miércoles, septiembre 28, 2022
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    Prey: ¿ Pocahotas woke contra Predator?

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    “Prey” se titula la precuela de “Predator”, manufacturada por la Disney a través del estudio Fox, una de sus propiedades. La cinta supone un remake de la película original de 1987, pero con una chica aguerrida de la nación comanche en lugar de un mercenario o un expandable como Arnold Swarzenneger.

    La adaptación, por supuesto, se presta para un primer nivel de discusión, sobre la cultura de la cancelación del pasado y el espíritu deconstructivo de los últimos tiempos, en el sentido de proponer versiones woke de los clásicos de antaño.

    “Prey” no esconde su ánimo de pertenecer al llamado western revisionista y proindio, un género cuasi extinto y surgido a consecuencia del impacto de la contracultura de los años sesenta en Estados Unidos.

    Como se podría pensar, no es un invento de la campaña política reciente por incluir a minorías infravaloradas y subrepresentadas. La tendencia lleva medio siglo cultivándose, conoció un apogeo y luego el eclipse del propio cine del lejano oeste.

    Estudiando el fénomeno de “Prey” dentro del mercado, vemos la intención clara de complacer el gusto diverso de los militantes del partido demócrata, con sus agendas en defensa de grupos desplazados. Una típica concesión con el complejo de culpa de la mala conciencia de sector blanco y protestante.

    Así pues, “Prey” entra de lleno en la polarización de Norteamerica, decantándose por las lecturas progres de los cuentos tradicionales, tan de moda en los programas humanistas de las Universidades.

    Por ende, genera un malestar inmediato en los foros de la derecha alternativa y de los afectos a Trump, así como moverá a la sospecha de los fanáticos de Carlos Rangel y su libro “Del buen salvaje al buen revolucionario”.

    Si de un defecto peca la cinta “Prey” es el de ofrecer un retrato binario y reductor de la conquista, de la colonización, al mostrar a los franceses como una pandilla de bárbaros desalmados, dándole la vuelta a los clichés de la vieja representación comanche en el cine. Una venganza o justicia poética, dirán algunos.

    En mi caso, lo considero la principal pega o el golpe más bajo de la producción, su reforzamiento de una interpretación sesgada y maniquea de la historia, donde unos necesariamente ganan y otros pierden en una lucha darwinista por la supervivencia.

    El filme invierte el concepto de la ley del más apto, heroizando y romantizando la gesta épica de una chica comanche por imponerse al yugo de los conquistadores de sus conquistadores.

    La dirección visual expresa semejante drama de depredación mutua a través de set pieces, secuencias de acción en el río, volúmenes de CGI, animales en estado salvaje y comparaciones con una naturaleza apocalíptica de Coppola, replanteando al Conrad de En el Corazón de las Tinieblas.

    Por ahí la película alcanza su mayor impacto estético, al lograr refrescar y repotenciar la escritura de la “Deprador” de John McTiernan, un largometraje muy de su tiempo reaganista en el que se proyectaban los fantasmas del síndrome de Vietnam y los conflictos centroamericanos de la crisis del Irán-Contra.

    No en balde, comparto la sinopsis de la obra original: “Un grupo de mercenarios es contratado por la CIA para rescatar a unos pilotos que han sido apresados por la guerrilla en la selva centroamericana”.

    Aquella operación terminaba mal cuando los soldados eran tragados, uno a uno, por el “Depredador” invisible que los cazaba con su mapa de calor, recordando los traumas al enfrentar al “vietcong” y el peligro de las misiones de inteligencia en la selva de la época de Salvador.

    La de John McTiernan fue una película eficaz en su narrativa, un negocio redondo en la taquilla, y una de las alegorías de la década, sin ser demasiado explícita en lo que de verdad quería exponer(un escenario bélico de la cold war que anticipaba el desarrollo de las guerras asimétricas del futuro, entre tecnología de avanzada y tácticas del arte de Sun Tzu en la escala de un video juego de acción real).

    “Prey” rescata a la perfección el montaje físico y trepidante de la movie de 1987, contagiándonos con un ensamble de estupendos actores que infunden respeto, protagonizando una lección de cazadores cazados bajo la amenaza de una invasión alien.

    En vez de sentenciar con la palabra, la película confía en el poder de la imagen para sostener el viaje de la heroína, desde su inseguridad inicial hasta su revancha como reina de la manada, como leona, como alfa de la tribu.

    Interesante porque contrasta con el diseño de la película “Bestia”, donde Idris Elba encarna el mismo relato, en función de su arquetipo masculino.

    “Prey” apuesta por el ascenso de chicas empoderadas en la industria, rindiendo tributo a la nación comanche, que actualmente ha desaparecido de las pantallas, aunque va descubriendo una notable reivindicación por parte de la cultura contemporánea, de la mano de títulos como “Reservation Dogs” y “The Taking”, obra maestra documental dedicada a las víctimas del arrase y del olvido en las películas de John Ford rodadas en Monument Valley.

    Más allá de las ideologías, considero que “Prey” hace su trabajo y se cuela en la lista del 2022, por salir ilesa y triunfante de su cruce polémico, de su idea de fusionar multiversos, según la visión alucinada del creador de “Cloverfield 10”.

    No la pierdan de vista y disfrútenla al margen de prejuicios. Una B movie de autor.

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    Sergio Monsalve
    Director Editorial Observador Latino. Presidente del Círculo de Críticos de CCS. Columnista en El Nacional y Perro Blanco. Documentalista, docente, productor y guionista.

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