miércoles, noviembre 30, 2022
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    “Me vendí” como ejemplo de una preocupante tendencia misógina del cine venezolano

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    Llevaba tiempo sin salirme de una película, no es algo que suelo hacer, menos en una Premiere. Estaba en el estreno de “Me Vendí” con mi papá, y soportamos hora y media. Pero nos salimos casi al final, igual que algunas personas disconformes con la brutalidad y el sadismo hacia la mujer que el filme expone y explota, a nombre del cine, de la creación y del arte.

    Da mucho qué pensar y desear, porque así es que se pierde conexión con la audiencia, acentuando la brecha que separa al cine venezolano del gran público, que lo ve pasado de moda y «cringe». ¿Será una consecuencia de la brecha generacional, del dominio boomer de nuestro cine?

    Claro, a nombre del cine, la narrativa dice que todos somos nobles y todo cabe.

    Por supuesto, la libertad de expresión lo permite y en Venezuela tenemos un precedente nefasto por censura, bastante reciente, además.

    De paso, cargamos con una tradición puritana en la industria local, que a veces se pasa de blanda y autocensurada con los temas eróticos, o sencillamente subidos tonos.

    Sin embargo, “Me vendí” preocupa por unos motivos diferentes, al reforzar una tendencia misógina que ha vuelto en el cine venezolano del 2022, destratando a las mujeres, cosificándolas de forma sensacionalista, humillándolas y convirtiéndolas en gratuitos sacos de boxeo, en deslucidas y estereotipadas víctimas de tortura, abuso psicológico y toda suerte de violaciones que conducen a la muerte.

    Un cine, al que sin eufemismos, podemos afirmar que retrata una cultura feminicida, pero que lejos de proponer su superación crítica o su refutación estética, se ocupa por glorificar con los recursos del espectáculo más salvaje y deshumanizante, tipo las pornochanchadas subestándar de otrora.

    El regreso a un cine de la degradación, como le llamaban en la revista Cine Oja, que pensábamos extinto.

    Capaz el crítico, para evitarse problemas o exclusiones, amenazas y llamadas de atención de los propios involucrados, prefiere hacerse de la vista gorda, ignorar o fingir demencia.

    Pero hoy Venezuela amaneció con la noticia de un General que asesinó a su esposa, y que un comunicado del INAC se presta a glorificar.

    El estado va operando así como una caja de silenciamiento e impunidad, que asume doble moral a la hora de impartir justicia, montándose en el bus de la denuncia de la “torta Nazi”, para presionar a la empresa privada, mientras que juega a tapar e ignorar el caso del militar feminicida.

    Entonces me preguntó, en voz alta, ¿es que acaso el cine venezolano se ha tornado feminicida o es simplemente misógino?

    Lo digo porque hay una epidemia de películas, en el año, que sustentan tal inquietud, que le brindan respaldo a la hipótesis.

    Invito a las escuelas de comunicación, a la revistas especializadas que quedan, a los medios alternativos, que le pongan el foco a dicho asunto problemático, visualizado en títulos como “Me Vendí”, “Jezabel” y “Hotel Providencia”, por cerrar la lista en tres casos. Pero hay más.

    En “Me Vendí”, uno debe soportar que Henry Soto torture a una mujer con una pelota de béisbol en la mano, dejándola con moretones y la cara rota, delante de su amante semidrogado.

    En el remate siniestro y simiesco de la escena, el psicópata asesina a la mujer, amarrada e inmovilizada en una silla, para luego simular el suicidio de su amante. Todo filmado con gritos y espuma por la boca, cual telenovela hard core de un canal porno snuff.

    ¿Dónde está el cine?

    Se presumirá capaz de una cultura cinéfila de homenajes al Tarantino de Reservoir Dogs o al Kubrick de La Naranja Mecánica, que francamente no veo o considero pertinente para justificar tales vejámenes y agresiones arbitrarias en la pantalla.    

    En otra secuencia cutre del largometraje, rodado como una cuña non stop del Palacio del Blummer, la protagonista complace a un cliente, grabando una mutilación de un compañero, al tiempo que ella se masturba.

    Desde el cinismo moral del guion, ella cayó en una rueda de perversión y corrupción, por literalmente “venderse”. Así que la película la castiga, como en aquellas películas muy pedestres del Jason conservador de los años ochenta en la franquicia Martes Trece.

    Con la profesora Malena Ferrer estudiamos el caso en un documental sobre los monstruos del cine, para la serie “Estado Crítico”, entendiendo que se trató de una reacción tóxica de la industria, ante el avance en derechos civiles para la mujer, de cara a la liberación femenina.

    No es casualidad que asistamos globalmente al cierre de la era Me Too, con el juicio de Jhonny Deep que lo ha dejado como un héroe, a pesar de perder por el mismo caso en Londres, sin olvidar el prejuicio y el odio que rodean al diseño de la réplica de Marilyn que tenemos que soportar en “Blonde”, porque sí, porque está basada en una novela y el papel lo aguanta todo.

    ¿Pero es verdad que el papel y la pantalla lo aguantan todo?

    Al menos por el caso de “Me Vendí”, puedo asegurarles que noté rechazo de una parte del público, hacia el maltrato femenino que la función concibe como show de Microteatro extendido innecesariamente.

    Incluso, entiendo que el resultado no ha gustado a ciertos miembros del elenco, no diré nombres para proteger carreras e identidades, que no se sienten identificados por la manera en que se humillan a los personajes femeninos.

    Una pena que la película se vaya en ello: mostrar mujeres que se tienen que vender por necesidad, mujeres vulnerables que a su vez, se venden para representar los efectos que acarrea la prostitución, bajo un ambiente de hostilidad y de corrupción institucional.

    Es un círculo vicioso, del que no parece haber salida, que se refrenda, que no aporta un contenido realmente sustancioso más allá de la anécdota de folletín, que se hace para vender entradas.  

    En “Hotel Providencia”, ocurre otro tanto con el retrato caricaturesco de una mujer fatal de Margarita, que manipula a su hombre débil, en pos de conseguir fortuna.

    De nuevo, el personaje femenino es apenas un pretexto para algún desnudo gratuito, para reciclar el típico numerito chaborro del bailecito erótico en lencería, para filmar un policial que ni siquiera está al nivel del género en los setenta y ochenta, cuando reinaban Wallerstein, Bolívar, Chalbaud y Hoogesteijn, realizadores a los que se extraña en la actualidad. Nos hacen falta sus propuestas, sus miradas, sus profundidades.

    En el mismo sentido, el visionado de “Jezabel” ha sido para mí decepcionante, por su construcción superficial de los personajes femeninos, otra vez encasillados en roles planos de canallas, aspirantes a webcam girls y chicas de vida fácil, que también recibirán desde el morbo de verlas caer en un abismo de perversión, hasta morir a manos de un depredador y alfa violador.

    Naturalmente, aquí el ardid es distinto, y seguramente me lo explicarán mil veces, porque está basado en una novela, porque se hizo con cariño y visión autoral de avanzada, porque no es así como lo veo yo, porque es una película que precisamente busca retratar nuestro clima de impunidad, tras la huella de “Cuatro Crímenes, Cuatro poderes”.

    Perfecto.

    Pero qué tal si hacemos una reflexión, si hacemos una toma de conciencia, y se empieza por tomar una acción, por dar un ejemplo interesante, un cambio de timón, que puede ser escribir y dirigir mejores personajes femeninos.

    Unos personajes femeninos que no sean una muñecas de usar y tirar, que no sean un cliché de las prepagos que se venden porque no tienen de otra o porque no tienen cerebro, porque el país se deformó en el camino.

    Por fortuna, no todo está dañado y trastocado, no todo está perdido.

    El 2022 nos ha legado tres personajes femeninos interesantes y fuertes, que hablan de resiliencia y dolor, desde un lugar enunciativo más complejo y decoroso para la identidad femenina del país. Me refiero a “Bromelia”, “One Way” y “Destello Interior”.

    Invito a que hagamos contraste, sin drama, a que pensemos en el tema, sin hacer cacerías de brujas, como seres adultos, desde el respeto.

    No es algo personal, son ideas que se ventilan.

    El mensaje para las actrices, es que no acepten papeles mal escritos, solo por figurar.

    Exijan buenos papeles, los papeles que se merecen y se parecen a ustedes que son creativas, talentosas, madres y cabezas de familia, profesionales integrales.

    Al final, las jevas tienen que pronunciarse y contar sus propias historias. Porque el cine hecho por ellos, no está dando la talla con ustedes las mujeres, nos les está haciendo justicia.

    Fíjense que en el año, hay más películas estrenadas por hombres que de mujeres. Un dato que no se puede refutar.

    Bien por Efterpi Charalambidis , por Malena Ferrer, que son las excepciones a la regla en el 2022. Por ahí vienen las nuevas contribuciones de Carla Forte, Claudia Pinto y Marité Ugas.

    Pero no es suficiente para conformarse. Necesitamos más directoras que aporten nuevas dimensiones a los personajes femeninos. Para no caer en los tropos y los efectos predecibles del 2022.

    Así que manos a la obra.

    Por cierto, les comento que mi papá no es ningún pacato, aprendí de cine gracias a él y su cultura como crítico, formada en las academias de Venezuela y Francia. Mi papá me enseñó a ver a Pasollini, Bertolucci, y Visconti, por nombrar solo a tres que investigaron en las polémicas del arte explícito.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Comunicador social. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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