domingo, noviembre 27, 2022
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    La tragedia de Edipo del madurismo al arrancarse los ojos de Chávez

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    El madurismo sufre de un severo complejo de Edipo en dos sentidos.

    Por un lado, después de explotar el legado de su ancestro para endosarse un relato de origen, ahora procede a matar a su padre, negándolo de facto, en un golpe de estado endógeno contra la propia iconografía e historia de la revolución.

    Por el otro, el acto de parricidio deja huérfano a Nicolás, provocando la fragmentación de su prole, la ruptura de su mitología fundante.

    Es como cuando Fidel abandonó al Che en Bolivia, para proceder a quedarse con todo el poder en Cuba, salvando las distancias.

    Como en la narrativa de Sófocles, la revolución procede a quitarse los ojos, los ojitos omnipresentes de Chávez en Venezuela, quedando en una calle ciega de imágenes efímeras y contradictorias para la narrativa socialista, hoy sustituida por el capitalismo distópico de un hiperconsumo dolarizado de réplica enana de un parque temático de Pekín.

    Un cuento Chino con otra revolución cultural endógena, con otra procesión por dentro en plena marcha.

    El primer trastorno real del socialismo criollo, vino con la muerte física de su padre Hugo Chávez, quien designa cual Monarca a un sucesor dócil del ala civil en Maduro.

    La tragedia de Edipo del madurismo al arrancarse los ojos de Chávez 1

    En ausencia del Comandante, el madurismo cubre su vacío de discurso y de propuesta, con una inversión salvaje en la publicidad orwelliana de los ojos de Chávez: una forma de amenazar a la población con una mirada vigilante y omnímoda, cuando las protestas arreciaron en Venezuela, entre los eventos de la salida del 2014 y las protestas del 2017.

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    Fue una versión micro de las matanzas estudiantiles de la postrevolución cultural en China, durante los ochenta, haciendo crisis en la Plaza de Tiananmén.

    El Postchavismo de Maduro se inauguró así con el pecado original de consentir y ejecutar una masacre, generando un expediente de violación de derechos humanos, sustanciado y condenado por la corte penal internacional.

    Fueron los años de endurecimiento de la represión en el régimen, mientras se cerraban empresas y perseguían comerciantes, bajo la observación complaciente de los propagandistas de Chávez, los mismos que antes fueron precisamente ciegos, y que recién hoy recuperan la vista, ante los crímenes de estado, sufriendo el síndrome de Topacio que llama Daniel Lara Farías.

    Al respecto, asegura Nehomar Hernández que el proceso de borrado en la memoria de los ojitos del chavismo, responde a la política de lavado de imagen de la banca y demás instituciones públicas, para captar el dinero de los venezolanos que no pueden ver a Hugo Chávez ni en pintura.

    Al estilo de Edipo, el madurismo no ha podido escapar de su destino arquetipal, que es cortar con sus bases de raíz, para abrazar estratégicamente a los mercados(controlados por ellos, obviamente).

    De tal modo, ocurre la segunda muerte de Chávez en el país, desapareciéndolo como por arte de magia, para sustituirlo por carteles de conciertos, negocios opacos, marcas truchas de boliburgueses, estampitas milagrosas de la Venezuela que supuestamente se arregló para unos pocos.

    Dicha mascarada populista, encierra una última paradoja semiótica.

    El costo de sacar a Chávez del juego, implica mayores problemas para el madurismo, al revelar sus carencias y escalar las diferencias en los cuadros internos del PSUV, de las fuerzas armadas.

    Actualmente, Maduro tiene no solo que enfrentar a la oposición, sino también a las viudas de Chávez que lo adversan y conspiran contra su proyecto de eternizarse como Putin del caribe.

    Librando purgas y luchas intestinas, el madurismo parece fuerte apenas en apariencia.

    Veremos qué sucede en los próximos meses. Si se impone la tesis de promocionar y vender la fantasía de la recuperación económica. O si el cambio forzado, termina de devenir en una tragedia como de Sófocles.

    En cualquier caso, un peligroso coctel para un país edípico, que vive aferrado a sus cultos de la personalidad, a sus libertadores, a sus redentores.

    Un país que tampoco sabe superar el mito mesiánico de sus padres que se devoran a sus hijos como Saturno, y viceversa.  

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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