lunes, agosto 15, 2022
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    Persépolis: el arte de llevar la contraria al poder

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    Por Aglaia Berlutti.

    La experiencia cinematográfica pocas veces suele incluir verdaderas sorpresas, quizás por el hecho que luego de cien años de contar historias, resulte complejo mostrar algo que no sea una referencia inmediata de algo más.

    Quizás por ese motivo, Persépolis (Vincent Paronnaud, 2007) supone un triunfo de la imaginación y de la capacidad del cine para reinventarse, a través de una noción sobre la imagen emocionante, singular y realista. Porque Persépolis, con toda su carga simbólica y sobre todo su inusual profundidad emocional, no sólo cuenta una historia sino que además, analiza sus implicaciones y se toma la libertad de asumir la carga trágica de sus dolores y momentos devastadores. Una pequeña obra de arte visual que además, tiene todo el peso de un manifiesto ideológico.


    Basada en las novelas gráficas homónimas (Marjane Satrapi, 2000), Persépolis tiene el brillo de una obra biográfica sin perder su necesidad de cuestionarse y sobre todo, de asumir una posición clara sobre el dolor cultural que muestra sin concesiones. Eso, a pesar que la autora se incluye en el relato como un personaje principal —el relato medita sobre su tránsito de niña a mujer en medio de la República Islámica del Ayatolá Jomeini— y utiliza su experiencia de primera mano para narrar desde la intimidad el miedo y el dolor que conlleva el autoritarismo. No obstante tanto novela gráfica como película avanzan en una perspectiva mucho más compleja sobre los conflictos ideológicos y su impacto en la vida común. El cuidado argumento no disimula su necesidad de reflexionar sobre la persecución por motivos ideológicos, los pesares de la guerra y su posterior exilio de la autora/protagonista por Austria y Francia. Y lo hace desde el drama familiar, que avanza hacia un trasfondo político y social.


    Como testigo de primera mano Satrapi brinda a la historia un sensibilidad que raya en el documento existencialista: analiza sin concesiones el papel de la mujer en una sociedad patriarcal y teocrática como la iraní a través de una persistente claustrofobia que convierte su testimonio en un abrumadora alegoría a la represión. La obligación del velo islámico, la presión religiosa sobre todo ámbito de la privada, el aplastante peso del miedo sobre lo cultural y lo intelectual crean un contexto tenso y duro a través del cual los personajes intentan comprenderse a sí mismo y luchar contra la desesperanza.
    Pero sobre todo, la historia —ya sea en su formato papel o el cinematográfico— está llena de humor. Uno gratificante, poco indulgente y cínico que brinda a lo que narra una nueva dimensión, incluso en sus momentos más duros y angustiosos. A pesar del claroscuro lleno de contrastes, los paisajes áridos y el sufrimiento que se adivina en cada escena, Persépolis está llena una vulnerabilidad testimonial que la hace cercana y creíble. Marjane recorre su infancia y madurez en medio de pequeños fragmentos de cultura pop a los que intenta aferrarse en medio de la devastación moral. Abba, Iron Maiden y hasta el «Eye of the Tiger» del grupo Survivor aparecen y desaparecen en el mundo de la protagonista, como apuntes elementales de lo que es y lo que aspira. De esa mirada insistente hacia lo que habita más allá de sus temores y preocupaciones. Un retrato muy poco complaciente, que esquiva la autoindulgencia para crear una perspectiva durísima sobre los pequeños dolores personales que se llevan a cuestas desde el silencio. Con la dureza descarnada del testigo, con la tristeza del oprimido, con la ira desconcertada del temerario. Una idea que se entrecruza con una linea argumental que refleja lo político como circunstancial, como doloroso e inevitable.

    Y es que Marjane, como artista, refleja en su obra no solo su personalísima visión del miedo, de esa convicción de encontrarte en medio del terror de la violencia y la opresión, sino sus implicaciones: esa definitivo análisis del observador consumado, del que ha sufrido en carne propia los terrores que cuenta. Un ojo privilegiado desde el papel y hacia el lenguaje cultural.
    El salto hacia el abismo visual: El largo camino al símbolo
    Con frecuencia, el género de películas de corte político y de denuncia, se confunde con algo mucho más complejo. Un híbrido entre el documento histórico en estado puro y algo más sutil, una crítica directa a esa complejísimas relaciones sociales y culturales que intenta retratar. Tal vez se deba a que la política, como lenguaje, aún es difícil de definir o simplemente al que documento visual en sí mismo posee tantas implicaciones, que resultado complicado conceptualizar. Cualquiera sea el motivo, el subgénero político, siempre se encuentra en una constante evolución, en una transformación esencial que muy probablemente es consecuencia de ese discurso siempre novedoso, siempre en revisión que intenta reflejar la política como un mensaje social. Una idea que se reconstruye a partir del medio, quizás.
    Es por ese motivo, que Persépolis es sin duda la prueba más evidente de esa reinvención constante. Cómic y película son un documento político a toda regla, pero también una expresión visual profundamente meditada, que intenta mostrar, a través de un planteamiento en apariencia sencillo, ese rostro cotidiano del que sufre un régimen opresor. Más allá de su planteamiento político, de su durísima crítica a las bases de poder que sostienen el régimen represor, es también una construcción visual que intenta elaborar ideas complejas desde lo sencillo, lo anecdótico. Escenas tras escena, dibuja un rostro desconocido bajo el horror, el oprobio y el miedo. Observa desde un punto de vista agudo y duro, esa otra versión de la historia, la desconocida, la que podría no contarse, pero siempre será necesaria para comprender esa versión real del mundo que se mira, del que se asume real.


    En más de una ocasión se ha dicho, que como obra artística Persépolis desconcierta por su madura sencillez. Tanto su concepción como construcción, se inclina más por la visión intimista que comprende lo que ocurre a diario, en un pequeño sustrato de conciencia que sin embargo, también incluye esa otra realidad, la de afuera, la mucho más compleja e intrincada. La dolorosa. Como adaptación, la película capta con muchísima inteligencia, esa voluble comprensión del mundo, del yo ajeno que transita desde la visión personal hacia la más amplia: no solo construye el mismo tipo de lenguaje que su gemelo en tinta, sino que incluso lo amplia. Una metáfora visual donde la mezcla de dos estilos tan diferentes como lo son el de Marjane Satrapi y el director francés Perronaud, construye un discurso en imágenes heredero de los mejores y más profundos documentos políticos de las últimas décadas. Con su animación simple y sin artificios, el film evade maniqueísmos innecesarios y crea una visión universal sobre lo que cuenta, una durísima reflexión sobre la voz del narrador, que avanza con un ritmo medido e inteligentes. Hay una definitiva comprensión del mensaje que se cuenta que junto con el mensaje que se muestra —desde ese ámbito visual casi inocente— construyen un elemento de profundo impacto emocional. Más allá del humor y el desparpajo que la trama muestra en momentos de alivio, lo dramático y lo poético se impone, elaborando esa necesaria dosis de intimidad en esta curiosa autobiografía con momentos de dura critica social.
    La fuerza del trazo blanco y negro de Marjane —efectista y poderoso— brinda una profunda expresividad al dibujo. En la película, la misma estética le brinda una sensación de atemporalidad que resume ese mensaje elemental del miedo. Lo político se mezcla por momentos con un inquieto análisis sobre la época que le tocó vivir, sobre la construcción de un discurso coherente entre sus vivencias y el país que se desmorona, se reconstruye y brinda un nuevo rostro a lo cotidiano. Porque Marjane es sincera, eso es evidente, pero también es contestataria. La subjetividad se alimenta de esa opinión incesante, de esa mirada crítica que nunca parece encajar realmente en una visión única. Marjane como testigo, cuenta la historia como la ve, pero también la cuenta como la cree real, y en medio de esa sinceridad apabullante, hay una grieta meridiana que brinda al espectador un resquicio de opinión, una segunda interpretación necesaria. Un logro de discurso en si mismo.


    Pero más allá de todo análisis cultural y social, la Persépolis —libro y película— es una historia amarga. Es un debate simbólico de la incomprensión entre seres humanos y su necesidad de amar y ser aceptado. Un incesante cuestionamiento sobre la opresión, la opinión que se menosprecia, el valor de las diferencias. Al final, el metamensaje de Persépolis resulta de inestimable valor: una idea congruente sobre la necesidad de la disyuntiva entre lo que somos y a donde pertenecemos. Una obra llena de dilemas morales construidos a base de vivencias y que intenta con gran acierto, evitar el mensaje moral sin cortapisas.
    La visión personal como la más sincera expresión de protesta y libertad.

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