roosen | Madurez
    Gustavo Roosen
    Abogado. Presidente Ejecutivo del IESA.

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