martes, agosto 9, 2022
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    La réplica de «House of Gucci» y la mala educación en las salas del país

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    Anoche fuimos a ver “House of Gucci” en Cinex Art, una sala que conoció una mejor época antes de la pandemia, cuando proyectaba películas de autor y organizaba tremendos foros, bajo la curaduría y moderación de Humberto Sánchez Amaya.

    Después de la cuarentena, el espacio sufre tres problemas puntuales que desalientan al espectador: el proyector demanda un cambio inmediato o una mejor calibración al pixelar la imagen y arrojarle manchas difusas, la costumbre de encender las luces a falta de minutos para concluir la función, y una audiencia que habla duro, comportándose inapropiadamente como si estuviese asistiendo a un concierto o un restaurante para hacerse la visita.

    Tuvimos que pasarnos el “suiche” e ignorar los inconvenientes, para no perder el dinero de los boletos. Fingir demencia. Pero lo pensaremos dos veces, cuando tengamos que ir a dicha localidad, donde los chicos entraron en grupo, con un alto volumen de voz y así querían permanecer durante la duración del filme.

    Pedimos silencio, una vez, y solo alcanzó para apaciguar los ánimos por unos minutos, generando incomodidad por la incomprensión de la exigencia.

    Sufren de déficit de atención, pues una cuña previa advierte claramente que debe “guardarse silencio”.

    Sin embargo, últimamente, reportamos que hay una generación de relevo con escasa o nula formación, para entender que una sala de cine es distinta al estadio universitario o a la feria de comida rápida de Food Trucks de la plaza Alfredo Sadel.

    Tocará recordarlo, las veces que sea necesario, en plan de campaña de concientización. De lo contrario, saldrá perjudicada la industria y el hábito de consumir un estreno en un Multiplex, afectado por la condescendencia hacia un cliente mal educado o malcriado en plan de patotero del este.

    Una especie empoderada y afirmada por la economía de las divisas en el tiempo de los bodegones.

    «Como tengo plata y ya pagué, hago lo que me da la gana». Así actúan, así les irá. Sin futuro.

    Por su lado, “House of Gucci” quiere contar el lado oscuro de una marca de moda, como una réplica folletinesca de “El Padrino” al estilo de una miniserie caricaturesca de Ryan Murphy o de Adam Mckey, plagada de tics, clichés de Hollywood de la cultura italoamericana, prótesis y maquillajes que reclaman la necesidad de recibir nominaciones de la academia.

    Calculo que el Oscar vendrá solo por ahí para Ridley Scott, después de estrenar su verdadera contendiente de la temporada de premios, “The Last Duel”, contracara más lograda y acabada, a pesar igual de su excesivo metraje a escala de una producción épica.

    En cambio, “House of Gucci” siento que es más carne de Frambuesas de Oro, producto de varios dislates sonoros y mayúsculos.

    Verbigracia, se pierde la cuenta de los excesos y grotescos que predominan en una puesta en escena de corte televisivo, que aplana y comprime la acción, cerrándola dentro de un paisaje de memes y dimensiones chatas de algo que no sabemos si es una sátira, un ejercicio de nostalgia cutre, un fallido intento por desmitificar el imperio Gucci, al retratarlo como un clásico y tópico nido de víboras familiares y decadentes, envenenadas por un suero de los argumentos de ascenso y caída de Shakespeare, revisitando a Lady Macbeth y a los seres díscolos de «Ricardo III», con un Al Pacino que interpreta una última parodia de su personaje de la dinastía Corleone.

    Pero me temo que la Palma del descontrol se la lleva Jared Leto, en un secundario que resume la disparidad tonal de lo que se desea narrar, cediéndose a la premisa fácil de incorporar un estereotipo de pies a cabeza, buscando aprobación populista.

    El colmo de Leto llega con su acento de Luigi en la comiquita de Mario Bros, invitándonos a preguntarnos si vemos un sketch de “Saturday Nigh Live”, una opereta cómica inspirada en la escuela postneorrealista de los feos, sucios y malos de Ettore Scolla.

    Hablando de influencias mediterráneas, por ahí se cuelan los tributos al Fellini en blanco y negro de “La Dolce Vitta”, las deudas con el Visconti aristocrático de “El gatopardo” y romántico del origen humilde de “Rocco y sus hermanos”.

    Pero los préstamos nunca consiguen cocinar algo más que un pastiche con humillaciones de Gaga, venganzas juradas de culebrón, y secundarios risibles como el de Salma Hayek.

    Adam Driver no sale de la casilla de la masculinidad tóxica que entraña un malditismo prefrabricado de genio crepuscular y antihéroe.

    Habrá que volver a las fuentes para recuperar los auténticos sabores del cine italiano en la actualidad, cuyos gastrónomos debemos rescatar.

    Me refiero a los casos de autores como Nanni Moretti, Lucca Guadagnino, Paolo Sorrentino y Mateo Garrone, al exponer a las mafias locales y a las distopías de su país, basándose en las investigaciones de Roberto Saviano contra la Gomorra de los piratas textiles.

    En efecto, “House of Gucci” es una copia barata de un look retro que conoce de mejores diseñadores y artesanos.  

    Una venta de humo. Un contenido más apropiado para el formato chato y predecible de un True Crimen de Netflix.

    No la salva ni el soundtrack ochentero de top ten de MTV.

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    Sergio Monsalve. Director Editorial de Observador Latino.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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