martes, enero 18, 2022
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    La oscuridad se queda sin su reina: Muere Anne Rice

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    Por Aglaia Berlutti.

    La obra de Rice nació en una época de ruptura: luego de décadas donde el realismo aplastó la ficción y el horror hasta casi hacerlo desaparecer de los estanquillos de librería, Rice tuvo el atrevimiento de escribir de vampiros. Y no solamente sobre vampiros al uso, siguiendo la larga tradición de escritores de terror que utilizaron el mito como excusa para expresar dolores y pesares humanos. Anne Rice tomó al monstruo más antiguo de todos y lo dotó de personalidad, lo creó a imagen y semejanza de esa levantisca década de los ’70 y lo dotó de una renovada energía que sorprendió por su potencial. Lestat, su personaje más emblemático y sin duda el más complejo de toda su obra, nació a finales del Siglo XVIII, pero en realidad es el reflejo de ese estrellato rock ególatra y extravagante que marcó el final de la inocencia estadounidense. El Universo de Rice se construye a partir de la curiosidad llana y directa de una época cínica: más de una vez se ha dicho que su primer libro «Entrevista con el Vampiro» puede leerse como uno de los legendarios perfiles de la revista People.

    La novela entera es una mezcla de perfil psicológico y una poderosa historia sobre el dolor humano desde la violencia, la angustia existencialista en estado puro y un tipo de horror delicado y decadente que creó una combinación sin precedentes. La historia, con toda su carga emotiva, su detallada mirada a su entorno y, sobre todo, esa necesidad de análisis sobre los motivos y objetivos de una criatura inexplicable, logra asumir un sentido de la realidad único. No nos importa si el torturado narrador es humano o no y, de hecho, su condición monstruosa no es otra cosa que un detalle entre los cientos que sostienen una historia por momentos aprensiva. Y fue esa empatía, ese dolor compartido, uno de los mayores logros de Rice con una novela que se convirtió en un best sellers instantáneo.

    Lo demás, fue un tránsito radiante entre tierras tenebrosas. La escritora se convirtió en una inmediata celebridad pública, que alimentaba su propio mito con un exagerado histrionismo y una inocencia ambigua sobre su trascendencia. Con una asombrosa confianza en sí misma y obsesionada con su relevancia mediática, Rice se atrevió a crear un microuniverso literario alrededor no solamente de sus personajes sino de su obsesión por la muerte.  Verdaderas visiones sobre lo humano y lo sobrenatural en una larga sucesión de libros que exploraron desde la obsesión tópicos complicados. Poco a poco, el mundo que Rice pobló con todo tipo de criaturas y sobre todo, las infinitas posibilidades que ofrecen sus historias se transformó en otra cosa. En un símbolo, en una metáfora. Después en un mito.

    Fue Anne Rice una de las primeras escritoras en plantearse dilemas sobre el género, el no binarismo y la sexualidad, cuando los temas no eran de discusión pública ni estaban al alcance de la mayoría de los lectores. Fue Anne Rice la que rompió el statu quo al construir personajes ambiguos y eróticos, que confrontaron prejuicios y reconstruyeron la visión cultural sobre el deseo, la necesidad sexual y la identidad. Todo, mientras su obra se hacía más amplia, poderosa y profunda.

    Y esa inquietud por la reconstrucción de la forma y el fondo de narrar el terror, permaneció como parte de su obra hasta el final. Desde «Memnoch, el Diablo» (novela de ruptura que marcó quizás el final de uno de su emblemático Lestat como personaje dual de sus historias) Anne Rice moduló y transformó el tono seductor de sus novelas. La obra fue criticada en su momento por su errático contenido religioso, pero, sobre todo, por destrozar la génesis de su planteamiento narrativo: Para Rice, el nihilismo religioso siempre había sido de enorme importancia. Tanto como para definir su propuesta creativa. Lo sobrenatural en sus novelas era una incógnita que la mayoría de sus personajes trataban de revelar sin éxito. Y más allá de eso, la noción sobre la existencia más allá de la muerte - y sus misterios - parecen enlazarse con una epopeya existencialista tan profunda como válida. Todo eso termina con Memnoch, una fábula dogmática que, a la vez, es un recurso inquietante para mostrar la crisis personal de Anne Rice con respecto a la fe, permitió a sus personajes crecer y volverse aún más extraños e incómodos. Quizás por eso, más de un crítico literario apuntó que el final de la novela (que muestra a Lestat destrozado moral y espiritualmente, deambulando por una Nueva Orleans de pesadilla) sea el final más conveniente para una serie de planteamientos que Rice logró cristalizar a fuerza de crear nuevos espacios en dimensiones de significado. La novela sirve de despedida para una etapa de la autora y quizás de la mayoría de sus personajes.

    Y de nuevo, un recorrido en la oscuridad

    No obstante, la autora volvió a la carga con una serie de novelas individuales de vampiros que lograron explorar - en ocasiones a medias, en otros momentos, sin demasiada elegancia, pero siempre con inteligencia - los planteamientos de «Entrevista con el vampiro» y su inmediata continuación «Lestat, el Vampiro». Para esta última fase de las «Crónicas Vampíricas», Rice construyó una mitología tan profusamente elaborada que requiere una segunda lectura de las obras que le preceden para comprenderse. Una proeza narrativa que logró mantener saludable una exploración a un universo prolífico por más de cuarenta años.

    El «Príncipe Lestat» es quizás el libro al que más le afecta esa revisión sobre revisión. Su lectura requiere un considerable material complementario incluso para ser comprensible. Y la autora lo sabe: la historia añade la novedad de un largo y detallado resumen introductorio de la historia de los vampiros de Rice (llamado de manera muy pomposa «Génesis de Sangre») y además un glosario sobre la terminología que Rice usa en el libro y que puede resultar ininteligible para el nuevo lector. Como si eso no fuera suficiente, el libro además se toma varias páginas para incluir una lista de personajes y una guía formal de los volúmenes anteriores.

    Por supuesto, el experimento de tal ambición resultó un tanto fallido. La novela se desgrana en docenas de historias que comprometen la estructura central de la historia y ralentizan la acción tanto como para hacerla innecesariamente densa. Aun así, la noción de Rice sobre la eternidad, el miedo a la fugacidad y la caída en los infiernos intelectuales, continúa siendo el centro de su relato. Un prodigio literario que se sustenta en una red bien construida de personajes y escenarios, estratificados entre sí con delicado equilibrio.

    La caída del muro del miedo y otras tragedias contemporáneas

    En nuestra época, hay muy pocas cosas que realmente produzcan miedo. Se trata de una generación que creció frente a una pantalla de televisión o de computadora, acostumbrada a todo tipo de estímulos límite desde la niñez. De manera que el horror debe reinventarse para capturar la imaginación sobre estimulada de espectadores para quienes el miedo es una idea de la cual procede algo más grande. Anne Rice lo supo pronto, incluso antes de la llegada de las Redes sociales en su máximo apogeo y la destrucción de esa noción de lo terrorífico como parte de una meditada noción sobre la vulnerabilidad del hombre. Y de allí el éxito de sus novelas: Rice medito por mucho tiempo sobre la muerte y lo desconocido desde un punto de vista más cercano al dolor espiritual que al terror en estado puro, una diferencia que logró captar a los cínicos, desencantados y a sobre todo, a los descreídos. Rice escribió para una generación atea, obsesionada con sus propios límites y en búsqueda de la última frontera moral.

    Hay algo de esa búsqueda espiritual incompleta en «El Príncipe Lestat». De la misma manera que lo fue para las maniqueas reflexiones de Marius Romano - uno de los vampiros más antiguos en la mitología Rice - en la novela «Sangre y Oro» o en los análisis elocuentes de Armand en la novela que lleva su nombre. Cada historia de vampiros por separados no parece sostenerse de manera independiente y no lo hace justamente porque la autora prescinde de la reflexión cínica y nihilista por algo más edulcorado y previsible. Hay pequeñas pinceladas de lo que Rice fue, con su romanticismo añejo, el encanto retro y sus vampiros meditando en voz alta sobre sus glorias pasadas. Pero también, una puntual atención a la transformación y al poder narrativo de la escritora que dota al libro, en toda su rareza, de un nuevo trayecto conceptual.

    Anne Rice abrió las puertas a los vampiros para una nueva generación de lectores. Para la nueva generación de lectores del género, los vampiros entran en toda una nueva percepción sobre el llamado «romance paranormal», en el que los seres sobrenaturales retozan a sus propios ritmos y con una sensualidad de hormonas muy humanas en medio de historias insustanciales o directamente absurdas. Sin embargo, la nueva generación de vampiros, que llegó a otro nivel de especulación con «Lestat y los Reinos de la Atlántida» y «Comunión de Sangre», se sostuvo sobre las interrogantes, sobre la percepción del bien y del mal, pero en especial, con el trayecto de la escritora hacia regiones más oscuras de la fe y la concepción de la identidad.

    En 1976 Anne Rice hizo lo que parecía imposible: revitalizar desde el origen un género de capa caída. Sus vampiros falibles, aprensivos, obligados a explorar su propia ética y abrumados por la culpa y el dolor, crearon una nueva visión sobre el monstruo clásico que revolucionó el concepto absoluto que se tenía sobre ellos. La novela no solamente logró cautivar a los escépticos sobre el terror literario. También aglutinó una legión de fans incondicionales que brindaron un decisivo impulso al género. Treinta libros más tarde, con una mitología abundante y robusta, Anne Rice muere para dejar a su paso un legado que va más allá de la mirada al tiempo que narró desde sus obsesiones favoritas. La escritora deja al mundo lectores educados desde una perspectiva de lo monstruoso que sostuvo y ayudó a generar desde una fina intuición sobre la oscuridad. Sin duda, su mejor legado.

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