lunes, febrero 6, 2023
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    La reinvención silenciosa de Argentina, después de 36 años de sequía en el Mundial

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    La final soñada, la histórica, la mejor del siglo…no caben los adjetivos para resumir el partido entre Argentina y Francia: 4 goles en el tiempo reglamentario, dos goles más en el alargue, definición por la lotería de los penales, los memes, las protestas en redes por la condena injusta de Amir Nasr en defensa de los derechos de las mujeres en Irán, la extraña ceremonia con sentimientos encontrados, entre el festejo albiceleste y el carómetro de los galos, consolados por Macrón.

    De todo ofreció uno de los espectáculo más longevos del planeta, un show deportivo global, cuya final viene paralizando al universo desde el siglo XX, como uno de los últimos acontecimientos totales, en un tiempo donde el presente se escurre y diluye, bajo la aplanadora de una actualidad líquida, indolora y difusa. 

    Por eso, es meritoria la gesta noble de Argentina, incluyendo la de Francia, por brindarnos una final inesperada e imposible, a la altura de una pelea de boxeo de Alí contra Foreman en Zaire, de un arte de la guerra de la táctica y la máxima concentración mental en un desierto reconvertido en la arena de un circo multimedia, para elevar nuevos mitos y seguramente para tapar innumerables problemas no resueltos por el poder, como la discriminación del diferente y la censura de los disidentes.

    Frente a ello, los jóvenes de Argentina y Francia decidieron proponer un guion sutil y estético, una pieza dramatúrgica de cinco actos, una obra de teatro monumental, un thriller de suspenso enhebrado con la maquinaría de relojería de una bomba de tiempo de Christopher Nolan.

    Así, los storytellers escenificaron unos primeros 45 minutos surreales en la historia de Argentina, con un dominio avasallante, producto de las desconcertantes arremetidas de Ángel Di María, uno de los héroes de la velada, quien tranquilamente pudo retirarse después de coronar a su país en Copa América.

    Fideo es un factor X, uno de los Jockers jugones con los que cuenta el póker de ases de Lionel Scaloni, que administró cada naipe durante el mundial, como un apostador grande que habla poco o nada, que sabe que el silencio es oro en tierra de bravucones, bullys, matones, traficantes y prometedores de ilusiones.

    Es una nueva generación de cracks que comprendieron una lección de humildad, llevada a la práctica: la tradición retórica y reactiva, insultadora y puteadora de la adicción populista por los maradonas y los caudillos carismáticos, condujo a Argentina a una sequía inmerecida de 36 años, que vivimos como un castigo, como un yugo, todos los que le hinchamos y lloramos con la inmensa demostración de calidad de 1986.

    Aquella selección también llegó con dudas a México, su técnico Bilardo era un Scaloni resistido por el establisment, e hizo su trabajo de hormiga resiliente y subversiva, rodeando a un enano habilidoso de una zurda milagrosa, con un grupo de sólidos titanes, calladamente laburantes.

    Argentina regaló un Mundial imborrable en 1986, lleno de picardía y goles asombrosos, amén de un sentido de selección que los años posteriores se encargaron de opacar y borrar, a consecuencia de las pésimas decisiones que se tomarían en adelante, y a raíz de subirse los humos del capitán, cayendo como mártir de su propia rebelión, cegado por el poder, el personalismo y el exceso.

    Argentina se derrumbó moralmente, se corrompió como su ángel de otrora, y se canceló sin saberlo por tres décadas, en las que perdió a varias generaciones tragadas por aquel relato tóxico.

    Una época gris, de pronto un medioevo, que hoy tenemos la oportunidad de revisar ante el evidente contraste con los pibes de la Argentina 2022, que son tan deliberadamente inocentes y adolescentes como sus declaraciones, como las reacciones incómodas y cringe del Dibu, como el tono de voz discreto de Messi, que prefiere hablar en la cancha, antes que en las ruedas de prensa.

    Parece casual, pero no es así. Argentina se tuvo que reinventar desde cero, poniendo al único que tendría la templanza y la determinación de hacer tabla rasa con el pasado envilecido de la AFA, generando un plan distinto y fresco que acabara con el nepotismo, el amiguismo, el tráfico de influencias, los manejos dolosos.

    El elegido fue Scaloni, el outsider necesario que ha confirmado el tino de hacer cambios en la mesa, cuando la gobernanza ha devenido en una dictadura fracasada.

    De tal modo, la burocracia estancada de Argentina, aceleró su paso a la modernidad, limpiando la casa y llenándola con chicos sin tanta malicia, que adoran entregarse por la camiseta, que asumen su compromiso con empatía y emotividad, con la sonrisa de un Dybala que podría figurar en cualquier selección del mundo con la banda de capitán, pero que en Argentina estaba llamado a comerse una banca a perpetuidad durante el torneo, para solo entrar en la final y marcar un gol de oro en la tanda de penales.

    Nadie entendía que pasaba con Dybala. Secretamente, Scaloni lo tenía disparando penales en el entrenamiento. Y así Argentina cobró sus penales, con una seguridad y un temple, que solo es producto de meses de preparación y coordinación.

    Por tal motivo, las dos mejores selecciones del mundo, firmaron un armisticio en Catar. En realidad, hubo empate. Y así podría ser hasta el 2023, de existir un alargue perpetuo.

    De nuevo, es un golpe por golpe, un tiempo por tiempo, como esos que el deporte nos da muy de vez en cuando en la Champions, en las Olimpiadas, en la NBA, en la NFL, en el boxeo de antes.

    Un ida y vuelta que electrizó a una generación que finalmente podrá recordar que Suramérica fue grande, fue una confederación temida en el Mundial, cuando se lo creyó y lo agenció con propiedad y sentido gerencial, no con cuentos chinos, derroches y mesianismos.

    Por ende, una parte de la copa le sigue perteneciendo a Francia, una porción a la África excolonial que es la base de su ritmo fulminante en velocidad, confianza y profundidad.

    Francia tiene un dream team de otros niños guerreros de color, que guía un Mbappé que solo ayer hizo 3 goles, para un total de ocho en el torneo. Una locura.

    Por su parte, Deschamps nos cayó la boca al precisamente hacer el trabajo incómodo de sacar a las estrellas, como Giroud y Dembelé, para incorporar a sus gladiadores de Wakanda Forever.

    Como hincha argentino, cada vez que entraba un nuevo jugador de Francia, pues me daba una pálida. Imagínense para los jugadores argentinos, doblados en fortaleza y tamaño.

    De modo que fue un juego de contrastes, entre el dominio técnico de Argentina con los pies, y la contundencia física de Francia, desde una verticalidad incomprensible y milimétrica, tanto que semeja a la Play.

    El equilibrio perfecto se tenía que romper de alguna manera. Era una sueño del que teníamos que despertar. Llegaron los penales con su orden de inteligencia emocional, de prueba de nervios, para decidir al campeón.

    Es como cuando crees que cruzaste la meta de hacer el viaje de tu vida, y te pasan al cuartito para someterte al último examen, antes de llegar a tu destino.

    Los penales son un ritual que involucra factores aritméticos, de azar, de engaño y por supuesto de preparación. A veces te salen como los ensayaste. A veces no, porque las piernas tiemblan y somos seres humanos.

    ¿Creen que Francia no estuvo en los entrenamientos, estudiando un plan para los penales? Obvio que sí. Todas las variables se anticipan y diseñan para disputar una final.

    Solo que son dos fuerzas antagónicas, y por ley física, alguno tiene que superar al otro, por cuestiones de probabilidad en los aciertos.

    Atribúyanselo al elemento que gusten, tendremos 4 años para pensarlo y elaborarlo.

    Quiero pensar que Francia ya tenía su copa, que la Argentina de hoy no se podía ir sin levantar el trofeo, por honor al fútbol, a la carrera intachable de un ídolo como Messi, a la oportunidad que tienen las organizaciones inteligentes para refundarse, redimirse y enseñarle al mundo de Latinoamérica a hacer las cosas bien, como son.

    Un ejemplo para la federación venezolana. Un ejemplo para los políticos de la argentina.

    Un gestión exitosa en la que se pueden reconocer los que añoran por un renacimiento, por una segunda oportunidad, sin traumas y grietas.

    Es una copa para la generación de relevo de Argentina.

    La primera copa que levantan unos centenialls, que supieron orientar tres padres responsables: Messi, Di Maria y Scaloni.

    Medita en ello cuando planifiques tu estrategia para el próximo año.

    Ojalá sea el comienzo de una era más feliz para Suramérica en los deportes, en general.

    Para que se actúe y se emprenda, con proyectos sólidos, en lugar de improvisar con recetas predecibles y agotadas.  

    La reinvención silenciosa de Argentina, después de 36 años de sequía en el Mundial 4
    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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