jueves, agosto 18, 2022
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    Eduardo Casanova | Los últimos destellos de España aquí

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    Si la España de comienzos del siglo XIX hubiese sido un país avanzado, si hubiera tenido un gobierno sensato, muy posiblemente Venezuela, como país independiente, habría nacido bien

    Se habría convertido en un espacio próspero y feliz, y sus héroes nacionales serían Juan Germán Roscio y Cristóbal Mendoza, probablemente seguidos en importancia por el cura chileno José Cortés de Madariaga, más por razones anecdóticas que por su importancia real, y España habría perdido mucho menos de lo que en realidad perdió.

    Pero España atravesaba su momento peor, su tiempo más desgraciado, y tenía en su cabeza hombres con poca cabeza, como los reyes Carlos IV y Fernando VII, dos de los peores reyes, no solo de España, sino del mundo entero, y políticos de muy bajo nivel, como Manuel Godoy y Álvarez de Faría (1767-1851), cuya relación con la reina lo convirtió en todopoderoso hasta 1808, que fue cuando España tocó fondo.

    El caso de los reyes es verdaderamente triste, pues eran hijo y nieto de Carlos III (1716-1788), uno de los mejores reyes de España y de Europa, que fue el tercer hijo de Felipe V y de Isabel de Farnesio, y llegó al trono español por la muerte de su hermano Fernando VI, en 1759. Un par de años después firmó el “Pacto de Familia”, que ligaba la suerte de España a la de Francia, lo que lo llevó a enfrentarse a Inglaterra y Portugal. Supo rodearse de ministros de cierta calidad, que le permitieron hacer un muy buen gobierno, tanto en la Península como en las Américas. Venezuela no fue tan afortunada, pues fueron gobernadores durante su reinado José Solano y Bote (entre 1763 y 1771), alentador del militarismo, creador de la “Compañía de Nobles Aventureros”, en la que sirvieron los Berrotarán, los Ponte, los Tovar, los Mijares de Solórzano, los Jerez de Aristeguieta, los Gedler, los Ibarra, los Rada, los Plaza, Hermoso, Ustáriz, Monasterio, Blanco, Rengifo, Galindo, Aguado de Páramo, Obelmejía, Palacio, Bolívar, Ascanio, Del Barrio, Berois, Monserrate, Herrera, Uribe, Arias, Liendo y otros, es decir, la crema y nata de la sociedad caraqueña.

    El mantuanaje en pleno. Es posible que ése haya sido el punto de partida del proceso independentista, pues al poder local y económico de los mantuanos se sumó un poder militar que hasta entonces no habían tenido en propiedad. Solano alentó, además, las obras públicas, saneó las rentas y estableció un sistema de correos regulares. También gobernó la provincia de Venezuela en esos tiempos José Carlos de Agüero, que se mostró, cosa extraña, imparcial y justo en lo relativo a la Compañía Guipuzcoana, con lo cual mitigó un tanto la rivalidad, creciente, entre europeos y blancos criollos. Gobernó entre 1772 y 1777, y fue sucedido por Luis de Unzaga y Amezaga, vasco por los cuatro costados, y a quien Luis Alberto Sucre califica de “inteligente, bondadoso y ya viejo”.

    Fueron los tiempos de predominio del eficiente y frío Intendente José de Ábalos, Intendente de Ejército y de Real Hacienda, exprimidor de impuestos y custodio terrible de los intereses de la corte de Madrid, que  estableció el estanco de los naipes, el del aguardiente y el del tabaco, con lo cual tocó intereses y egoísmos que desembocaron en la rebelión abierta de los afectados. El 24 de septiembre de 1781, a raíz de la rebelión de los Comuneros, Ábalos previno a los políticos de Madrid acerca de la posibilidad de una rebelión a favor de la Independencia americana. Sostuvo que la causa sería lo anacrónico y caduco del régimen y la miopía de la política colonial de Madrid, y propuso la creación de tres o cuatro monarquías con reyes Borbones en tierras americanas. Nadie le hizo caso.

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    En esos días de Unzaga se creó la Capitanía General de Venezuela, de 1777, que daría paso, después, a la República de Venezuela, ya unificada como más o menos la conocemos hoy. Y poco después desapareció la Guipuzcoana. Pero ya estaba sembrado el germen de la Independencia. A Solano y Bote lo sucedió Manuel González Torres de Navarra, que aupó el comercio, la agricultura y las artes entre 1782 y 1786, y que fue sucedido por Juan Guillelmi, más bien gris, y que fue sucedido en 1792, ya durante el reinado de Carlos IV, por Pedro Carbonell Pinto Vigo y Correa, “viejo, sordo, de carácter agrio, despótico y sumamente terco” (también según Luis Alberto Sucre), y allí empezó la caída en picada.

    Los otros gobernadores no hicieron otra cosa que convertir en inevitable la revolución, la “Rebelión de Caracas”, de la cual salió Venezuela convertida en República, en país independiente, pero como con una condena inevitable a sobrevivir en un estado muy parecido a la miseria. Políticos soberbios, corrompidos e incompetentes llevaron la nave española a su momento más bajo, algo que se notó demasiado en Venezuela. Y no solo en Venezuela, sino en toda la América española y, desde luego, en España.

    En España, en 1788, por Voluntad Divina según sus partidarios y por desgracia según la Historia, subió al trono el infeliz Carlos IV, que al principio mantuvo algunas líneas y algunos personajes de su padre, pero pronto cayó en poder de la mediocridad más absoluta, en especial del “Príncipe de la Paz”, Manuel Godoy, de quien bien puede decirse que, con amigos como ése, no necesitaba enemigos. En 1795 España de declaró la guerra a Francia, a la Francia que había caído en manos de una revolución devastadora, y sin embargo le quitó a España la mitad de la isla de Santo Domingo. Dos años después firmó un tratado de alianza con el Directorio francés, y por eso se enfrentó a Inglaterra, por lo que perdió Trinidad y fue perdidosa en la batalla de Trafalgar.

    En 1807, con el pretexto de que los franceses tenían que pasar hacia Portugal, España fue ocupada por los franceses. Fue entonces cuando Fernando, el hijo de Carlos, conspiró contra su padre y causó el famoso Motín de Aranjuez, que obligó al padre a abdicar en favor del hijo nada pródigo y, de paso, el padre se convirtió en protegido de Napoleón, que atrajo al hijo a Bayona, en donde el hijo le devolvió el reino al padre, que a su vez se lo cedió a Napoleón. El pobre Carlos IV pasó el resto de su vida en el destierro. Inicialmente vivió en Francia, y luego en Roma, en donde murió mientras su hijito Fernando VII hacía serios y muy exitosos esfuerzos por desplazar a su padre en eso de haber sido el peor rey de España, lo cual logró, como se dice en términos hípicos, “por una nariz”. Fernando VII, después de los lamentables hechos de Bayona, había quedado preso en Valençay, y en 1814 regresó a España nada menos que como “el Deseado”.

    Su gobierno fue un desastre. Más que voluntarioso era terco y cerrado, e hizo cuanto pudo por imponerse, pero nunca lo consiguió, y lo que dejó de herencia a su país fue una guerra civil. En 1808, debido a sus intrigas y a las ambiciones Napoleónicas, la mesa estaba servida para todo lo terrible que pasó en América. Pues los españoles americanos no se sentían vinculados a un rey francés, a “Pepe Botella”, José Bonaparte, y se alzaron. Aparentemente defendían los derechos del legítimo rey de España, Fernando VII, pero en realidad lo que querían, por lo menos muchos de ellos, era otra cosa. Y casi la consiguen.

    La habrían logrado si España hubiera estado gobernada por gentes más sensatas. Pero no fue así. No era así. España estaba gobernada por los peores. Y esa realidad le costó muy caro a Venezuela. Había empezado el incendio. Un incendio que se cantó casi con inocencia en el “Gloria al bravo pueblo”, una canción patriótica más bien poco afortunada y con palabras, un tanto rimbombantes que fueron escritas por Andrés Bello para una canción política que se oyó en Caracas en los días del 19 de abril de 1810, y que molestó especialmente a algunos de los que perdieron sus empleos y sus libertades personales cuando los venezolanos nativos empezaron a conquistar los suyos. Era, en realidad, la adaptación de una canción de cuna, de un sencillo “arrorró”, que Lino Gallardo, mediante el simple recurso de cambiarle el “tempo” y el ritmo, convirtió en una especie de canción marcial. 

    Eduardo Casanova

    Escritor venezolano

    Eduardo Casanova | Mérida Turística
    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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